El amor sólo se da
entre personas virtuosas
Aristóteles
¿Cómo se logra la naturalidad?
La educación sexual es algo que debe darse fundamentalmente en casa, que compete en primer lugar a los padres. Una tarea de la que no debes desentenderte. No digas que es cosa de ella; ni tú, que de él.
—Pero yo no sé explicarme bien. Es un tema muy delicado y será mejor dejarlo en manos de alguien experto...
No importa que no seas un gran orador ni un gran experto. Eres su padre, o su madre, y eso es lo importante, porque a los padres corresponde abordar estos temas y dar una respuesta oportuna y clara a las cuestiones que el chico plantee.
Además, no es tan difícil. En este libro aprenderás un poco, pero hay muchas más formas de aprender. Te saldrá mejor de lo que imaginas. Será fácil si has sabido ganarte la amistad de tu hijo.
—Es que, mira, precisamente ése es uno de los problemas...
Pues ésta es una forma de empezar a resolverlo, porque hablándole de cosas serias, que le interesan, aumentará tu confianza con él. Puede ser un paso importante en ese afianzamiento de vuestra amistad.
—Pues yo creo que cuando hable con mi hijo de estas cosas le va dar bastante apuro expresarse con naturalidad...
A lo mejor tienes tú más apuro que él, y quizá seas tú quien se encuentre un poco incómodo si no tienes costumbre de hablar de estos temas con naturalidad. Los niños muestran curiosidad desde pequeños por las cosas relacionadas con el origen de la vida, y hacen preguntas en ese sentido. Son los mayores quienes proyectan lo turbio de su propia sexualidad en la pregunta del niño, en la que normalmente no hay sino curiosidad sencilla, pasmo, sorpresa o, como mucho, una ligera picardía.
Si los mayores no obran con naturalidad, el chico caza al vuelo que en su pregunta hay algo raro, que no se le contesta de la misma manera que otras veces, e incluso a veces no se le contesta. Entonces la curiosidad aumenta, y como sabe que en sus padres no va a encontrar respuesta adecuada, pregunta por otro sitio. Y le llega el descubrimiento a través de otras personas que, casi siempre, lo hacen de forma maliciosa, o ruda, causándole una impresión que será difícil borrar y que, en muchos casos, puede influir negativamente en su vida afectiva y moral.
Hay que saber ponerse a su nivel, contestar a todas sus preguntas, y facilitarle que hable con confianza. A esta edad está muy receptivo ante estas cosas, y muy interesado. No rehuirá –al contrario– una conversación orientadora al respecto.
La táctica del silencio
en estos temas
es siempre deplorable.
Te recomiendo también que, como es algo tan vinculado al mundo afectivo de cada persona, lo trates de modo individual. Y cuando hay que entrar en más detalle, nadie mejor que papá para explicar todo al chico, con palabras que entienda, y mamá a la chica. De modo personal, a la edad adecuada y con naturalidad.
—¿Y cuándo?
Aprovecha las ocasiones más favorables.
Y las ocasiones más favorables
de ordinario se presentan
cuando el niño hace preguntas
sobre estos temas.
A lo largo de este capítulo irán saliendo ejemplos. Si tienes dudas, trata el tema con el preceptor o tutor del chico, o con otra persona sensata y de buen criterio que le conozca. Si esa persona tiene ascendiente sobre él, te podrá ayudar a completar esa conversación...; pero sólo completar, no quieras desentenderte de esa responsabilidad como padre o como madre.
No seas ingenuo: es mayor de lo que parece
Es curioso observar con qué facilidad algunos padres olvidan los problemas sexuales de su propia infancia y ven a sus hijos como almas cándidas e inocentes, libres de todo peligro o tropiezo. Son quizá poco conscientes del desarrollo sexual de sus hijos y de cómo han cambiado las cosas en las últimas décadas.
Se ha pasado en poco tiempo de una época en la que se daba poca o ninguna información sexual, al extremo contrario, en el que es raro encontrar un chico de diez o doce años que no haya contemplado numerosas escenas eróticas fuertes que sin duda le habrán impresionado y abierto muchos interrogantes.
Por eso es importante llegar a tiempo y adelantarse a las explicaciones poco recomendables que pueda recabar por otros sitios. Ya hemos dicho que si el chico no obtiene de forma natural, en casa y por boca de sus padres, lo que su curiosidad infantil le plantea, pronto lo comentará con algún compañero algo enteradillo, o acudirá a fuentes de aún mayor riesgo.
—El problema es que a mí no me pregunta. Alguna vez preguntó a su madre, pero no ha vuelto a sacar el tema... Debe ser muy tímido.
No estés tan seguro. Adelántate.
—¿Cómo?
Busca la ocasión oportuna. Siempre hace preguntas que pueden dar lugar a entrar en materia, salvo que le retraigas de hacerlas por culpa de la parquedad de tus respuestas o por el aire de misterio que pones.
—¿Y si no encuentro ninguna oportunidad...?
Entonces se puede crear la oportunidad. Ojo, no vaya a resultar que el tímido seas tú. Sal con él a la calle, invítale a tomar un helado, y dile que como ya es mayor vais a hablar de cosas serias. Y le explicas todo bien, y le haces preguntar. Si le ves un poco retraído, pregúntale si le da vergüenza hablar de eso; seguro que te dice que no, y se lanzará. Es importante que pregunte, porque te puedes pasar una hora soltando un discurso y el chico no enterarse de nada.
—Tampoco soy tan inútil...
No me refiero a eso. El problema es que puedes emplear palabras que el chico no entienda. Empieza por traducirle el argot a términos más correctos, y todo irá mejor. Háblale con precisión, sin evadirte y sin faltar a la verdad.
—Bueno, a lo mejor las preguntas me resultan un poco comprometidas..., y no sé bien cómo explicarme. No tengo mucha práctica.
Si te atrancas, puedes emplazarle para una conversación posterior, que luego no debe diferirse.
—¿Y si pregunta algo que corresponde a una edad mayor?
No sucede. El niño a cada edad siente curiosidad y se plantea preguntas precisamente sobre los temas que es necesario aclararle, no más.
El hecho de que
se plantee una cuestión
es señal de que está
ya en edad de contestarle.
Y eso aunque quizá en algún caso no sea necesario excesivo rigor o profundidad en la explicación. Si son pequeños, no hace falta explicarlo todo, pero sí importa ajustarse siempre a la verdad. Y desde luego, en ningún caso se debe mentir.
—¿Y hasta qué detalle hay que descender?
Háblale con adecuación a su edad, a su capacidad de asimilación y al ambiente en que vive. Debemos orientar su curiosidad y enseñarle a relacionar los hechos y a sacar consecuencias para su comportamiento.
Es cuestión de
graduar la profundización
en las explicaciones,
que aunque deben ser prudentes,
han de dejarle satisfecho.
—¿Y con qué palabras? Se me hace un poco violento...
Precisamente ese amor a la verdad del que hablábamos lleva a muchos a procurar emplear desde el principio con él las palabras que se emplean en anatomía y fisiología para determinar los miembros y actos relacionados con el sexo. Al ser la información progresiva, puede ser positivo que se dé cuenta que desde el principio ha sabido bien las cosas. Cuando lea u oiga hablar de estas cuestiones, le alegrará comprobar que no le han ocultado nada y que ya lo sabía todo, incluso con las mismas palabras. Esto contribuye a evitar curiosidades tontas y a resolver sus dudas en casa.
El síndrome del manual de instrucciones
Hablábamos de informarle con verdad, a fondo, incluso con los términos más exactos que sea posible. Pero no es cuestión sólo de explicarle todo de modo aséptico, como si fuera una información técnica, haciendo las veces de una enciclopedia.
Tan grave es el angelismo de las explicaciones irreales e ingenuas, como el error opuesto, que se limita a un biologismo puramente técnico, como quien hablara de la síntesis de la glucosa en el hígado o de la circulación de la sangre. Es evidente que son temas que requieren un tratamiento distinto.
No podemos reducir la formación afectiva y sexual del chico a una instrucción sobre el comportamiento fisiológico de los órganos sexuales, como si se tratara de una simple información biológica sobre el aparato sexual masculino y femenino y de su funcionamiento, y de cómo se origina el ser humano, o cómo nace.
Para eso hace falta poco ingenio. Hay que hacerlo, desde luego, pero quedarse en eso sería olvidarse de la trascendencia de su maduración afectiva, por la que llegará a ser dueño de sí y aprenderá a comportarse correctamente en sus relaciones con los demás. Lo que requiere arte y tiempo es formar correctamente, no simplemente informar.
—Pero será bueno que reciba una información científica, neutra...
Depende que cómo se le dé. Para empezar, no está claro que exista un enfoque "neutral". Luego, cabría considerar si esa supuesta neutralidad es positiva, porque sería como reducir la educación a leerle un manual de instrucciones.
Vender a la juventud
la idea de la sexualidad
desligada de
la educación en el amor,
es un engaño.
—De acuerdo, pero también es que antes había mucho tabú...
Es verdad, pero sería una pena pasar del error del tabú de la época victoriana al extremo opuesto, porque es difícil saber qué saldría peor. No hay que olvidar que precisamente en los ambientes de mayor desinhibición sexual es donde aparecen más trastornos o desequilibrios psíquicos y afectivos.
A esos desequilibrios contribuyen algunos textos escolares o libros divulgativos de información sexual que, al presentar cruda y torcidamente la realidad, producen en el chico fuertes impresiones y curiosidades, para las que no está preparado y que fácilmente le conducen a costumbres negativas para su educación sexual. Por ejemplo, uno de los textos escolares más difundidos a estas edades, facilita a los jóvenes lectores todo género de detalles y recomendaciones sobre las prácticas sodomíticas, defendiendo que "no son de ordinario permanentes ni dañinas". Y los chicos se ven obligados a estudiar y memorizar estos textos, y son evaluadas sus respuestas en los exámenes.
—Bueno, pero en el colegio al que va mi hijo no existen esos textos. Yo no tengo esa preocupación.
Sí, pero eso no quita que debas preocuparte de su educación sexual, porque probablemente reciba muchas otras influencias. Pueden llegarle a través de la televisión, de las revistas que tienes en casa o que le enseñan sus amigos, o de muchos otros sitios.
Son imágenes y fantasías sexuales que le llegan con frecuencia y que acaban por hacer sentir su peso. A partir de ellas, el chico elabora su patrón de comportamiento sexual, tomando como modelo esas imágenes que ha visto en las películas o cintas de vídeo, en internet, en una revista pornográfica, o a través de lo que recuerda de los personajes de un libro o cómic que ha leído.
Hay que proteger un poco al chico del asedio de la pornografía, porque, como veremos, tiene una relación bastante directa con el comportamiento sexual.
Qué debía haberte preguntado ya. Un breve repaso
Repasemos rápidamente las preguntas sobre el sexo y el origen de la vida que suele hacer un niño desde sus primeros años hasta la edad que estamos tratando. Empezamos por el principio por si acaso has cometido el error de apenas hablar de estas cosas con él.
A los tres o cuatro años el niño ya ha comenzado a reparar en la diferencia de sexo y ha nacido ya en él el sentido del pudor. Se le debe responder sobre estos temas con naturalidad, como al resto de las cien preguntas que puede hacer en un día. Deben ser respuestas que no infundan recelo ni especial misterio sobre el sexo, aunque sí ese cierto pudor natural que deben adquirir.
Quizá entonces preguntó ya por qué engordaba tanto mamá, o esa vecina, o aquella amiga de la familia. Y al tiempo, pidió explicaciones sobre cómo nacía el hermanito, o su primito, o él mismo. Sería un error empezar a hablar de cigüeñas, de que vienen de París o de simplezas por el estilo, que son cobardes estrategias para escapar de las dificultades que lleva consigo la educación sexual. La naturaleza humana aspira a la verdad y el niño, por pequeño que sea, tiene derecho a ella.
—Hasta que un día pregunta que por donde sale el hermanito...
Puede hacer esa pregunta en el momento más insospechado. Quizá a los cinco o seis años, o antes. Se le puede decir que nace por el mismo sitio por el que el padre sembró su semilla, el semen, para que naciera el hermanito. No suele llamarle excesivamente la atención. De hecho, muchas veces lo olvida y vuelve a preguntarlo al cabo de un tiempo.
Los más despiertos o preguntones empiezan a plantearse cómo se engendra materialmente el hijo, incluso a los seis o siete años. Es más normal que sea hacia los ocho o nueve. ¿De dónde saca papá esa famosa semilla? ¿Cuántas hacen falta para tener un hijo..., o basta con una para toda la vida...? Quizá piensan –por las películas– que es algo que tiene que ver con los besuqueos.
—¿Y si, a pesar de todo, no preguntara nada?
Entonces tendrás que comenzar tú, porque, aunque no pregunte, sigue siendo necesario llegar a tiempo. Márcate una fecha tope. Como muy tarde, antes de los diez años.
Preguntas propias de la edad. ¿No será ya tarde?
Un día puede llegar diciendo: "Oye, papá, ¿qué es un homosexual?". Y otro día, quizá a raíz de una noticia de la televisión, la pregunta puede ser: “Mamá, ¿qué es una violación?”, o “¿qué es un maníaco sexual?”, o “¿qué es la prostitución?”.
No conviene eludir esas preguntas, ni dar respuestas evasivas, ni demasiado simples. Son ocasiones excelentes para iniciar una conversación clarificadora, que puede continuarse más adelante, si el momento en que lo plantea no permite entrar en más profundidades.
—Y sobre eso que salía antes de los maníacos, ¿crees que conviene alertar al chico, o es mejor no meterle miedo?
Depende de cómo sea su carácter y de los posibles riesgos que haya. Habrá que buscar un equilibrio. Puedes decirle que hay hombres pervertidos o enfermos que a veces intentan seducir a los niños, y que es algo antinatural, y que está castigado por las leyes civiles. No está de más prevenirle –de modo realista más que dramático– del peligro de que un desconocido intente encariñarse con él a base de promesas o regalos, o le invite al cine o a cualquier otra cosa. Debe estar advertido de que es mejor no escucharle y alejarse rápidamente.
Otro día puede venir diciendo, por ejemplo, que por qué no pueden casarse dos hombres, o dos mujeres.
—Sí que lo ha preguntado, pero hace ya tiempo.
Es una pregunta que parece ingenua, pero que puede hacer porque, aunque ya se le haya explicado de dónde vienen los hijos, quizá no lo entendió bien, o lo ha olvidado.
Habrá que recordarle cómo la mujer guarda en su vientre durante nueve meses al futuro hijo, en una bolsa llamada matriz, y que va creciendo hasta nacer. Si no hay madre, no puede haber hijos. Y sin el semen del padre, tampoco. Tiene que haber un hombre y una mujer. Con una aclaración sencilla se desvanecerán sus dudas, pues suele tener en su cabeza una imagen muy natural de la familia.
—Una vez, con diez años, después de una película en la que una chica soltera estaba embarazada, no lo entendía bien y me preguntó qué era eso de una madre soltera. "¿Cómo va a tener un hijo sin tener padre?", decía.
Sí. Hay un momento en que hace el descubrimiento que se puede tener un hijo fuera del matrimonio. Puede que hasta entonces no se lo hubiera planteado o –sin saber por qué– no le pareciera posible.
Es una buena ocasión para aclararle bien todo, y quizá para hablarle de lo que debe ser una familia, del sentido de la fidelidad entre los esposos, del derecho de los hijos a nacer en una familia normal y unida, etc.
También cabe darle, además, una explicación más profunda y explicarle cómo lo natural –querido por Dios y válido para todos los seres humanos– es que los hijos nazcan siempre dentro del matrimonio y que éste sea monógamo, y cómo el sexo es algo noble y bueno cuyo uso debe reservarse para traer hijos al mundo dentro de una familia legítimamente constituida.
—Otra vez me preguntó qué diferencia había entre un padre verdadero y un padre adoptivo. Eso también es difícil de explicar sin entrar en materia.
Es que hay que entrar en materia. No quedará satisfecho si no le explicas en qué consiste realmente la diferencia entre un padre y otro, y que el padre verdadero es el que aporta el semen para el nacimiento del hijo. Puedes, según las circunstancias, explicarlo más o menos a fondo, hablándole de cómo se realiza la unión entre óvulo y espermatozoide. Hazlo con tus palabras, aunque te parezca que no sabes explicarte. Te saldrá bien.
—Sí, pero en esta explicación, tarde o temprano surge la pregunta de: "Oye, papá, no entiendo eso del semen. ¿De dónde se saca?" Como ves, son preguntas que no se pueden eludir fácilmente.
Es que no hay que eludirlas. Es más, una pregunta de ese estilo muestra que las cosas marchan bien. Si no existiera confianza, al chico le daría apuro preguntarlo y se enteraría por otros medios, siempre peores. Explícaselo de la forma más correcta posible. Te repito que te saldrá bien.
Y como la explicación debe ser cierta y realista, no dejes de hacer alusión a la intervención de Dios en el origen de esa nueva vida.
—Oye, pero yo quisiera dar a mis hijos una explicación más neutra, ya te he dicho, sin tanto nombrar a Dios, que creo que no hace falta. ¿No es ponerse un poco pesado?
Es que hablar de Dios en el origen de una nueva vida no es algo secundario. No se trata de aprovechar la ocasión para colocarle un pequeño sermón. Se trata de no cercenar la verdad. Si crees en Dios, sería poco coherente no aludir a su intervención: sería tan poco razonable como decirle que los niños vienen de París. No quieras educar de modo tan aséptico, que es peor.
—Bueno, bueno. De todas formas yo me adelanté, como tú dices, y hemos hablado algunas veces de estos temas, pero hace ya dos años que le digo a mi chico que me pregunte todo lo que quiera sobre esto... pero ya no pregunta nada.
No es extraño que no pregunte. Ya dijimos que debías haber tú hablado espontáneamente de esos temas hasta que el chico se sintiera con suficiente confianza y pudierais hablarlo con fluidez. Ten cuidado, porque se te puede hacer tarde.
—Eso es lo que me preocupa. Le he oído cosas que no me gustan nada, y veo cómo se sonríe maliciosamente al contarlas. Ha cambiado los chistes marrones por los verdes. Lo sé, porque he escuchado por casualidad algunas conversaciones con sus amigos. Cuenta esos chistes con grandilocuencia y entre grandes risas, aunque estoy seguro de que casi ni los entiende. Una vez estuve a punto de interrumpirles y echarles un broncazo allí mismo, pero me contuve.
Creo que hiciste bien en contenerte. No resolverás este problema a base de broncas.
—Algunos amigos me dicen que todo eso es normal en los hijos a esta edad, y que no me preocupe. Otros, me dicen que espabile y que, si no, luego no me queje. Un compañero del trabajo me contaba hace poco que ha puesto llave al armario de la televisión después de descubrir que su hijo, de la misma edad que el mío, se levantaba de madrugada a ver películas porno; ahora su mujer es quien administra la televisión, y dice que aprovechan mejor el tiempo y los chicos están menos perezosos.
No me parece mala idea, puesto que buena parte del éxito en educar está en protegerle de algunas influencias perjudiciales. Si no, sería como afanarse en curar una gripe a base de medicación pero siguiendo habitualmente expuesto al frío.
Te recomiendo que no dejes pasar el asunto. Aunque fuera ya algo tarde, si lo retrasas, cada vez lo será más. El éxito ya no es tan fácil como cuando se plantea bien, con más antelación, pero debes buscar la ocasión adecuada para hablar a fondo con él.
Los chicos saben razonar
cuando se les dan razones.
A lo mejor lo retrasas porque no sabes bien cómo empezar la conversación, o como llevarla, y vas dando largas al asunto. Tú, que a lo mejor has solido mantenerte tan digno y distante, quizá ahora te humilla tener que carraspear e intentar captar la atención del insolente infante de doce años para iniciar una conversación delicada que, en esta situación, puede incluso rehuir. Pero ya verás como, una vez comenzada, todo es más fácil de lo que parece.
Atención a la prepubertad. ¿Le afecta o no le afecta?
Explícale ya lo que es la pubertad. Adviértele de los próximos cambios que se obrarán en él, para que luego no se extrañe. Háblale de cómo aparecerán transformaciones en su cuerpo: el estirón del crecimiento, la aparición de vello, el cambio de voz, el desarrollo y primera actividad de los órganos genitales.
Puedes hablarle de su primer derrame, que se producirá de forma natural un día, probablemente durante el sueño.
Debe ya ir comprendiendo que seguirá creciendo y se convertirá en un hombre, con todas sus consecuencias. En su organismo se desarrollará la capacidad para procrear, es decir, para traer al mundo nuevos seres humanos.
La grandeza de esa realidad
le llama poderosamente
la atención
y es probable
que escuche muy atento.
Háblale de cómo los chicos y las chicas, sobre todo a partir de cierta edad (se puede decir que en las chicas es un poco antes, a lo mejor a los once o doce años, y en ellos hacia los trece o catorce), experimentan impulsos y deseos hasta entonces desconocidos para ellos.
Ellas se sienten atraídas por los chicos y éstos se sienten turbados delante de ellas. Se trata de algo natural, puesto por Dios en nuestro interior para formar una familia y perpetuar la especie, y es algo muy bueno siempre que no se pervierta. Poco a poco irá creciendo en ellos el deseo de buscar pareja, de fundar una nueva familia, de tener hijos.
Es una ocasión para referirse de nuevo a la explicación del sentido del matrimonio y la procreación, como antes apuntábamos. La educación de la afectividad cobra aquí una especial importancia. Se le debe explicar con profundidad la naturaleza del amor, tan importante para afrontar con éxito la etapa adolescente.
Cuando llega la temida pubertad, muchos padres que antes apenas habían hablado con sus hijos, posiblemente entonces no consiguen franquear la barrera de su intimidad. Porque entre los sentimientos nuevos que experimentan los adolescentes está el de no querer dejar entrar a nadie fácilmente en ella.
Sólo hablarán de sus cosas –y aún con dificultad– si sus padres supieron ganarse antes su confianza, si supieron mostrarse en toda ocasión comprensivos y abiertos al diálogo.
Saca experiencia y actúa, ahora que estás a tiempo, que luego de poco vale lamentarse.
No se puede irrumpir
en su intimidad:
hay que ganarse la entrada.
Puedes explicarle con un poco de profundidad en qué consiste la transformación sexual. Por ejemplo, que las glándulas que cumplen la función sexual en el varón son los testículos, y que si, por accidente, un niño perdiera esas glándulas, al hacerse mayor no tendría voz varonil, ni le crecería la barba, ni podría tener hijos.
Cuéntale cómo dentro de poco sus glándulas sexuales se desarrollarán y producirán un líquido que se llama semen, que es la semilla de la que brotará algún día una nueva vida.
Al explicarle el acto conyugal, puedes hablarle también de cómo Dios ha querido otorgar un placer (puede que él aún no sepa que existe, ni de qué naturaleza es), que va unido a ese acto, como si fuera una pequeña compensación al sacrificio y la entrega que exige educar y criar los hijos.
Sé positivo en la explicación, pero adviértele de que sería antinatural buscar ese placer egoístamente, aislado de la función generadora humana. Puedes decirle que esos actos –como la masturbación, por ejemplo–, son antinaturales y suponen un daño a uno mismo, además de una ofensa a Dios.
Debes explicárselo bien, para que no vaya a pensar que todo lo relacionado con el sexo es pecado. Pero sí debe comprender que ese mandato de Dios es importante para la felicidad humana.
Debe entender que el desorden
en lo relativo al sexo
supone un deterioro para la persona,
que conlleva un importante
daño a uno mismo.
—Pero si mi hijo tiene una cara angelical...; no creo que pase por su cabeza nada parecido.
No olvides que a los doce años, la mayoría de los chicos de esta generación saben sobre el sexo diez veces más que los de la anterior a la misma edad. Recuerdo habérselo oído explicar con mucha gracia a una madre en una reunión de matrimonios: aseguraba que su hijo de once años sabía ya sobre estos temas más que ella misma cuando se casó.
Si en estos años no has estado atento y el chico no ha recibido una buena orientación, a estas alturas es fácil que tenga, por ejemplo, un vicio arraigado de masturbación.
—Imposible, mi hijo no.
Eso es lo que piensan casi todos los padres. A esta edad, si no tienen una formación sexual adecuada, no será infrecuente que los chicos practiquen la masturbación a solas, o a veces en grupos. En colegios de bajo ambiente moral, es noticia a la orden del día, incluso en presencia de compañeras.
Y no son casos aislados. Hace poco me hablaba horrorizado un profesor de un colegio público de cómo había visto a niños y niñas de ocho años jugar al acto conyugal.
Es algo que ya pasaba hace años, pero que ahora pasa más. El chico sufre un acoso mucho mayor que antes. Le entra por los ojos. Aparte de lo ya mencionado de la televisión y el cine, piensa, por ejemplo, en los frecuentes espectáculos de impudor de muchas playas...
—Pero es algo a lo que los chicos ya están acostumbrados. Después de contemplar tanto nudismo, apenas les debe afectar.
Eso creo que es también un poco ingenuo por tu parte. Claro que les afecta, como sucede a todo aquel que tenga aún un poco de sensibilidad. Por eso conviene pensar en el tono moral de los lugares a donde vamos.
Si alguien, con la mano en el corazón, asegurara que ya está acostumbrado a esas cosas y que no afectan a su modo de pensar o de vivir, es probable que se haya sumergido en una peligrosa espiral de permisividad. Muy parecida a la de aquél que piensa que no le afectan tres o cuatro copas, porque para él son lo normal, las que toma cada día; y no se da cuenta de que está cerca de alcoholizarse, de ser un enfermo crónico.
El mundo interior. Algunos peligros
La imaginación del niño tiene una prodigiosa capacidad de entrada en su voluntad, pues su inhibición es restringida.
Toda idea
que pasa por su cabeza
tiende a traducirse en acto.
La excitación desordenada de las pasiones, sin control de la razón, contribuirán a hacer realidad aquel viejo adagio castellano de que "quien las imagina las hace".
El corazón sigue fácilmente a la mirada. Existen, por tanto, poderosas razones que llevan a comprender la necesidad de guardar una cierta disciplina mental. Como ha señalado Antonio Orozco, la mirada puede despertar elevados sentimientos y encender pasiones magníficas; pero también puede embrutecer el alma y disparar las pasiones de un modo sórdido. De ahí la importancia ética de seleccionar en lo posible los objetos del mirar.
En algún momento apropiado, se puede hablar al chico de los peligros de una posible falta de autocontrol sobre lo que se mira y se piensa. Y hacerle ver que hay imágenes y recuerdos que pueden llegar a tomar gran protagonismo en su memoria y obsesionarle. Si se lo sabes explicar bien (por ejemplo, con ocasión de dejar de ver una película que resulta ser inmoral, o al evitar un lugar poco recomendable), el chico entenderá lo sensato que es no entretenerse mirando determinadas cosas.
Si ha aprendido a esforzarse por hacer lo que entiende que debe hacer, y no tiene el me apetece como norma de vida, comprenderá la necesidad de luchar contra la tentación y de acostumbrarse a decir que no a lo que no le conviene. Así se curtirá y vencerá los impulsos desordenados de la pasión. Si no aprendiera a controlarlos, se desequilibraría su vida afectiva y eso le llevaría también a ser menos libre.
No se trata de hablarles obsesivamente de los peligros de mujeres malas, ni de plantearlo como prohibiciones negativas.
Se trata de hacerles vislumbrar
la relación entre el sexo
y el amor a la mujer
que será madre de sus hijos.
Si no domina sus pensamientos, es muy probable que acabe claudicando, porque es evidente que quien se entretiene con pensamientos o deseos inmorales acaba cayendo en actos y episodios inmorales, tarde o temprano.
Otra cuestión sobre la que quizá no pregunte, pero que puede ser interesante tratar, son las erecciones espontáneas. A esta edad se producen con facilidad, muchas veces por causas extrasexuales desconcertantes para él: quizás al trepar por una cuerda o practicar un deporte que le supone un esfuerzo físico importante; otras, sin aparente motivo externo; y algunas veces responderán directamente a una excitación sexual provocada por una conversación, pensamientos o miradas que desencadenan un efecto inmediato: debe entonces comprender la conveniencia –ya lo hemos dicho– de mantener la imaginación bajo su propio dominio y no dejarse arrastrar a su merced.
—Otra cosa. ¿Es verdad que esta edad es propicia para desviaciones de algún tipo?
Es una cuestión extensamente estudiada por psicólogos y psiquiatras. No es incorriente que un chico de esta edad experimente una confusa atracción por ambos sexos. No suele tener importancia. Puede ser incluso una simple curiosidad mal contenida. El peligro está en que esas leves tendencias infantiles cristalicen en algo serio por culpa de su falta de capacidad de corregirlas, cosa que puede suceder si no tiene cierto dominio sobre su propio impulso sexual. “Una prueba más –en palabras del doctor Vallejo-Nájera– de lo sanísimo de la educación de la castidad y de lo que ayuda a superar los problemas de la edad. En cambio, la pretendida libertad sexual, ésa sí que llena de pacientes la consulta del psiquiatra."
No sólo sabias recomendaciones. ¿Censura?
Casi todos los padres piensan que dan buen ejemplo a sus hijos en esta materia, pero cabría analizar varios detalles en los que puede haber discrepancias entre lo que intentan inculcar al chico y lo que luego él ve.
Por ejemplo, ¿qué niño no protesta si se le impide ver una película no tolerada mientras sus padres siguen ante el televisor? Es fácil que el chico se enfade, quiera verla terminar, y se organice una pequeña trifulca doméstica.
Algunas de esas películas serán tan inconvenientes para el niño como para los padres; otras, no. Pero, desde luego, si el padre o la madre apagan la televisión o cambian de canal, es seguro que el chico no rechistará y asumirá un criterio moral claro al respecto.
También interesa preguntarse por las revistas y publicaciones que entran en la casa. Hay bastantes de ellas que dedican muchas páginas a reportajes nada recomendables para los chicos, por la inmoralidad, el sensacionalismo y, a veces, la pornografía. Y se compran, y están por la casa, y se leen.
¿Qué pensará el niño, con su agudo y penetrante sentido crítico, sobre nuestras sabias recomendaciones sobre el sexo...? "Que son sermones de papá o de mamá, pero que, bueno, no será para tanto; que parece que lo malo es sólo malo para los niños; otra manía más, igual que la de que no les grite y luego ellos me gritan, o de que pida las cosas por favor y luego ellos tampoco lo hacen..., o sea, que ni caso".
Para que haya coherencia en la educación, los padres deben cuidarse de filtrar todo lo que entra en la casa y queda al alcance del chico: periódicos, revistas, televisión, vídeo, libros, etc. Y, por supuesto, las películas cuando va al cine.
—Oye, que eso es censura.
Sí. ¿Y qué tiene de terrible preservar a la familia de lo que puede hacerle mal? Igual que no dejas las tijeras al alcance del pequeño, o que escondes las medicinas para que no se las tome todas y se intoxique, de modo semejante debes cuidar de que no intoxique su cabeza y su corazón con inmoralidades.
—¿Y qué dices sobre el pudor?
En la educación sexual, el pudor es también más importante de lo que parece. Aunque efectivamente a esta edad el instinto sexual no sea aún muy intenso, unas costumbres inadecuadas en este aspecto pueden ser un fuerte lastre para el futuro.
El pudor es un instinto natural, presente de modo universal a lo largo de los siglos, que protege espontáneamente la propia intimidad. Los hijos lo aprenden en el hogar casi sin que los padres se lo propongan. Es cuestión de dar ejemplo, y aprenderán a ser sensibles, a respetar como deben al otro sexo, a ir correctamente vestidos por la casa, a vivir el pudor cuando se bañan o al cambiarse de ropa, etc.
Ese natural recato, protección de la propia intimidad, es importante porque su descuido provoca el estímulo extemporáneo de la pasión genital. El vestido no es una simple exigencia climatológica, sino que es necesario para que las relaciones hombre-mujer sean propiamente humanas y personales. De lo contrario, normalmente despertarían pasiones inoportunas o inadecuadas.
Ya lo sabe todo. ¿Es suficiente?
Es ésta una pregunta que el lector quizá se haga al ir avanzando en este capítulo. No quisiera dejar la idea de que con explicar al niño todo lo relativo al sexo queda el problema resuelto. No es así de simple. La formación sexual es una parte de la educación integral de la persona, y está unida a todos los demás aspectos. Como cuando se sacan cerezas de un cesto, que nunca suele salir una sola.
Llenar su corazón de afectos adecuados y fortalecer su voluntad, son dos aspectos decisivos para una correcta educación de la sexualidad.
Hay una estrecha relación entre una acertada educación sexual y el avance en las virtudes, y más concretamente con las virtudes de la fortaleza y la templanza.
Ya hemos dicho que informar correctamente no es difícil. Lo difícil e importante es crear en los hijos hábitos que les fortalezcan personalmente para actuar de modo correcto.
Ten en cuenta que no basta
con la información solamente,
aun suponiendo que
se haya dado muy bien.
Hay multitud de chicos que lo sabían todo muy bien a través de sus padres desde temprana edad pero, después,
por haber descuidado la educación de sus sentimientos;
por no haber fortalecido su voluntad;
por no haber desarrollado en ellos las virtudes necesarias;
por no haberse acostumbrado a luchar;
adquirieron hábitos viciosos y sus vidas fueron un desastre.
A un chico que ha logrado un buen nivel de autodominio, que ha consolidado las virtudes de la fortaleza y la templanza, no le costará mucho comprender que es él quien debe tomar las riendas de su impulso sexual, y no al revés. Y no sentirá envidia de quienes están dominados por el sexo y se consideran por eso más hombres. Percibirá enseguida que es todo lo contrario, que la falta de dominio sobre ellos mismos es la que hace que esas personas realicen, como consecuencia de su débil voluntad, actos sexuales como puede hacerlo cualquier insensato o cualquier animal. Sólo las personas de mayor calidad humana, de mayor fortaleza, de mayor autodominio, es decir, los hombres y mujeres fuertes, llevan de verdad las riendas de su vida, en este aspecto como en otros.
Se trata de dar
una visión positiva,
de fortalecer el espíritu,
de dar un alto concepto
de la dignidad humana
y de la realidad sexual.
Trata a un hombre tal como es,
y seguirá siendo lo que es;
trátalo como puede y debe ser,
y se convertirá en lo que puede y debe ser.
Goethe
Un equilibrio adecuado. El caso de Mario
Recuerdo una anécdota que se desarrolló durante el segundo plato de la comida de un caluroso día de campamento.
El muchacho que tenía a mi izquierda –Mario– prefirió no servirse carne, pero lo compensó poniéndose prácticamente todas las patatas fritas que había en la fuente, que no eran pocas. Al instante, comenzaron las protestas de los chicos que aún no se habían servido, al ver que con toda probabilidad se iban a quedar sin patatas fritas.
No habría pasado de ser un sencillo conflicto infantil inmediatamente olvidado, si no fuera por el diálogo que siguió. Ante la leve llamada de atención que hice a su actitud, Mario, con gran naturalidad y un tono un tanto ingenuo, contestó: "es que no me gusta la carne".
Intenté explicarle que, independientemente de que no le gustara la carne, pensara que iba a dejar sin patatas fritas al menos a dos de sus compañeros de tienda, y que debía pensar en los demás. Me miró como si yo fuera un extraterrestre y, con bastante candidez y extrañeza, objetó: "¿No querrás que coma carne si no me gusta, no?".
El pobre chico estaba desconcertado: ni se le pasaba por la cabeza la posibilidad de hacer algo opuesto a sus gustos, independientemente de cuales fueran las consecuencias para los demás.
El caso es que Mario era un buen muchacho. Su problema era que había recibido una educación que casi le incapacitaba para hacer algo contrario a lo que le apeteciera. No es que le costara mucho; es que ni se le pasaba por la cabeza.
Hay muchos chicos de diez o doce años que son como Mario, víctimas de ese sentimentalismo infantil tan egoísta y de tan poco calado. Suele quedar caracterizado por frases como "es que no me apetece", o "eso me aburre, es un rollo", dichas con sorprendente frecuencia y, sobre todo, de manera que con eso se consideran ya justificados para no cumplir su deber.
Cuando el chico sólo actúa a remolque de satisfacciones materiales, entra en una dinámica de gran dependencia de los estados de ánimo. Se dan respuestas cambiantes ante los diversos estímulos. Falla la voluntad. Aparece como un ingenuo deseo de prolongar indefinidamente las diversiones y la falta de responsabilidad de la infancia.
Es decisivo infundir en el chico fuerza de voluntad y deseos de superar ese sentimentalismo. De lo contrario, irá sustituyendo el uso de la razón por esa brumosa multitud de sensaciones que acaba por asfixiar la propia libertad, pues la incapacidad de controlarse a sí mismo es la peor de las tiranías.
Los educadores solemos percibir en seguida este problema, y muchas veces la primera reacción es intentar proteger las mentes de los chicos frente a los sentimientos, en vez de frente al sentimentalismo.
Sin embargo, "por cada alumno que necesita ser protegido de un frágil exceso de sensibilidad –señala C.S.Lewis– hay tres que necesitan ser despertados del letargo de la fría mediocridad. La correcta precaución contra el sentimentalismo es la de inculcar sentimientos adecuados." Porque un corazón duro no es protección infalible. Sin la ayuda de los sentimientos, bien orientados, su intelecto es débil frente al ambiente.
Ahora aprenderán
impulsados por motivos más afectivos;
después, sabrán hacerlo
porque es su deber.
La conclusión es, pues, inculcar sentimientos adecuados, mas que hacerles insensibles, fríos o espartanos. Hay muchos sentimientos positivos que inculcar: lealtad, respeto a la verdad, honradez, solidaridad, compasión, proteger o ayudar al más débil, buen corazón, superar la mediocridad, deseos de buena emulación, respeto a la naturaleza, etc. Muchos han salido ya. Otros los veremos luego con más detalle.
Que tengan corazón. Lección de una madre
«Un día, al poco de llegar a Burgos, sería en octubre del treinta y seis, salíamos Alejandro y yo del hotel, camino del colegio, y contemplamos una escena que no se me olvidará nunca.”
La narración es de Vallejo-Nájera en su último libro, y podemos sacar de ella una enseñanza interesante.
«Caía una lluvia copiosa y fría, y dos niños, de unos doce y seis años, se refugiaban debajo de un paraguas. Iban de luto. Pantalones cortos negros, camisa, calcetines, jerseys y abrigos del mismo color. Estaban rodeados por otros cuatro chicos y uno de ellos, mayor, les insultaba en voz queda, pero con un odio que yo no había tenido ocasión de detectar antes. Los enlutados se estrechaban contra la pared y el más pequeño, asustado, lloraba. El mayor de los agresores les golpeaba y el del paraguas procuraba defenderse con él. El hermano pequeño se agarraba a su cinturón, gimiendo. Le desgarraron la tela del paraguas, le rompieron la mitad de las varillas y el chico que lo llevaba comenzó a emplearlo, como espada, embistiendo al matón al tiempo que le gritaba: "Hijo de ...". Yo nunca había oído esa expresión y contemplaba la escena sobrecogido. A su vez, mi hermano Alejandro se agarraba a mi mano y vi que le corrían las lágrimas. Por fin pudieron zafarse y el matón, cuando huían, les gritó: "Lo tenía bien merecido tu padre, por rojo y por ...". Luego supe que esos chicos enlutados eran hijos de un fusilado al principio de la guerra.
»Al regreso del colegio se lo conté a mi madre, una rubita insignificante y provinciana... en apariencia. "Deben de ser de los malos", le comenté como resumen. "Mira, Juan Antonio –me dijo– esos niños no tienen la culpa de nada, y no olvides que las tragedias son tragedias para todos, buenos y malos. Y cuando veas sufrir a alguien, sea quien sea, procura ayudarle". Mi madre, según me decía esto, tenía que contener las lágrimas. No he olvidado ni el llanto reprimido ni el consejo.»
Estas lecciones de madre recibidas desde muy joven no se olvidan. Son testimonios personales insustituibles con los que un padre o una madre transmiten esos sentimientos de persona de buen corazón.
El chico ha de sentirse afectado
por el sufrimiento de los demás,
desear ayudar
a quien lo necesita,
consolar al que está triste,
acompañar al que
ha sido despreciado,
perdonar a ése que le ofendió,
querer a todos.
Lo aprenderá con ejemplos en la propia vida de los padres, que son los que dejan huella profunda.
No es infrecuente encontrar, en un chico de esta edad, sentimientos sorprendentes de falta de buen corazón, que suelen tener su raíz en una inadecuada formación. Pueden advertirse en:
- la saña con que se pelea con su hermano;
- en la dureza con que habla de un profesor o un compañero;
- en su falta de compasión ante la desgracia ajena;
- en los deseos de venganza, o en el resentimiento ante ofensas reales o supuestas;
- en la indiferencia manifiesta ante el dolor de otros.
Debe afearse su conducta sin dejar pasar la ocasión cuando afloren estas actitudes o reacciones inconvenientes.
Será bueno también que tome contacto con el sufrimiento ajeno, con la debida prudencia y sin impactos excesivamente fuertes.
Es positivo que sepa que hay gente que no tiene lo que él sí tiene, gente que sufre por falta de atención, que vive en soledad, que apenas recibe cariño.
Los padres han de hacerle reflexionar sobre ello, pero sin caer en el extremo contrario de una saturación que le insensibilice y pase a considerarlo como algo normal ante lo que nada puede hacerse. Es muy positivo que vea la preocupación de sus padres ante la mendicidad o la pobreza, y que note su generosidad en detalles bien concretos: una limosna significativa en la iglesia o a una labor benéfica es toda una escuela de formación para el chico.
Será oportuno que los padres comenten con acierto –sin agobiarle– las desgracias de personas cercanas, para que sepa valorar lo que él tiene y preocuparse más de los demás. A veces convendrá sugerirle que se prive de algo propio –de parte de sus propios ahorros, por ejemplo– para remediar en algo la indigencia ajena. Como decíamos antes, por cada uno muy sensible al que no hay que agobiar, hay al menos tres insensibles a los que conviene despertar.
Así descubrirá –porque lo ve hecho vida en sus padres– la alegría de dar y de compartir, la felicidad que nace de una generosidad que no entiende de intereses, la satisfacción de prestar sus cosas sin llevar cuenta estrecha, y tantos otros valores que deben ir prendiendo en su carácter y en su modo de ver la vida.
A esta edad surge, a veces, un deseo de acaparar cosas, de guardar pequeños tesoros bajo llave, o un cierto celo en que nadie curiosee su armario. Puede ser positivo porque aprende así a cuidar sus cosas, y porque se desarrolla su intimidad; pero hay que estar atento para que no anide en él la estrechez o la roñosería. Los padres deben fomentar que preste sus juguetes, regale a otros algo que quizá ya no necesita, colabore con sus ahorros a un regalo familiar, etc.
Es preciso inculcar en el chico buenos sentimientos. Porque, si no, luego nos quejamos sin razón. "Extirpamos el órgano –vuelvo a citar a C.S.Lewis– y exigimos la función. Hacemos hombres sin corazón y esperamos de ellos virtud e iniciativa. Nos reímos del honor y nos extrañamos de ver traidores entre nosotros. Castramos y exigimos a los castrados que sean fecundos."
Habrá que ir puliendo –con razones que se dirijan a un tiempo al corazón y a la cabeza– la dureza de sus juicios, su tendencia a juzgar precipitada y apasionadamente, su radicalidad y su incipiente fanatismo, su carácter excesivamente impulsivo, y tantas otras cosas.
Enseñar a perdonar. Otra madre ejemplar
«Soy la madre del "nuevo muchacho muerto en la Castellana" y te aseguro que él no "se estampó con su moto contra un automóvil".»
Es una carta al periódico de una madre. Fue publicada en un diario madrileño, dirigida a un periodista que trató con poca fortuna una noticia muy dolorosa para ella.
«Agustín iba tranquilo por su carril cuando un BMW conducido por un extranjero borracho le adelantó por la derecha girando delante de él. Naturalmente que mi hijo se estampó contra su coche y al caer al suelo el vehículo le pasó sobre las piernas y el brazo. En la foto se puede ver. Los clientes de Castellana 8 lo querían linchar cuando metió la marcha atrás para huir. Yo no estaba ahí. Me lo han contando los testigos. Agustín es efectivamente un cadáver hoy, pero no porque se jugara alegremente la vida. Creo que hay que tratar con más respeto el dolor inmenso de unos padres, hermanos y amigos del mundo entero –repito, del mundo entero–.
»Infórmate con seriedad y responsabilidad de este "muchacho muerto en la Castellana". Me alegro de que me hayas dado la ocasión de expresar públicamente que no tengo que perdonar a las personas que me han arrebatado a mi hijo porque no tuve, gracias a Dios, ni un minuto de odio. A esta joya de hijo lo he considerado un regalo que me prestó Dios durante treinta y un años y que llegó el momento de devolvérselo.»
Todo un testimonio de una mujer con entrañas de misericordia y que con toda seguridad había enseñado a sus hijos a perdonar como ella lo hacía ahora.
El chico sabrá perdonar
si nos ve perdonar.
Y para educarle bien
ha de aprender a perdonar,
entre otras razones
porque tendrá que
perdonarnos muchas cosas.
Será necesario promover en la familia toda una dinámica que haga del perdón algo natural. Tan natural que no sea necesario explicar a los hijos por qué se debe perdonar.
La facilidad para perdonar es algo que se respira en una casa. Y la resistencia a hacerlo, más todavía. Tu hijo lo nota, porque te observa continuamente. Repasa tu forma de actuar.
Debes decidirte a perdonar, pero al tiempo debes decidir olvidar. Hay quien dice que perdona, pero no olvida. Quizá eso no sea perdonar. Depende de qué se entienda por no olvidar. Ha de desaparecer el resentimiento, sin esperar a que sea espontáneamente. No siempre sentiremos el instinto natural de perdonar.
La ofensa es como una herida, y el perdón es el primer paso en el camino de su curación, que puede ser larga. El perdón no es un atajo para alcanzar la felicidad, sino una larga senda que hay que recorrer.
Si alguna tensión familiar, o profesional, o con los vecinos, nos preocupa y nos molesta, hemos de resolverla. Y si el chico es consciente de ella, tiene que ver que buscamos la reconciliación y evitamos el desafuero y los enfados. No es que no te debas desahogar, sino que debes ser prudente en esos momentos.
Hay que saber perdonar y comprender, y también saber entenderse. Muchas cosas se resuelven simplemente con hablarlas con calma y sobre todo –no es una simpleza decir esto– con deseo de que se arreglen.
El problema otras veces no está en el enojo momentáneo, sino en el resentimiento y en la amargura que fraguan por dentro y que rehusan el perdón.
A lo mejor un amigo te ofende, y desechas su amistad en vez de buscar remedio a ese suceso. O tu hijo te dice algo poco oportuno en un momento de enfado, y le retiras el saludo toda la semana, en vez de perdonar su inoportunidad, que a lo mejor no ha sido culpable. O tu marido no te ayuda en determinadas tareas de la casa, y en vez de decírselo –quizás lo hiciera de mil amores– andas furiosa de un lado para otro.
Así no se puede pretender arreglar las cosas. Has de buscar una salida.
Reconocer los errores consolida la autoridad
La empresa Toyota lanzó al mercado norteamericano su modelo Lexus LS400, un sedán de lujo destinado a competir directamente con Mercedes y BMW.
Pues bien, en diciembre de 1990, cuando sólo habían pasado tres meses desde el lanzamiento del vehículo, la empresa reclamó las 8.000 unidades que había vendido hasta entonces para repararlas por un defecto en la luz del freno y en el mecanismo del cambio de marchas.
En una acción sin precedentes, los 8.000 vehículos vendidos en Estados Unidos fueron recogidos en los domicilios de sus dueños, reparados, lavados y devueltos a sus propietarios. Para ello fue preciso hacer costosos desplazamientos de equipos de mecánicos, alquilar o habilitar talleres, y hacer un esfuerzo de buena atención, aunque fueran pocas las unidades vendidas en esa zona, como por ejemplo en Grans Rapids para sólo 10 clientes.
"Vimos esto como una oportunidad de cimentar nuestra relación con el cliente ya desde el principio", dijo Dave Illinworth, director general de Lexus en USA. Los resultados no pudieron ser mejores. Lo que en principio parecía el mayor desastre comercial en la historia del automóvil se convirtió en una de las campañas de imagen más eficaces de cuantas se han llevado a cabo.
Esta anécdota puede servir para mostrarnos también las ventajas de reconocer a tiempo los errores y apresurarnos a ponerles remedio. Y esto es válido para el chico igual que para los padres. La firmeza al mandar no debe entenderse como rigidez inapelable.
A veces somos rígidos
porque estamos inseguros.
Tenemos que saber hacer excepciones en su momento, para no transformar la vida familiar en algo deshumano. Acostumbrarnos a variar una orden cuando sea preciso. O admitir que no teníamos una información suficiente y que un nuevo dato nos ha hecho cambiar de opinión.
Reconocer los errores
consolida la autoridad.
Porque, como bien dice el refrán, de sabios es rectificar, y así se contribuye a incrementar ante los hijos el prestigio de ecuanimidad de los padres.
Pierde el miedo a pronunciar frases como: "pues tenías razón", "efectivamente, no lo había pensado", "ahora que lo dices, me parece buena idea", etc. Prueba a practicarlas.
Es una gran cualidad saber escuchar el consejo o la amable corrección del amigo leal. No ser de ésos a quienes no se les puede hacer ninguna observación porque suelen tomarla a mal. El hombre sensato admite esa ayuda, y guarda un especial afecto y estima a las personas que han tenido el valor necesario para advertirle de algo que en él no iba bien.
Enseñar a pedir perdón. El caso de David
Hace ya un tiempo, en una de las primeras conversaciones de tutoría, David, un muchacho rubio de doce años, me explicaba con vehemencia cómo su padre no le comprendía en absoluto, no había vez que no le llevara la contraria, parecía empeñado en humillarle siempre, no le escuchaba...
Era un relato desolador. Continuaba contando cómo su padre, con el que antes jugaba al tenis cada semana, ahora nunca le llevaba. Cada frase iba describiendo con más crudeza una imagen más desgraciada de su vida en medio de un tremendo infierno familiar... Era algo que clamaba al cielo. ¿Cómo era posible que hubiera padres así?
Aquella misma tarde hablé con su padre. No parecía tan terrorífico como lo describió David. Mantenía en mi memoria los duros juicios del chico y pensé hablarle de ello directamente, pero la experiencia y la intuición me recomendaron escuchar primero, que siempre es más prudente. Empezamos a hablar y entramos enseguida en materia.
El relato del padre coincidía bastante con el de su hijo, pero... ¡era también en primera persona! Algo realmente asombroso. Se quejaba con amargura de que David ya apenas le hablaba, que antes le escuchaba todas las historias que él contaba pero que ahora no mostraba el menor interés, que le contestaba siempre mal, que "incluso, fíjate, –decía– ya no quiere jugar al tenis conmigo...".
Cuando le dije que David se quejaba de algo parecido y que su queja tendría algún fundamento, no cedió ni un milímetro.
La realidad es que ambos eran muy parecidos. Me vino a la cabeza aquello de que "a tal palo, tal astilla". Ambos eran orgullosos, con ese orgullo poco agresivo pero muy refinado e inflexible. Ambos se atribuían radicalmente la razón sin mezcla alguna de culpa. Ninguno quería rectificar, porque ninguno de los dos se sentía culpable en nada. Esperaban que fuera el otro quien tomara la iniciativa y se disculpara, ya que ninguno era capaz de reconocer nada.
Este tipo de problemas son algo corriente, pero con esa terquedad, ya no tanto. Era un callejón sin salida.
Con el tiempo las cosas se arreglaron un poco, pero difícilmente David y su padre llegarán a ser personas que se traten con confianza, ni se podrá hablar de éxito en la educación.
Cuando alguien tiende a pensar que tiene toda la razón, sin sombra alguna de culpa, y que le han hecho algo que es absolutamente intolerable..., entonces, precisamente entonces, es fácil que no tenga ninguna razón. La soberbia es así.
Casi siempre la mejor solución es pedir perdón, aunque cueste hacerlo y se tenga un alto convencimiento de la propia inocencia.
Hay que ejercitarse
en darle entrada en la cabeza,
con sinceridad y valentía,
a esta pregunta:
¿no tendré yo también
bastante culpa?
Es fácil que el chico piense que tiene la razón, y probablemente le corresponderá una parte de ella, quizá una buena parte. El mundo no se divide en buenos y malos, en culpables e inocentes absolutos. Las culpas suelen estar bastante repartidas. A nosotros nos corresponde algo de culpa. Quizá pensamos que poca, pero a lo mejor no es tan poca.
Siempre que he visto al que tiene menos culpa adelantarse a pedir perdón, he comprobado cómo el más culpable quedaba desarmado y reconocía la culpa como suya. Por eso, cuando una situación parece que no se va a resolver nunca, porque tanto él como tú creéis tener toda la razón, tienes que ser lo suficientemente humilde e inteligente como para reconocer ese poco de culpa, e incluso pedir perdón por ello, y adelantarte, tender la mano y perdonar.
Educar para el amor, ahora
Tu hijo está entrando tímidamente en un periodo cronológico de interés por los grandes proyectos. Empieza a salir mucho más de sí mismo. Dentro de poco barruntará el amor, sentirá deseos de entregarse a ideales elevados, de arreglar el mundo, de ser pionero de grandes iniciativas.
De cosas que, a los ojos de los adultos, muchas veces parecen ensoñación juvenil, pero que constituyen el empuje de las nuevas generaciones y que dan esa altura de horizontes y esa magnanimidad a la gente joven que ha recibido una buena formación.
El adolescente tiende a entregarse, a vivir apasionadamente todo. En los años previos es preciso prepararle para que esos deseos de entrega y de amor no se perviertan en ninguna de sus facetas.
Hablemos un poco de cómo prepararle para el amor matrimonial.
—¿Y no es muy pronto para pensar en esas cosas, cuando el chico tiene sólo diez o doce años?
No creas. La razón es la misma de siempre: aunque es algo que concierne de modo más directo a edades superiores, un tratamiento excesivamente tardío o ingenuo de estas cuestiones tendría luego difícil arreglo.
Debe acertar a captar ahora,
cuando todavía
no está despierto en él
con toda su fuerza
el instinto sexual,
la naturaleza de ese
amor humano.
Para lograrlo debe prestarse una gran atención a la educación de la afectividad. Una educación en la que el chico pueda ya intuir cómo dos seres humanos dan y reciben amor. En la que comprenda que el sexo pertenece a la intimidad humana y que debe ejercerse en el marco de una donación personal.
No olvides que tu hijo está expuesto a toda una corriente de planteamientos inadecuados en relación con el amor y la sexualidad, en los que todo esto se difumina. Es testigo constante de formas de vivir presididas por una fuerte sexualización del amor. Estilos de vida en los que hay mucho de sexo y poco de amor, en los que el contacto sexual fácilmente acaba siendo una simple búsqueda de placer, un intercambio de sexualidad, un sucedáneo del amor alejado del verdadero amor.
Puede este planteamiento parecer una simplificación, pero la experiencia muestra que no lo es. La relación sexual fuera de su contexto natural acaba desnaturalizando la afectividad y haciendo que el amor quede diluido en un dar vueltas alrededor de uno mismo buscando la propia satisfacción. Se trivializa el amor, se rebaja al nivel más vulgar. El ansia de sexo acaba presidiendo esas relaciones, impidiendo profundizar, ocultando muchas de las posibilidades de un noviazgo bien planteado.
—Oye, que tiene doce años y no tiene novia..., ni creo que esté en edad de tenerla.
Estamos de acuerdo en que sería demasiado pronto, pero tiene que irse preparando. Porque si entiende el amor al estilo de muchas de las películas o series de televisión que tanta audiencia tienen, puede acabar viendo a la mujer como un instrumento de placer o, cuando menos, imbuirse en un mundo irreal donde hay un modelo de vida en el que todo es fiesta, risa y novelilla rosa, donde “lo importante es que te lo montes bien caiga quien caiga”, y donde quien no funcione así “es que no sabe vivir y es un amargado”. Todo eso acaba por formar en el chico una idea del amor excesivamente epidérmica o sentimental.
—Bien, supongamos que lo entiende ahora, a los doce años. Pero luego, cuando llegue la crisis de la adolescencia no le será tan fácil verlo así...
No cabe duda que no le será fácil. Y ésa es precisamente una de las mejores razones para esmerarse en la preparación previa. La tendencia sexual es fuerte. A los once o doce años aún suele estar latente, pero puede surgir con mucha intensidad en cualquier momento, y ha de estar preparado y con la idea clara de que la dignidad afectiva humana debe hacer que el sexo quede subordinado al amor maduro y a los valores de la persona. También en esas lides irá templando su personalidad.
El éxito del chico en su futura singladura matrimonial depende en mucho de esa correcta educación sexual de ahora, y de su fortaleza por mantener unos principios firmes ante las actuales facilidades para consumir sexo. Lo trataremos más despacio en el próximo capítulo.
—¿Y ves tanta relación con el futuro en lo que sucede ahora, tan pequeño?
Es algo constatable. Los efectos de estos errores no tardan muchos años en aparecer, en forma de defraudamiento sentimental a causa del sexo, desequilibrios afectivos, conductas sexuales patológicas, embarazos inesperados, matrimonios inestables, etc. Son situaciones reales propiciadas por planteamientos de partida equivocados. Confirman eso de que todo espíritu apartado de su orden natural vendrá a ser su propio tormento.
—Pues no parece que sea algo tan claro, si hay tantos que no lo entienden así.
Es una de las muchas cosas que son quizá corrientes, pero no normales. Ya sabes que es distinto ser normal que hacer las cosas simplemente porque las hacen muchos.
Como consecuencia de la intensa exposición a mensajes y reclamos relacionados con el sexo, es fácil que una persona normal se sienta anormalmente acosada y le sea difícil entender y desarrollar de forma correcta su vida sexual.
Esto es lo que le puede suceder a tu hijo, y tu obligación –por la importancia que el tema tiene para su felicidad próxima y futura– es hacerle tomar conciencia de la importancia de autoeducarse correctamente en esta materia. Aunque sea poco corriente, eso es lo normal. Ser minoría no importa, porque la fuerza está en la verdad, no en el número.
Esta toma de conciencia personal, que ya a estas edades puede llevarle a una no pequeña exigencia propia ante los frecuentes reclamos de la lujuria, precisa del auxilio de los padres, que deben lograr no exponerle ingenuamente a tentaciones que serían una temeridad.
Los frutos que produce el haber entendido bien esta realidad, aunque difíciles, compensan con creces el esfuerzo. La castidad es posible y hace posibles muchas cosas, por muy desprestigiada que esté esta virtud ante quienes no alcanzan a apreciar un sentido más alto de la sexualidad humana.
Se descubren valores hasta entonces desconocidos, se profundiza en el sentido de la fidelidad y del amor limpio, se eleva la mirada por encima de la inmediatez del placer y de la atadura de la pasión mal dominada. Una senda no siempre muy transitada, pero que es la adecuada a la naturaleza humana y conduce a la felicidad.
Para que tu hijo entienda lo que debe ser el amor, nada tan eficaz como que lo vea encarnado en sus padres. Que aprenda lo que es la fidelidad, perseverar en el amor, el sentido de comprometerse para toda la vida, el amor como entrega y sacrificio, viéndolo hecho realidad en casa cada día.
El hombre se descubre
cuando se mide con el obstáculo
Antoine de Saint-Exupéry
Que aprenda a organizarse. Educar en la laboriosidad
Recuerdo a unos padres que organizaban las horas de estudio de su hijo hasta el detalle, le racionaban el tiempo libre con criterios muy estrictos –aunque sacaba buenas notas–, venían a ver a los profesores con inusitada frecuencia, e intervenían en todo lo que el chico pudiera hacer o decir.
Eran como sus portavoces, anulaban su personalidad. Con esa pretensión de control absoluto y de superprotección hacían pasar una notable vergüenza al chico, molesto por el riguroso cerco al que estaba sometido.
Le llevaban en coche al fútbol, porque no iban a dejarle ir solo, con la bolsa de deporte, "tal como está el mundo". Le insistían en que se abrigara, le corregían continuamente, le planificaban el descanso, le recordaban todo.
Su padre se empeñaba incluso en que le tenían que gustar las rimas de Bécquer y la música de Vivaldi, porque "esos cantantes modernos lo único que hacen es pegar berridos". Era todo un intento de meter a presión en un molde su forma de ser y sus aficiones.
Con planteamientos así no se puede pretender que el chico llegue a ser alguien responsable. Hay que educarle en libertad, con una vigilancia atenta, pero que mantenga un poco las distancias. Si no, le será difícil llegar a entender –y es importante– que él mismo es quien debe estar interesado en estudiar y encontrar el modo de hacerlo lo mejor posible.
No es difícil sustituir ese cerco de controles por motivaciones más positivas: en vez de prohibirle la televisión, por ejemplo, acordar con él un resultado concreto en el estudio. En vez de privarle de algo, sin más, hacerle ver que debe ser generoso y compartirlo con su hermano. En vez de afear su mala conducta, elogiar la que ha sido buena –que la habrá– y decirle que estamos seguros de que puede ser así siempre.
Interesa dejar un amplio margen a su iniciativa personal. No podemos pretender que tenga el mismo modo de organizarse o de estudiar que tuvimos nosotros.
Tiene su modo de hacer las cosas y de entender los problemas. Y a esta edad hay que empezar ya a respetarlo con bastante tacto, pues el exceso de imposiciones suele producir el efecto contrario: el deseo de libertad puede incluso llevarle a hacer lo que no quisiera, con tal de dejar bien sentada su independencia personal.
Debe tenderse lo más posible a que actúe bajo su propia responsabilidad. Los educadores que dejan huella –y huella de la que se recuerda toda la vida– son aquellos que saben hacer que esté en condiciones de tomar decisiones y elegir caminos cuanto antes.
Es un gran error ser posesivos o impositivos. Es mejor ir haciéndole amistosamente las preguntas oportunas sobre el porqué de sus ideas. Este modo de comportarse tiene otra ventaja: cada día se aprende algo de ellos; por eso, tener la suficiente sensibilidad para lograrlo es una tan preciada cualidad en el educador.
—Oye, que estábamos hablando del estudio.
Sí, pero el estudio es el campo en que quizá más claro puede verse todo esto. Debe aprender a organizar su tiempo y decidir sobre el mejor modo de dar cabida a todo: estudio, descanso, aficiones, ratos de tertulia familiar, y sus encargos en la casa.
Que razone él mismo (aunque se le puede ayudar) para aplicar un orden de prioridades en las cosas que tiene pendientes. Es mejor pedirle resultados concretos y hacer el papel de observador, con una vigilancia que sea atenta y respetuosa a la vez, serena, y afable a la hora de intervenir, sin caer en la tentación de pretender fiscalizarlo todo. Al chico empiezan a molestarle las actitudes excesivamente paternalistas.
A veces resultará
más pedagógico
dejarle que se equivoque
si el asunto no es grave.
Porque esos pequeños golpes son los que más enseñan al niño, ya que son consecuencia del empleo consciente de su libertad. Lo contrario produce inhibición. Si hay un exceso de dirigismo, el chico no termina de convencerse de que es bueno lo que le obligan a hacer, porque nunca llega a experimentar el fracaso como consecuencia de una decisión libre suya.
El principal enemigo del dejar hacer es la impaciencia. No en vano dice aquel proverbio turco que la paciencia es la llave del paraíso, pues aunque costosa, sus frutos son extraordinariamente sabrosos. Hay que aprender a esperar, cosa nada fácil, y contar con el tiempo para que mejore, sin exigir resultados milagrosos, como no los obtuvieron con nosotros nuestros padres.
Ir a las causas, sin quedarse sólo en lo académico
Muchas veces queremos curar el sarampión granito a granito, y no puede ser. Es preciso ir a las causas. Un niño sano, a esta edad, en un ambiente normal, debe querer estudiar. Lo contrario indica alguna anormalidad.
Cuando un niño de estad edad
no estudia,
debe pensarse
que tiene un problema,
y es preciso
descubrirlo cuanto antes.
Estando en contacto con su tutor o sus profesores, no es difícil saber qué es lo que pasa. Lo que no es acertado es querer arreglarlo a base de remedios superficiales.
No podemos pretender arreglarlo resolviéndole los problemas de matemáticas, dictándole la redacción o haciéndole la lámina de dibujo. Ni tampoco con la comodidad de poner un profesor particular, si el problema es que no le da la gana esforzarse por atender en clase.
Las causas del bajo rendimiento escolar suelen tener mucho que ver con la falta de virtudes básicas: laboriosidad, orden, reciedumbre, fortaleza, optimismo, castidad, etc.
—¿Has dicho la castidad?
Sí. Es algo que influye más de lo que parece. Son edades propicias para obsesionarse un poco con cuestiones de carácter sexual, que dificultan bastante la concentración en clase o en el estudio, crean conflictos interiores y producen turbulencias en su imaginación y en su capacidad de fijar la atención. Pero ya lo trataremos en el capítulo noveno.
Hay que enseñarles a estudiar y, sobre todo, hacer lo posible por detectar los errores educativos y actuar sobre el verdadero problema de fondo, para consolidar aquellas virtudes básicas que echemos más en falta.
—¿Por qué no pones algunos ejemplos más concretos?
¿De verdad quieres ejemplos de contradicciones educativas? Seguro que muchos nos resultarán familiares a todos.
Si resulta que come siempre lo que le da la gana, fuera de hora, y a su capricho..., luego no te quejes de que sea tan blandito que no aguante ni quince minutos estudiando.
Si se pasa la tarde en casa en pijama, estudia tumbado en la cama, y cuando se sienta en el sofá adopta siempre posturas hiperperezosas..., luego no te extrañe que no sea capaz de vencer la pereza para hacer esas tareas de clase o preparar aquel examen.
Hazle luchar
contra la pereza en todo;
recuerda aquello de que
“la pereza seduce,
el trabajo satisface”.
Si se pasa el día con la cabeza en otro mundo, distraído, viendo horas y horas de televisión, escuchando música a todo volumen o absorto con sus auriculares hasta altas horas de la noche, sin exigirle que participe en el ambiente familiar..., luego no te maravilles de que sea bohemio, esté lleno de fantasías y que no logre concentrarse ni cinco minutos seguidos en clase, en el estudio, o en la lectura de ese libro que le han mandado para un trabajo del colegio.
Si se ha pasado la vida sin guardar ningún orden, dejando tiradas su ropa y sus cosas del colegio, sin sujetarse a un horario..., bien pueden ser ésas las causas de su actual descuido y desorden integral en los estudios.
Ante el fracaso escolar
hay que volver la vista
hacia el conjunto
de la educación del chico,
no sólo hacia los libros,
las horas de estudio
y los profesores.
Es un error grave preocuparse sólo de las notas. Hay padres que, cuando van al colegio, sólo preguntan por el boletín de notas, las recuperaciones y el profesor de matemáticas. Piensan en la carrera que hará su hijo, pero no en el tipo de persona que será. Y no les importa si su hijo es buen compañero, o leal y sincero con los amigos.
Como padre, o como madre, debes preocuparte de saberlo. Entérate, por ejemplo, de si ya ha aprendido a dejar el bolígrafo o los rotuladores o ese libro a sus compañeros de clase. Preocúpate por saber si lleva ya al colegio, para jugar con sus amigos, aquel balón que le han regalado en su último cumpleaños. No resulte que esté convirtiéndose en un egoísta avaro de sus libros, sus rotuladores o su balón de reglamento.
Porque las notas suelen ser muchas veces consecuencia de lo demás. Y, aunque no fuera así, ¿de qué serviría tener un hijo premio Nobel si luego es un egoísta, está lleno de orgullo, o es un envidioso redomado?
—Oye, que supongo que no todos los problemas serán de falta de voluntad o de virtudes...
Cierto. Hay también, aunque con menor frecuencia, problemas de aprendizaje. Pueden ser dificultades de lectoescritura, comprensión, memoria, atención, etc., que quizá se agudizan a estas edades. A veces se ponen de manifiesto coincidiendo con el año en que en el colegio pasan al sistema de un profesor por asignatura. Es cuestión de acudir entonces a un gabinete psicopedagógico de confianza.
Castigar es fácil; motivar es difícil
Vuelvo a insistir brevemente en la motivación y en el castigo, porque en los estudios de los chicos suelen tener bastante protagonismo.
Si se tiene verdadera autoridad,
raramente será necesario castigar.
Un simple detalle, una mirada o un sencillo comentario más severo que muestre que ha actuado mal, suele ser suficiente si le hemos educado bien y con cariño. El recurso al castigo es casi siempre la solución más cómoda y socorrida, la menos inteligente.
El castigo es el arma
de quien no sabe
educar mejor.
De todas formas, si honradamente no se te ocurre mejor solución, castiga. Pero que sepas que es porque antes no supiste hacerlo mejor; y que aún ahora existen otras soluciones. Pero no lo dejes pasar si crees que hay que actuar.
Cuando uses del castigo, el chico ha de quedar siempre con la sensación de que ha habido justicia, como si hubiera perdido en un juego con unas reglas muy claras y sin trampas. La reprensión y el castigo deben ser como el eco del reproche que el niño se haga a sí mismo en el interior de su conciencia. Si no se consigue esto, su eficacia es muy dudosa.
También conviene que los castigos sean en lo posible educativos, relacionados con la falta cometida. E incluso productivos, si es posible, porque así al cumplirlo no se añade la carga de sentir que se está haciendo algo absurdo o inútil.
Por eso, si tiene desordenado el armario, se le puede decir que lo ordene antes de salir. Si llega tarde a comer, puede recoger la mesa o hacer algún otro trabajo doméstico, y descargar así de trabajo a otros. Y si las notas no han sido buenas, habrá que marcarle unos mínimos exigentes en su estudio, y deberá cumplirlos.
Motivar no equivale a premiar. Es más. Es infundir un deseo de actuar de un modo determinado: de estudiar, de ayudar a los demás, de saber, de conocer.
La clave está
en lograr despertar
esos buenos deseos
que hay en toda persona,
porque detrás de esos deseos,
la educación viene sola.
Sería un error entender el premio como la mejor motivación, y más aún si fuera recompensa siempre material. Alguna vez puede ser solución, pero es grande el riesgo de entrar en la espiral de los caprichos, los regalos y las concesiones. Cualquier intento de comprarle en vez de educarle suele llevar a resultados tan malos como desafortunado y degradante es el sistema.
Multiplicar los regalos lleva a que no se valoren, y a sumergir al chico en un creciente consumismo. Usarlos como continuo cebo para obtener cualquier objetivo lleva a que necesite de ellos a cada paso. Corregir lo negativo y premiar el no ser malo no es educar motivando.
Un chico bien educado
prefiere muchas otras cosas
antes que un regalo.
Valora mucho más encontrar en el momento adecuado una sonrisa, un pequeño elogio, un estímulo inteligente, unas palabras de ánimo, un sincero interesarse por lo que ha hecho. Es bueno que saboree la alegría de haber vencido las dificultades.
Cuando ha hecho
esfuerzos y progresos
debe saber que
lo habéis visto
y que estáis contentos de él.
Con los regalos no se puede sustituir lo insustituible: el trato humano, la alegría del hijo por la satisfacción de los padres al contemplar su buen hacer, y la satisfacción propia: aquello a lo que se refería Séneca cuando dijo que el premio de la buena obra es haberla realizado.
Diversos modos de equivocarse
La materialización de la motivación es como un alto pararrayos de desgracias que se abaten sobre quien la emplea. Enseguida surge como efecto la insaciabilidad, o la saturación, por falta de ingenio para disfrutar de la vida sin necesidad de nuevas y costosas aportaciones.
Pronto se echa de menos una autoridad limpia que no tenga su fundamento en atender el capricho. En un colegio pueden verse casos que son ejemplo de este proceso, y que desgraciadamente son frecuentes.
Recuerdo unos padres que me explicaban cómo habían prometido a su hijo –medianamente listo, pero que no había dado ni golpe en todo el curso– comprarle una moto para el verano si sólo suspendía cuatro o menos asignaturas en junio.
Me sorprendía eso de cuatro o menos, porque no parecía una meta muy elevada... Pero es que –pensaban– “con cuatro todavía había posibilidades de que en septiembre pase curso...”.
Con tal sistema de motivación, el resultado fue proporcionado a la genialidad del plan. Aprobó todas menos cuatro –qué menos en un chico así–, le compraron la moto –con gran sacrificio económico, y además, no una moto cualquiera, para que el chico no quedara avergonzado ante sus amigos–, hizo numerosas amistades en un ambiente que no correspondía a su edad, no tocó un libro y suspendió de nuevo a la vuelta de las vacaciones las famosas cuatro asignaturas, con la consiguiente pérdida del curso. La anécdota no necesita glosa.
Recuerdo otro sucedido similar, que se refiere al remedio motivador que el ingenio de una madre vino a idear ante la falta de interés por el estudio de su hijo, también de esa misma edad.
Resolvieron en consejo familiar comprar a la criatura un pequeño aparato de televisión para su habitación, eso sí, con la promesa formal del chico de que a cambio estudiaría en adelante muchísimo más.
El efecto fue inmediato y demoledor. El muchacho, con poca fuerza de voluntad, y que hasta entonces estudiaba poco, claudicó inevitablemente ante la cercana, continua y facilitada tentación televisiva, descendiendo enormemente su rendimiento escolar.
Otro ejemplo frecuente es el que podríamos denominar incontinencia castigadora. Unos padres contrariados porque su hijo, siempre brillante en los estudios, tiene un mal resultado académico, y vuelven a casa con el boletín de notas, envalentonados tras una enardecida conversación con el profesor en el colegio.
Nada más llegar, dan al chico una solemne explicación de lo que va a ser el castigo que ha merecido. Disertación que por lo grandilocuente no desentonaría nada en un discurso parlamentario. Le explican que no se va a mover de casa para nada, que se acabó la televisión, que no habrá cine ni salidas con sus amigos, que se queda sin paga semanal, y que se despida de la prometida bicicleta para el verano. Y que además, el castigo seguirá así, sin relajación alguna y sin posible remisión, hasta que lleguen las notas de junio, dentro de cuatro meses.
Después de un episodio semejante, lo más probable es que se produzca una de las dos siguientes situaciones. La primera y más corriente es que efectivamente haya una relajación del castigo y se vayan sucediendo las escenas de hacer la vista gorda: la abuela cede por un lado, mamá por otro, un secretito de papá –cuántas veces muestran menos fortaleza los padres que las madres–, y el niño, que no es tonto, acaba por superar, una por una, todas las barreras impuestas.
De este modo se va erosionando el prestigio de los padres, que con los años acabarán teniendo que batirse en defensa numantina de las ruinas de una autoridad prácticamente destruida. Podríamos definir este efecto como inconstancia sancionadora.
Y la segunda posibilidad, propia de padres más tenaces, es que la larga duración del castigo –que al chico se le antoja interminable–, así como la imposibilidad de su remisión, corten radicalmente su esperanza. Este segundo efecto podría llamarse irrevocabilidad sancionadora. Con ella suele perderse el efecto pedagógico que debe buscarse en todo castigo, y acaba siendo contraproducente.
La enseñanza de este sucedido es clara: hay que dar posibilidad de remisión del castigo, basada en exigencias concretas de mejora personal; que no sea demasiado prolongado en el tiempo; y que de verdad estemos dispuestos a hacerlo cumplir. O, mejor aún, no castigar la primera vez, tener una conversación exigente y animante –examinando las causas del tropiezo–, y confiar en que mejorará, puesto que era un buen estudiante.
El último ejemplo que quiero poner se refiere a los castigos físicos. Recuerdo la vergüenza ajena con que vi en una ocasión a una madre en la triste situación de correr detrás del hijo que huía del castigo corporal. Aparte de un espectáculo penoso, es muestra muy sintomática de una autoridad ya casi perdida.
No se debe pegar, y quienes tengan que llegar a hacerlo habrán de ser conscientes de que es consecuencia de una larga acumulación de errores en la educación del chico y en la autoridad de los padres. Suele ser consecuencia de la irritación y de la pérdida del dominio de sí mismo, desprestigia a quien la emplea, produce resentimientos, y es algo que recordarán cuando sean mayores y que difícilmente nos podrán agradecer.
—¿Por qué no resumes algunos consejos sobre los estudios?
Sin pretender ser exhaustivo ni descalificar otros criterios, propongo los siguientes:
- que aprenda a organizarse: que prepare sus libros para ir a clase, tenga ordenadas sus cosas, vea como distribuir su tiempo y se haga su horario;
- no pretendas fiscalizarlo todo, que es peor; haz lo posible para que comprenda que él es el interesado en ser un buen estudiante;
- si no estudia, investiga las causas, sin reduccionismos simplistas; háblalo detenidamente con su tutor y sus profesores;
- investiga un poco también sobre sus amigos y su integración en la clase;
- si tiene detalles de falta de reciedumbre o de capricho, no se los consientas;
- ojo con la televisión (o con los videojuegos, o con internet), y que no tenga receptor en su habitación;
- nada de aprobados a cambio de bicis o motos;
- usa lo menos posible del castigo; y, si tienes que hacerlo, que no sean castigos absurdos; que los cumpla y que sepa el modo de conseguir el perdón.
El hombre inteligente
habla con autoridad
cuando dirige su propia vida.
Platón
El carácter y la falta de carácter
Cada chico tiene su personalidad, una forma de ser que le es propia, que configura su carácter. Afortunadamente no son todos iguales, sino que hay aspectos que distinguen a unos de otros, cualidades, aptitudes y rasgos que componen su personalidad, de la que pueden y deben estar orgullosos.
Hay aspectos del carácter que siempre serán positivos. Siempre querremos que los chicos se eduquen siendo sinceros, leales, decididos, generosos, emprendedores, responsables, laboriosos, amigos de la libertad, sin miedos, sin timideces, sin temores, sin escrúpulos tontos.
Hay otros aspectos, sin embargo, que ya no son aspectos del carácter, sino mas bien de la falta de carácter. No se puede considerar como un rasgo positivo que un chico sea perezoso, o patológicamente curioso, o un egoísta redomado. Tampoco, por ejemplo, que sea arrogante o envidioso. Son defectos, y como tales han de procurar superarlos.
Y en esto también importa mucho llegar a tiempo. Decíamos al principio que el carácter no es sólo cuestión de herencia genética, sino que precisa un esfuerzo continuado por mejorarlo.
—Pero el tiempo es sabio, dicen, y atempera el carácter...
El tiempo arregla a los que se esfuerzan por mejorar y estropea a los que se dejan llevar por su falta de carácter.
El mero transcurso del tiempo, sin más factores, no hace cambiar el sentido de una evolución. Simplemente la hace mayor o menor. Y si no se hace nada, el tiempo pasa y el chico sigue igual, o empeora.
Por eso hay que enfrentarse al problema del carácter antes de que sea tarde y haya cristalizado en defectos difíciles de remover. Es una pena ver a personas que por su edad debieran ser otra cosa, y que se reconocen impotentes ante su cobardía, o sus arranques de mal genio, o su apatía permanente..., cuando ya, a esas alturas, el arreglo es muy fatigoso.
—Pero..., ¿no te parece un poco antinatural esa lucha? Cada uno es como es, ¿no?
Si has llegado a leer hasta aquí es porque deseas que tus hijos mejoren y no estás aún satisfecho. El proceso de mejora del carácter es algo que requiere esfuerzo. Exige una lucha personal, que no ha de ser crispada ni angustiosa, sino alegre y optimista. Pero una lucha, ineludiblemente.
Y esa lucha es más eficaz
y gratificante
si se plantea
conjuntamente en la familia,
yendo por delante
con el ejemplo.
Fortaleza interior: valentía, reciedumbre, etc.
Es curioso ver cómo lo que a unos les irrita hasta extremos sorprendentes, a otros les llena y les satisface.
En una ventanilla, o en la barra de un bar, o conduciendo un autobús, puedes encontrarte a una persona que te trata con afabilidad y simpatía, y a otra –con el mismo tipo y modo de trabajo– que está amargada y parece que incluso se esmera en fastidiar.
Lo que a unos les realiza, a otros les sumerge en la infelicidad.
—¿Y piensas que es un problema de educación?
En buena parte sí. Hay toda una serie de virtudes que influyen bastante en el talante habitual que manifiesta una persona. Veamos algunos ejemplos aplicados a un chico de diez o doce años.
Reciedumbre. No puede ser que el chico vaya dando el espectáculo porque no se atreve a meterse en la piscina porque está un poco fría. O que su drama sea levantarse de la cama a la hora que debe. O que le sea casi imposible aguantar una hora y media seguida estudiando, o comer de algo que le gusta menos. O que no consiga mantener siquiera unos días unos pequeños propósitos de mejorar en algo.
¿Qué será en el futuro alguien así? ¿Qué soporte tendrá para su carácter, para cuando haya de tomar decisiones costosas? El chico ha de ir aprendiendo a amordazar un poco sus propias quejas frente al sacrificio que hacer determinadas cosas comporta.
Por ejemplo:
- enseñarle a no quejarse;
- pedirle pequeños sacrificios necesarios para la buena marcha de la casa;
- exigirle que sea perseverante y tenaz en las cosas que comience;
- elogiar su resistencia ante contrariedades o molestias físicas (dolor por un golpe o una enfermedad, sed o cansancio en un viaje o una excursión, etc.).
Ser acometedor. Todo lo que es valioso resulta difícil de alcanzar. Con razón decía Séneca que no es que nos falte valor para emprender las cosas porque sean difíciles, sino que son difíciles precisamente porque nos falta valor para emprenderlas.
Para todo hace falta vencer dificultades, superar obstáculos, tener decisión, ser constante. Ocúpate de fomentarlo.
Valentía. Es fácil que haya circunstancias –a veces muy tontas– que produzcan miedo al chico, y quizá sea ya demasiado mayor como para eso. Los padres deben forzar un poco para que lo supere pronto, para que vaya venciendo esos temores que a veces son simplezas, como por ejemplo:
- el miedo a quedarse solo;
- el miedo a la oscuridad;
- la timidez para conversar con un pariente que está de visita;
- la vergüenza para hablar de un problema escolar con su profesor;
- que se atreva a dar la cara defendiendo a un amigo o a su hermano, o no colaborando con algo malo que hacen otros;
- que tenga valentía para no mentir y reconocer su culpa;
- que no le importe tanto el "qué dirán";
- etc.
Audacia. Es preciso evitar también que se deje llevar por un desmedido afán de seguridad, y esto suele ser culpa casi siempre de los padres. Ha de perder un poco el miedo al fracaso y a comprometerse en empresas que merezcan la pena, superar el exagerado sentido del ridículo propio de muchos ambientes.
El riesgo del fracaso es un condimento que da sabor al éxito. La vida es un juego maravilloso en el que hace falta apostar por las cosas en las que creemos y por las personas a las que amamos, con valentía e invirtiendo con generosidad los propios bienes y talentos. Que no sea buenecito pero apocado, de ésos que se acobardan ante el ambiente contrario y se dejan influir demasiado por él.
La audacia
enriquece enormemente
el carácter.
Señores de sí mismos
Combatir contra uno mismo es la batalla más difícil y, junto a ello, vencerse a sí mismo es la victoria más importante. A la inteligencia corresponde regir la conducta humana, y esto constituye una pelea diaria contra todo lo que en nuestra vida debe mejorar. Una batalla contra lo que nos aleja de los objetivos que nos hemos marcado.
—¿Pero no es poco natural eso de marcarse objetivos contra uno mismo...?
Ya hablamos de eso antes, a propósito del carácter. Sin excesiva formalidad, pero tanto nosotros como el chico debemos conocernos un poco y saber cuáles son nuestros defectos dominantes para ir superándolos.
Debemos otorgar, en definitiva, a la inteligencia y a la voluntad, ese señorío sobre los actos todos de nuestra vida. Repasemos, como antes, unos cuantos detalles prácticos sobre ese señorío personal, aplicables al chico de esta edad.
Serenidad y equilibrio. Tiene múltiples manifestaciones en la vida diaria. Que sepa mantener la atención en varios frentes sin aturdirse. Que sea capaz de tener dos cosas a la vez en la cabeza. Que no se enfade y patalee cuando no le salen las cosas, o si sufre un pequeño contratiempo. Que no pierda la cabeza por cualquier tontería.
Paciencia. Que aprenda a esperar, a dar tiempo al tiempo. Como siempre, además, suelen ser precisamente los más impacientes y los que más exigen a los demás, quienes luego más transigen consigo mismo y con más facilidad justifican todo lo que hacen, incluso aquello que verían mal si lo hicieran otros.
Elegancia ante el fracaso o el triunfo. Que no sea de ésos que se les suben a la cabeza los primeros éxitos, y se hunden luego al mínimo contratiempo. Si se viene abajo lo que está haciendo, que vuelva a empezar sin nerviosismos. Que conserve la calma cuando todo va mal y los demás pierden los papeles.
Nobleza. Lealtad. Señorío ante el agravio. Que sea leal con sus amigos. Que mantenga su palabra. Que no recurra al insulto o a la venganza ante lo que le afrenta. Que aprenda a defenderse del agresor sin entrar en su juego de injurias y de mentiras. Ha de evitar la murmuración, que tiene unos efectos demoledores en cualquier ambiente, y más en el familiar.
Acostumbrarse a hablar bien de los demás, en cambio, es una costumbre muy recomendable. Todavía recuerdo con emoción el funeral de aquel viejo amigo, excelente profesional fallecido en accidente de tráfico; al terminar, uno de sus compañeros comentó: "Mira, le tenía una gran estima porque sabía hablar bien de la gente; llevo dieciocho años trabajando a su lado y jamás le he oído murmurar de nadie".
Control de la imaginación. A lo mejor empieza a leer una página y tiene que volver a leerla porque no se entera de lo que dice..., por falta de atención. Quizá, ante algo con lo que sueña, muestra una inquietud grande, que raya en la ansiedad. O es distraído y fantasioso, o con tendencia al desánimo.
Todos son posibles síntomas de falta de un sano control de la propia imaginación. Una difícil batalla personal contra esa potencia nuestra que a veces se convierte en un enemigo íntimo que nos hace daño.
A todo el mundo le llegan momentos más o menos largos de desánimo o de pesimismo, y el chico debe saber que él no es una excepción. En muchos casos esas crisis provienen del excesivo dar vueltas alrededor de sí mismo con la imaginación. Y desaparecerían con un poco de disciplina mental, sabiendo orientar –como un guardia de circulación– esos pensamientos inútiles que a veces tanto estorban.
Ese sano control de la fantasía y de la memoria le llevará a ser más abierto, y será también una protección ante los peligros del pesimismo, la tristeza y la vanidad.
Rechazo de la envidia. A muchos chicos les viene la tristeza por las rendijas de la envidia, porque se alegran de los fracasos de los demás y en absoluto sufren con sus dolores o preocupaciones. No les sucedería así si cortaran de raíz cualquier asomo de desazón o de celos por esta causa. Hay que alentar en ellos un espíritu noble y generoso que les lleve a gozarse de las alegrías ajenas.
Borrar el resentimiento. Otro de los peligros de ese mundo interior enrarecido de que hablamos es que sirve de caldo de cultivo de agravios y rencores de todo tipo. Se crea así un ambiente cerrado donde a veces sólo se mantiene el recuerdo de las afrentas y de los desplantes. Hay que enseñarle a perdonar y a olvidar, que son llaves de entrada a esa preciada paz interior.
No rehuir el compromiso. A veces la falta de valor para comprometerse es consecuencia de la mentalidad desconfiada o excesivamente calculadora de los padres, que impide que arraiguen en el chico ideas que impliquen aventurarse generosamente en algo.
Esa actitud es caldo de cultivo para un fenómeno que ha dado en llamarse el escapismo, en el que el chico busca vías de escape frente a los problemas. No los resuelve, se evade. Esquiva la incomodidad a toda costa e ignora sus consecuencias futuras. Si el problema no desaparece, será él quien desaparezca.
"A mí no me gusta comprometerme con nada ni con nadie", escuché una vez a un chico de doce años, con frase lapidaria, impropia de esa edad y seguro que no original suya. Y en otra ocasión: "no sé si está bien o mal, pero me gusta y lo hago". Son estilos aprendidos, ejemplos de chicos que han sido víctimas de algo que bien podría llamarse maltrato moral, porque no se les ha maltratado atándolos con una cadena, pero se les ha esclavizado sumergiéndoles en un mundo irreal, ajeno a la responsabilidad. Y al final acaban comprometidos con su propia debilidad, que será la que en el futuro lleve las riendas de su vida, y contra la que luego apenas podrán hacer nada.
—Me han parecido, como ideas, muy interesantes, pero, claro, el problema es lograr que el chico las lleve a la práctica..., que no es nada fácil.
Estoy de acuerdo en que no es nada fácil, pero el proceso educativo empieza por las ideas.
- Se empieza por proponer esas ideas como objetivos de comportamiento en la familia.
- Luego, los padres han de dar ejemplo de esfuerzo por mejorar en ellas.
- Es útil también hablar sobre esas virtudes, presentando ejemplos y argumentos asequibles a su edad.
- Deben irse corrigiendo las manifestaciones de carácter que sean contrarias a esas metas.
- Y, sobre todo, prestigiar esas virtudes con los diversos modos de motivación.
El niño consentido. Educación en la sobriedad
Es bastante llamativa la despreocupación con que van por la vida algunos chicos de esta edad.
A uno no le importa perder sus zapatillas de deporte en el vestuario. Casi lo prefiere, porque entonces le comprarán otras.
A otro le da igual llegar a casa y dejar todo tirado por donde pasa, porque sabe que su madre –con mayor o menor queja– irá detrás de él recogiéndolo todo.
Otro quizá llegue a clase y diga que le falta un determinado libro, o el compás, "porque mi madre no me lo ha puesto en la cartera".
Y si un día sale de excursión, será igualmente su madre quien le prepare la mochila, y papá quien se encargue de ir a comprar, cual fiel vasallo, todo lo que el niño precise, mientras él reposa cómodamente.
Son ejemplos de casos de chicos consentidos. Porque nada impide que un chico de esta edad, por ejemplo:
- se haga él mismo la cama;
- se ocupe él mismo de mantener ordenada y limpia su propia habitación;
- ayude a poner la mesa o a hacer algunas compras o trabajos en la casa;
- se cepille sus zapatos;
- coma de (casi) todo;
- se acostumbre a no comer entre comidas;
- prepare las cosas para ir al colegio, o la mochila cuando va de excursión;
- ponga cada cosa en su sitio después de usarla;
- deje la ropa plegada por la noche;
- recoja algo que se ha caído si pasa por delante y lo ve;
- explique un problema de matemáticas a su hermana pequeña;
- etc.
—Eso me parece muy bien; pero repito que no es nada fácil de conseguir...
Son costumbres que se respiran. El chico tiene una gran capacidad de imitación de costumbres. Es cuestión de ir por delante, y de un poco de autoridad.
Te pongo un ejemplo. Normalmente no hará falta explicarle que debe tratar bien a las personas que nos hacen cualquier servicio. Lo ve, no hay que decírselo. Si los padres se dirigen al dependiente de un comercio, o a la chica de la ventanilla, a la empleada del hogar, o al agente de tráfico, con la debida consideración, como corresponde, no será preciso explicar más.
A lo largo de estos años dedicado a la enseñanza he visto episodios asombrosos de dependencia paterna o materna, y de comodonería consentida. Por ejemplo,
- madres que bañan y visten a sus hijos hasta edades que prefiero no consignar;
- o que les llevan el desayuno a la cama "porque ha vuelto muy cansado de la excursión de ayer";
- o que hacen cola en la ventanilla de la secretaría del colegio porque el niño de doce años está muy ocupado en el recreo y no puede ir;
- o padres que pasan noches en vela haciendo láminas de dibujo que el niño no consigue hacer bien "porque el pprofesor es desproporcionadamente exigente";
- y un largo etcétera que el lector o lectora podrían incrementar sin mucho esfuerzo.
Ojo con el exagerado miedo a que se resfríe, a que se canse, a que se separe de papá y mamá... porque queriendo proteger tanto al "pobre hijo" le haremos sufrir mucho en el futuro.
Ojo con mimarle,
que es egoísmo de los padres.
Porque el mimo no es amor;
en el amor te das,
en el mimo te buscas a ti mismo.
El mimo suele encubrir egoísmo.
No le llenéis de comodidades. No queráis evitarle toda clase de imprevistos y dificultades. Bajo el pretexto de protección le negáis hasta las más pequeñas ocasiones de adquirir experiencia.
La palabra no
también la pronuncia el amor.
Con tantos mimos, carantoñas, caricias y besuqueos... a estas alturas..., no le hacéis ningún bien.
La vida resultará
muy difícil
a quien haya tenido una infancia
sofocantemente cómoda.
Otro tema importante es el del dinero. Cuando se habla de dinero enseguida se pasa a la casuística. ¿Cómo se sabe qué es capricho y qué es necesidad? ¿Cuánto dinero debe tener? ¿Qué gastos costea él y cuáles los padres?
Sería demasiado aventurado proponer un sistema concreto. Depende mucho del estilo de cada familia.
Lo que sí parece siempre recomendable es hacer que el niño no disponga de demasiado dinero y no se acostumbre a despilfarrarlo en refrescos, chucherías o máquinas tragaperras.
Es positivo que vaya administrando pronto las pequeñas cantidades que va recibiendo de sus padres, familiares, o pequeños trabajos extraordinarios en la casa. Y que aprenda a ahorrar, sin tacañerías, y conozca el valor de las cosas. Que no acabe sucediendo que sepa el precio de todo pero no conozca el valor de nada. Administrar el propio dinero es una escuela de enseñanzas importantes para la vida.
Pero hay algo que conviene tener en cuenta. Los recados y trabajos ordinarios en la familia son obligación de todos, sin necesidad de que medie el dinero. Premiar o castigar con dinero hace que los hijos se materialicen y acabe siendo necesario incentivar económicamente todo, y esto no es propio de una familia.