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lunes, 28 de diciembre de 2009

En solitario es muy difícil

Una idea puede estar en dos cabezas

sin ninguna disminución;

más bien es al revés,

está mejor en dos cabezas que en una.

Leonardo Polo
Actitudes autodidactas. Educar hoy es diferente

Educar a los hijos, ya lo hemos dicho, es toda una ciencia. Se necesitan conocimientos precisos y esfuerzo para adquirirlos. La buena voluntad no basta.

Es cierto que se trata de una ciencia que no se adquiere sólo a base de letra impresa. La educación es un proceso de formación continua, en el que la mayoría de las cosas se aprenden como fruto de la experiencia personal.

Sin embargo, sería una pena prescindir de toda la sabiduría que hay plasmada en tantos libros, o del enriquecimiento mutuo que producen las conversaciones con personas sensatas y experimentadas, o en cursos de orientación familiar. Sería esperar milagros que vinieran a suplir nuestra dejadez.

Es siempre ilustrativo –decíamos– el intercambio de impresiones con otros matrimonios que tengan hijos en edades parecidas, y que realmente se hayan preocupado de procurar darles una buena educación. Es algo siempre ameno y esclarecedor, que lleva a reflexionar con hondura, y que da ideas. Su utilidad depende mucho también de la capacidad de autocrítica que tengamos sobre nuestro propio modo de educar.

Se trata de recibir nuevas ideas, aunque sean exigentes y a veces difíciles de poner en práctica, no de buscar a alguien que nos diga que lo hacemos muy bien. No vayamos a caer en el síndrome de esos enfermos que van de médico en médico hasta que encuentran uno que les deja hacer lo que les apetece.

Educar a los hijos es algo demasiado importante. Los experimentos, con gaseosa, como recomienda el dicho popular. Es cierto que la responsabilidad corresponde a los padres, pero acometer solos los padres esa tarea tiene muchos riesgos.

Para empezar,
educar hoy es diferente
a como nos educaron a nosotros:
basarse sólo en nuestra experiencia,
hoy, no es suficiente.

Y como todos sabemos que equivocarse en esto puede conducir fácilmente a situaciones irreversibles, no es prudente correr los riesgos que llevaría consigo un orgulloso e infantil planteamiento excesivamente autodidacta.

Todo buen padre, toda buena madre, debe esforzarse en aprender y adquirir competencia en su oficio de educador. Y para adquirir esa competencia es preciso reflexionar, leer, estudiar, consultar y hablar, para así, después, tomar las decisiones oportunas sabiendo adaptarse a cómo son sus hijos.



Sus amigos. Educación en la amistad y el compañerismo

Hay que acertar en esto de los amigos. Su influencia es muy poderosa, y a estas edades puede empezar a ser ya en algunos casos mayor que la de los padres.

Es un error, de entrada, dificultar que los hijos puedan hacer amigos. No se debe pretender edificar su cariño al hogar sobre los escombros de sus amistades personales. Las celotipias y los exclusivismos son siempre negativos a largo plazo. Los amigos y el ambiente familiar no son cosas contrapuestas. Es una pena privarle de la gran ayuda que supone el contar con buenas amistades.

Todos los casos que he conocido en los que los padres se enorgullecían de que sus hijos se pasaban la vida en casa y que no echaban de menos tener amigos porque ya les tenían a ellos, han conducido finalmente a resultados insatisfactorios. A la larga, acaban por convertir al chico en un ser superprotegido y sin relaciones que un día quedará indefenso y a merced del amigote ocasional o del aprovechado de turno.

Fomenta que tu hijo tenga muchos amigos, y buenos. Para lograrlo habrá que enseñarle a portarse bien y a tener detalles de preocupación por ellos, a cultivar la amistad sin instrumentalizarla para su simple provecho. Habrá que ingeniárselas para conocer a sus amigos y charlar distendidamente con ellos. E incluso, si es posible, con sus padres. Por ejemplo, dando facilidades para que los traiga a casa, o coincidiendo con esas familias con ocasión de cualquier acontecimiento deportivo, fiesta o excursión.

Los buenos amigos
son siempre
una gran ayuda mutua.

Recuerdo ahora el caso de un chico inteligente y trabajador, excelente deportista y querido en la clase, que un buen día sufrió una profunda depresión sin aparente causa externa. Algo poco corriente a estas edades, pero que a veces sucede. Sus padres estaban muy preocupados. Dejó de ir al colegio, sufrió diversas complicaciones y perdió la ilusión por todo.

Por todo, menos por un amigo suyo de la clase. Su madre comprobaba con asombro cómo su hijo únicamente salía de su hundimiento psicológico cuando este compañero suyo le visitaba o llamaba por teléfono, cosa que estuvo haciendo mientras duró la enfermedad, con una paciencia y sensatez que a cualquiera habrían parecido impropias de su edad.

Pasado un tiempo, con la adecuada medicación y la atención de todos, volvió a la normalidad. Su madre guardará siempre un agradecimiento muy especial a ese amigo de su hijo, porque está convencida de que esa ayuda fue la terapia más eficaz que recibió.

Toda una demostración del valor de la amistad, que puede servirnos de estímulo para fomentar que se rodee de amigos adecuados. Amigos que juegan un importante y silencioso papel en la educación.



Un buen colegio, pero no sólo eso

—Eso que cuentas de los buenos amigos está muy bien, pero el chico no se hace amigo de quiénes tú le digas...

Algo siempre se le puede hacer razonar de vez en cuando –sin cargar las tintas ni ser pesados– sobre qué tipo de amigos "le convienen". Tener amigos que apenas estudian, por ejemplo, lleva con facilidad a no estudiar. Y si son un poco golfos, no sería extraño que uno lo acabe siendo también. Aunque, por fortuna, también sucede al revés. Todos los que nos hemos dedicado a la enseñanza conocemos multitud de casos, en los que, por ejemplo, un buen amigo ayuda a ser estudioso a otro.

Se puede hablar con el chico de estas ideas, y puede entenderlo, aunque conviene respetar habitualmente sus preferencias, sin imposiciones directas, salvo casos de claro peligro. Los amigos son suyos, no nuestros, y son ellos quienes han de encontrar simpatía y atractivo entre quienes conocen para brindarles su amistad.

Está claro que no basta sólo con decírselo, y menos aún con simplemente desearlo. Pero hay muchos detalles prácticos que sí están al alcance de los padres. El chico tiende de por sí a seleccionar sus amistades, pero debes facilitárselo haciendo que se mueva en un ambiente en el que trate chicos que puedan hacerle bien. Si no, será casi imposible que haga buenos amigos. Los padres deben contar con esto siempre en sus decisiones.

—¿En qué decisiones?

Por ejemplo, a la hora de elegir colegio. El colegio juega un papel fundamental en su educación, puesto que es donde pasa casi todo el día y donde tiene la mayor parte de sus relaciones. Por eso es tan importante escoger bien dónde estudia, aunque suponga un sacrificio económico o un mayor tiempo de transporte. Sería una pena que una despreocupación en este punto echara a perder en las horas escolares lo que con tanto esfuerzo va aprendiendo en el hogar.

Y no sólo al decidir a qué colegio va, sino también a la hora de asumir el protagonismo que a los padres corresponde en la vida escolar. Por ejemplo, preocuparse de acudir a las reuniones para padres que allí se celebran, o visitar al tutor o a los profesores cuando sea preciso, aunque nos falte tiempo. Supone seguramente un sacrificio, pequeño o grande, pero merece la pena. Se verá siempre compensado por lo valioso del intercambio de impresiones sobre el chico. Así, la mayoría de los problemas –ya lo hemos dicho– podrán resolverse antes de que llegue realmente a serlo.



Su entorno en el tiempo libre. Los clubes juveniles

—Sí, pero puedes estar sacrificándote para pagar un buen colegio, y poniendo un gran esfuerzo para mejorar el ambiente familiar, y luego perderse todo por los amigos que hace durante su tiempo libre.

Efectivamente, por eso debes preocuparte también de que tenga un entorno adecuado para el tiempo libre.

—Sí, claro, pero eso... ¿cómo se consigue? Porque, por mucho que insistas, el chico es muy independiente y no acepta tan fácilmente que le digas en qué ambiente se tiene que mover...

Por supuesto, pero hay factores que favorecen que esté en un ambiente adecuado, y pueden estar en tu mano.

Por ejemplo, hay que pensar en estos temas al decidir sobre el lugar en donde se vive. A lo mejor no es lo ideal para el chico trasladarse a vivir a aquella urbanización de alto standing pero de ambiente frívolo, que le hace casi imposible continuar con los amigos que tenía, y que le desarraiga de un ambiente que le iba bien.

—Pero si tiene aire puro y espacio abierto para jugar...

Sí, pero educar no es cuestión de zonas verdes y pistas deportivas. Aunque son cosas buenas, eso es casi lo de menos.

Y sucede algo parecido con el lugar donde pasar el verano o el fin de semana. Quizá no sea el sitio más adecuado aquel lugar de dudoso ambiente moral –por mucho que digas que a tu hijo apenas le afectará–, o donde los chicos que hay de su edad no parece que le convengan demasiado. Hay abundante experiencia, además, de cómo un chico empieza un picado irreversible por un mal verano a estas edades. Busca otra solución mejor, pensando más en tu hijo, aunque para ti sea menos cómodo.

—De acuerdo. Yo soy de los que reconocen que si vamos a esos lugares suele ser por comodidad nuestra, de los padres. De todas formas, aunque fuéramos a sitios mejores, no sé si sería suficiente, porque una buena parte del tiempo libre lo pasará en casa, pero el resto querrá estar con sus amigos, y hemos quedado en que eso es bueno. Y la experiencia demuestra que muchas veces no es fácil conseguir que se relacione con chicos conocidos por los padres, y que sean de familias sanas y tengan costumbres y modos de divertirse sanos.

Es un problema ése que preocupa a casi todas las familias.

Por eso muchos padres
se ponen de acuerdo
para promover clubes juveniles
donde sus hijos aprendan
a pasarlo bien de forma sana,
aprendan cosas útiles,
hagan amigos en
un ambiente favorable y reciban
una ayuda en su formación.

Son una gran tranquilidad para los padres, pues de esta manera los chicos ocupan bien bastantes de esas horas de después de salir de clase, o del fin de semana, o de una parte de las vacaciones, al tiempo que aprenden cosas interesantes. Por supuesto –igual que decíamos con el colegio–, tampoco se trata de abandonar la educación del hijo en los preceptores o tutores del club juvenil. Sigue siendo responsabilidad de los padres, aunque por supuesto recibirán una buena ayuda.

También son útiles porque es importante que el chico tenga confianza con personas ajenas a la familia que te merezcan garantía. No olvides que pronto probablemente necesitará de una voz amiga que le oriente cuando su autosuficiencia adolescente quizá le retraiga de consultar con sus padres. Esa función cumplen muchas veces los preceptores o tutores de los colegios y de los clubes juveniles, y son una gran ayuda en la tarea educativa de los padres.

Educación en la fe

Allá donde la moral y la religión

son reducidas al ámbito exclusivamente privado,

faltan las fuerzas que puedan

formar una comunidad y mantenerla unida.

Joseph Ratzinger
Viejos tópicos. ¿Que pruebe un poco de todo?

—Oye, a veces pienso si no sería mejor no entrometerse tanto en estas cosas y dejarle un poco más suelto, no forzarle, contar más con él. Lo piensa mucha gente; mi cuñado, por ejemplo, ha preferido incluso que sea el mismo muchacho quien vaya viendo, y que elija si quiere o no religión, y cuál, cuando sea mayor.

En lo de no ser pesados ni pasarse de impositivos, estoy totalmente de acuerdo. Pero en lo de esperar a que sea mayor para elegir religión, no. Es un tópico muy manido y, además, un contrasentido.

—¿Contrasentido, por qué?

Has traído a tu hijo al mundo sin contar con él. Sin contar con él decidiste el idioma que hablaría, la alimentación que iba a recibir, las reglas de comportamiento que tenía que respetar en casa, el tipo de educación... todo. Decidiste, por ejemplo, en qué colegio estudiaría, y le has hecho durante años ir a clase, quisiera él o no.

Y estás en tu derecho de hacerlo, no es que te lo esté negando. Más bien, incluso es tu deber. Lo que no tendría sentido, después de todo esto, es venir con esa historia de que, en lo relativo a la religión, que se eduque él solo, y cuando tenga dieciocho años, "porque es cosa suya".

—Bien, de acuerdo. Además, yo no soy de esos padres planificadores y posesivos, pero tampoco les puedo obligar por la fuerza a rezar y a ir a Misa...

No me has entendido. Lo planteo de otra manera. Tú tienes una forma de entender la vida que te llevará a hacer un proyecto sobre la educación de tu hijo que englobe todos los aspectos, también la religión que tú sigues y que debes querer transmitirle si de verdad tienes fe (porque si no crees que tu fe es la verdadera, entonces no tienes fe).

Si educas a tu hijo comunicándole esa creencia, por ello no le privas de su libertad. Es más, le privarías de libertad si le abandonaras y le dejaras a merced de las circunstancias sin educación religiosa ninguna.

—¿Por qué?

Por ejemplo, sin consultar tu hijo, le enseñas a caminar, quiera o no quiera. ¿Por qué? Porque aprender a caminar es algo bueno, mejor que su contrario, independientemente de que más tarde quiera ejercitar o no esa habilidad, camine de una manera o de otra, vaya a un sitio o a otro, más rápido o más lento. En cambio, si no le enseñaras a caminar, su futuro estaría condicionado por ese handicap. Y a partir de determinada edad, llegaría incluso a ser una función difícilmente recuperable, y siempre más costosa y difícil que si hubiera aprendido a caminar a su debido tiempo. Y eso es porque para educar en la libertad hay que optar por el aprendizaje. Porque si se opta por no enseñar a caminar, pensando que es la opción que deja mayor margen de libertad para en el futuro aprender o no, se opta en la práctica –bajo la bandera de la libertad– por la más lamentable pérdida de libertad. Y con la religión sucede algo muy parecido.

Por eso te digo que es mejor no entrar en disquisiciones sobre lo que es obligatorio o voluntario. El chico asume con total naturalidad toda una serie de cosas –creencias, oraciones, devociones, normas morales– sobre las que no se plantea problema ninguno. No los plantees tú.

—¿Pero no decías antes que había que hacerle pensar? Te estás contradiciendo.

Lo decía e insisto en ello. Conviene hacerle pensar, pero eso es compatible con no darle facilidades para tomar decisiones cómodas. Sería una ingenuidad dar facilidades al chico para abandonar su fe. Tan equivocado es intentar inculcar la religión a base de severidad, como echarla a perder por llevarle tontamente por el camino de la facilonería.

A los doce años, la fe del niño suele ser viva y sincera, y cuando se aleja de ella es casi siempre por simple comodidad. Hay que hacerle pensar, sí, pero concediéndole capacidad de decisión a medida que vayamos viendo que crece su responsabilidad. No se puede tratar a todos de la misma manera. Si el chico no tiene aún resortes para resolver algo con sensatez, sería un perjuicio para él provocar esa elección.

Si la imposición sistemática es poco eficaz, la indiferencia o el abandono es casi peor. Unos padres sensatos harán todo lo que esté en su mano para que su hijo aprenda a administrar bien su libertad, sin que se deje esclavizar por su propia debilidad. Y a esta edad, las principales esclavitudes serán probablemente la pereza y el egoísmo.

Te pongo otro ejemplo. Su éxito académico –quizá ya lo has comprobado– dependerá mucho de que consigas hacerle pensar que ser buen estudiante es una gran cosa, descubra el atractivo del saber, y vaya adquiriendo afición por los libros. Hacerle razonar sobre eso es compatible con que sepa que a clase debe ir todos los días. Y no le preguntas cada mañana si le apetece ir al colegio o no, ni discutes sobre si es obligatorio o voluntario.

Por eso, igual que un día será ya él quien se plantee qué estudiará y qué rumbo dará a su vida, porque tendrá ya una madurez suficiente para hacerlo, también un día abandonará o continuará su práctica religiosa, pero a los diez o doce años es un error plantear disquisiciones de ese tipo.

No es difícil inculcar en el chico una recia y sincera vida espiritual que le lleve a desear libremente ser un buen cristiano y cumplir con todas sus exigencias. Si le educas bien ahora y logras que nazcan en él ideas y sentimientos adecuados, dará luego un rumbo acertado a su vida. Ése es tu papel de padre y educador.

El problema con la libertad viene cuando no se han logrado hacer nacer esos deseos, o cuando algún agente externo (un mal profesor, unas malas lecturas, una mala amistad...) está erosionando sus convicciones religiosas. Y el chico es aún demasiado joven para decidir abandonar la práctica de su fe, igual que lo sería para abandonar los estudios. Los padres deben intervenir a tiempo, y sostener su fe –como se pone un soporte a un árbol tierno que se tuerce–, porque a esta edad es aún perfectamente recuperable.

—Pero es bueno que el chico sepa que hay más cosas en la vida y no se críe demasiado resguardado, como en un invernadero..., ¿no?

Sí, pero ten en cuenta que tu hijo tiene ya numerosas facilidades para el mal gracias al poco recomendable ambiente que se ve obligado a respirar con frecuencia en la calle, en el colegio o a través de algunos medios de comunicación.

No caigamos en el extremo de
obsesionarnos con que sepa que
existe lo bueno y lo malo
y que luego él decida,
porque el experimento
puede salir muy mal.

No nos obsesionemos con que salgan de él todas las buenas iniciativas. Vamos a darle alguna facilidad para el bien, sin forzar en exceso, pero sin ser ingenuos.

Si el chico fuera mayor, el planteamiento sería distinto. En cualquier caso, la habilidad de los padres encontrará una solución que no demuestre desconfianza, y al mismo tiempo no suponga –como decíamos– facilitar ingenuamente al chico abandonar la práctica religiosa. A hacer el bien también se aprende, y, por tanto, hay que enseñarlo.

—Eso no es nada fácil.

Evidentemente. Lograr ese equilibrio constituye, como tantos otros aspectos de la educación, un auténtico arte que los padres deben aprender. Como decía Ruyter, un arte es simplemente hacer bien algo difícil.



La Misa y la Confesión

El chico tiene que ver que se da importancia a la Misa dominical, por ejemplo. Desde luego, si los padres faltaran habitualmente a Misa y su hijo acaba teniendo una buena educación en la fe, habrá sido con poco concurso de ellos. Y si faltan de vez en cuando sin mediar un motivo suficiente, dará a los preceptos de su fe la importancia que ve que le conceden sus padres: o sea, poca.

Si por ejemplo, la familia sale un domingo y, por no levantarse antes, no cumplen el precepto dominical, el chico pensará que esa obligación cristiana no tiene suficiente importancia como para madrugar o para organizarse mejor e ir el sábado por la tarde.

O si otro domingo están de visita en casa de los tíos, que nunca van a Misa, y ve que entonces sus padres tampoco van, pensará que se trata de una mera costumbre sin más trascendencia que puede ceder ante cualquier otra cosa.

También ha de ver la Confesión como una práctica natural y frecuente en toda la familia, acudiendo al Sacramento de la Penitencia al menos una o dos veces al mes.

—A lo mejor con una frecuencia tan alta conseguimos aburrirle...

A esta edad suele resultarle grato confesarse, aunque al principio tenga que vencer una pequeña inercia. Se puede ver de forma clara en las familias, parroquias y colegios donde se les facilita hacerlo. Acuden con gran ilusión y absoluta naturalidad.

Después, a partir de los catorce años, quizá les cueste un poco, por vergüenza más que por otra cosa, pero salen encantados. Es un error privarles de la Confesión por pensar que no tienen malicia todavía, puesto que no hace falta malicia para ofender a Dios. Pueden ofenderle, como pasa casi siempre en la mayoría de las personas, sencillamente por debilidad. Y la ayuda –psicológica y espiritual– que reciben con la Confesión es fundamental.

Explícaselo bien. Haz que vayan a confesarse, aunque alguna vez haya que forzar un poco, de modo amable, como tienes que hacer tantas veces para que estudien más, o para que ayuden en casa, o para que sean más ordenados.

Si las cosas se han llevado mínimamente bien, a esta edad el chico no suele plantear problemas, ni con la Misa ni con la Confesión. Pero puede empezar a haberlos y habría que actuar con rapidez, aunque con prudencia.

—Sí. Por ejemplo, ahora va a jugar al baloncesto cuando nosotros vamos a Misa y tiene que ir luego él solo a otra hora. No sé si controlar esto un poco, no vaya a estar engañándome...

Mejor aún sería, si es posible, acomodar el horario para poder seguir asistiendo a Misa todos juntos, que a lo mejor no es tan difícil. Podéis ir antes, o después, o el sábado por la tarde.

Es muy positivo que ir a Misa sea una costumbre con tradición familiar, que puede ir acompañada de algún pequeño extraordinario que le dé un cierto atractivo. Muchas familias dan luego un paseo, compran unos churros, organizan un desayuno más de fiesta, o lo que sea. Eso no es comprarles, sino darle un natural y lógico aire festivo.



¿Tiene conciencia del mal?

Hemos hablado de la Confesión, y quizá venga bien extenderse un poco sobre la conciencia del mal y sobre el perdón. Es algo que tiene mucho que ver con el ambiente familiar. Ha de haber un clima que aleje las reacciones de orgullo y engreimiento, una dinámica que haga fácil y natural pedir perdón.

Hay que perder el miedo a hacerlo, rechazar la suficiencia que nos paraliza a la hora de decir: "Oye, perdona, de verdad que siento aquello", o "no quería ofenderte, lo siento...", y enseñar a los hijos a hacerlo con agilidad.

Además de pedir perdón a la persona ofendida, el chico ha de saber que Dios queda también ofendido, y que espera también que se le pida perdón. Lógicamente, la ofensa será mayor cuanto más grande sea la bondad y categoría personal del ofendido, y en el caso de Dios es infinita.

Que vaya comprendiendo el gran desafecto para con Dios que hay en el pecado, sin agobiarle, pero explicándole que debe pedir perdón. Y se pide perdón al Señor haciendo un acto de contrición. Luego, debe acordarse de contarlo cuando vaya a confesarse, y hay cosas que son graves y requieren confesarse con presteza porque han supuesto dejar de estar en gracia de Dios.

—Hablas de ofensas y de pecados como si fuera un bandolero... y no es más que un niño.

A los diez o doce años –y antes, ya lo hemos dicho– un chico tiene perfecta conciencia de que hace cosas mal. Aunque tenga un aspecto ingenuo y angelical. Pero la ingenuidad sería nuestra si no lo advirtiéramos.

No es ningún dechado
de perversidad, es cierto,
pero a su nivel,
reconoce y valora
con suficiente claridad
el bien y el mal.

Si comprende esto, y se acostumbra a examinar su conciencia y a pedir perdón por lo que hace mal, no le va a crear ningún trauma, sino que le hará un gran bien.

Desde su uso de razón –hace ya unos años– distingue, y quizá mucho mejor de lo que nos parece, entre el bien y el mal. Es cierto que sus malas acciones suelen ser cosas que a nosotros nos parecen de poca entidad, pero para él sí tienen importancia.

Son malas acciones
a su nivel,
pero malas acciones.

Nos jugamos la formación de su conciencia. Aunque no sean crímenes, son cosas malas, y hay que hacerle escuchar y obedecer la voz de su conciencia. Y formarla bien, claro.

Tu hijo tiene experiencia –igual que tú y que yo– sobre lo que es hacer el mal y ofender a Dios. No permitas que nadie le disuada de sentirse mal consigo mismo respecto al pecado. Es la voz –que debiera ser amistosa– de su conciencia, que le reprocha algo que ha hecho mal, como te pasa a ti y a mí.

Ponle ejemplos, póntelos tú. Al aceptar en una compra más cambio del debido, has actuado mal. ¿Ha valido la pena, por unas monedas de más? O aquella mentira..., ¿por qué? O al mostrarte egoísta con aquél que te pidió ayuda...; o aquel otro que te molestó sin querer..., y te enfadaste..., ¿ha valido la pena?, ¿no estás ya arrepentido de haberlo hecho? Son ejemplos de cosas pequeñas, pero las hay más graves.

Tenemos que saber que ofendemos mucho, a los demás y a Dios. Que se acostumbre, que nos acostumbremos, a confesarnos. Es desnudar el alma ante Dios por mediación del sacerdote. Es algo que puede costar, pero después de recibir la absolución, te hallas más cerca de Dios, le has complacido. Dios te ha perdonado, te da fuerza para enfrentarte con la tentación y superarla.

A esta edad –repito– sabe perfectamente lo que es el acoso de la tentación, y lo que es vencer o sucumbir ante ella. También decíamos que no le suele costar confesarse si se le facilita hacerlo. Lo mejor es ir con él y que nos vea confesarnos a nosotros también. Sería un error insistirle en ello y que luego a nosotros nos diera pereza ir por delante con el ejemplo.

El chico mantiene así limpia su alma, y ésa es una gran defensa contra el acoso de las pasiones que quizá se desaten en el futuro. No le privemos de esa ayuda, y menos para esos momentos.



¿Por qué luego pierden la fe?

—Lo que no quiero es que con éste me pase como con el mayor... que, al principio, bien; con las primeras crisis de la adolescencia empezó a enfriarse y, ahora, a los veinte años, es agnóstico por completo.

¿Y has pensado sobre las causas de ese abandono progresivo?

—Por supuesto. Lo hemos hablado con matrimonios amigos nuestros, y no somos los únicos a quienes nos pasa. Es bastante corriente. Siempre acabamos concluyendo que esas crisis de fe de la adolescencia se deben a que no hemos acertado en algo durante los años anteriores.

¿Has pensado si el problema no será que le falta consolidar las virtudes básicas para poder vivir las exigencias de la moral cristiana?

—¿Has dicho exigencias morales... a los diez o doce años?

Acabamos de hablar de que a esas edades el chico tiene una conciencia suficientemente clara de lo que hace mal. Y la fe puede perderse por muchas causas, pero tal vez la que ejerce una influencia más fuerte sea el propio desorden moral. La fe está sostenida por la voluntad y por la gracia de Dios. Si falla la moral se pierde la gracia de Dios, la voluntad se orienta al mal y la fe acaba por resentirse. Por eso la fe acaba en cierta manera por estar condicionada por las disposiciones morales.

Por eso no basta con que conozca a fondo la fe, sino que ha de consolidar las virtudes personales, porque, de lo contrario, aprende la teoría pero no tiene luego resortes ni fuerza para llevarla a la práctica, y entonces acaba por rechazar la teoría. Como dice el refrán:

Si no vive como piensa,
acabará pensando como vive.

Es importante, porque a veces su futuro problema de fe no será problema propiamente de fe, sino, a lo mejor, de:

  • pereza;

  • tal vez, de un arraigado egoísmo de fondo;

  • o de una inconstancia grande que no se esfuerza por vencer;

  • o de frecuentes manifestaciones de envidia, o de soberbia;

  • o quizá de una consentida y habitual falta de responsabilidad.


  • Cuando un chico que ha recibido una buena formación doctrinal pierde la fe y no se encuentran razones directas claras, habría que examinar si esa fe estaba fundamentada en virtudes humanas firmes: generosidad, fortaleza, sinceridad, lealtad, templanza, orden, laboriosidad, constancia, etc.



    Un testimonio de vida. Ejemplos de cómo dar ejemplo

    En todas las familias cristianas se sabe, por experiencia, qué buenos resultados da la coherencia de una iniciación a la fe en el calor del hogar. El niño aprende así a colocar a Dios en la línea de los primeros y más fundamentales afectos. Aprende a rezar, siguiendo el ejemplo de sus padres, que logran así transmitir a su hijo una fe profunda, que prende con facilidad en él cuando la contempla hecha vida sincera en sus padres.

    La educación de la fe
    no es mera enseñanza,
    sino transmisión de
    un mensaje de vida.

    Los niños tienen necesidad de aprender y de ver que sus padres se aman, que respetan a Dios, que saben explicar las primeras verdades de la fe, que saben exponer el contenido de la fe cristiana en la perseverancia de una vida de todos los días construida según el Evangelio.

    Ese testimonio es fundamental. La Palabra de Dios es eficaz en sí misma, pero adquiere una fuerza mucho mayor cuando se encarna en la persona que la anuncia. Esto vale de manera particular para los niños, que apenas distinguen entre la verdad anunciada y la vida de quien la anuncia. Como ha escrito Juan Pablo II, “para el niño apenas hay distinción entre la madre que reza y la oración; más aún, la oración tiene valor especial porque reza la madre."

    Lo primero es demostrar, con nuestro modo de hablar de lo sobrenatural, que la fe es fuente de alegría, de dicha y de entusiasmo.

    Sería muy negativo tener
    un aire hastiado y desagradable
    cuando se habla de Dios.

    Nuestra actitud al recitar unas oraciones, nuestro modo de hacer la señal de la cruz, el respeto y recogimiento con que nos acercamos a comulgar, son detalles que, sin darnos cuenta, tienen más influencia sobre los hijos que los más encendidos discursos.

    Estás educando su vida de fe
    siempre,
    no sólo cuando le hablas de ello.

    Educar en la fe no es dar sabias lecciones teóricas. No son clases magistrales. Mejor, es como una clase práctica que empieza cuando tu hijo aún no sabe casi andar, y que no termina nunca.

    —Vas a conseguir agobiarme con esto de dar ejemplo. ¿Por qué no concretas en ejemplos de cómo dar ejemplo?

    Está bien, pero luego no te quejes si te sientes aludido.

    Por ejemplo, si tu hijo viera que sueles ir a lo tuyo, le será difícil incorporar ideas tan relacionadas con las exigencias de la fe como son la preocupación por los demás, el sacrificio y la renuncia en favor de otros, la misericordia o el sentido de la generosidad.

    O si resulta que con frecuencia no cumples lo que prometes, o te ve recurrir –siempre acaba dándose cuenta– a la mentira o la media verdad para salir al paso de algún problema, no pretendas luego que entienda tus encendidos discursos sobre las excelencias de la sinceridad, de la veracidad, o de dar la cara como un hombre.

    El chico tiene que ver que te preocupa realmente el dolor ajeno, que muestras con tu vida lo connatural que debe resultar al hombre vivir volcado hacia los demás, que le explicas la fealdad de la simulación y de la mentira, o cualquiera de las otras ideas cristianas que quieras transmitirle.

    Hay todo un estilo cristiano de ver las cosas y de interpretar los acontecimientos de la vida, y ha de respirarlo en casa. Lo captará, por ejemplo, viendo el modo en que aceptas una contrariedad. O al advertir cómo reaccionas ante un vecino cargante o inoportuno. O viendo cómo papá cede en sus preferencias, o mamá sigue trabajando aunque esté cansada.

    Y el chico se irá empapando de ideas de fondo que tejerán todo un vigoroso entramado de virtudes cristianas. Aprenderá a respetar la verdad, a mantener la palabra dada, a no encerrarse en su egoísmo, a ser sensible a la injusticia o al dolor ajeno, a templar su carácter, etc.

    Siempre surgen multitud de ocasiones de hacer una consideración sobrenatural sencilla, sin excesiva afectación ni excesiva frecuencia.

    Se trata de que el niño vea
    cómo la fe se traduce
    en obras concretas
    y que no son
    formalidades exteriores
    vacías e inconexas.

    En la casa se ha de hablar de Dios, y de nuestro deseo de agradarle, y de evitar las ocasiones de ofenderle, y del premio que recibiremos en esta vida y en la eterna. Y todo ello con toda naturalidad, sin afectación y sin simplezas. Cuando algunos pedagogos ingenuos de la religión presentan la fe como una sociología tonta e insípida, separada de la realidad de la vida, lo que logran es dejar vacío el corazón de los chicos y privarles de toda esa fuerza y esa guía moral tan necesaria en el camino de su vida.

    Una fe profunda y bien arraigada será siempre un recio soporte para toda persona en momentos de crisis. Algo que vendrá a ser en su interior como el giróscopo para un barco en medio de un mar embravecido. Algo que a lo largo de su vida le permitirá mantenerse firme aún en los instantes de mayor dolor o amargura.



    Hacerle discurrir

    El chico debe captar desde muy pequeño lo razonable de la fe. Habrá advertido hace ya tiempo que existe una fe natural, y observará que la empleamos todos los hombres todos los días muchas veces. La mayoría de las cosas que hacemos vienen marcadas por nuestra aceptación de un testigo, aceptación que es un acto de la voluntad. Se le puede explicar de modo sencillo con algunos ejemplos.

    —Oye, pero..., ¿no querrás que a los doce años le empiece a explicar cosas así?

    No hace falta que sea algo muy formal. Pero siempre hay ocasiones en las que tratar con naturalidad temas mínimamente trascendentes.

    Todo el mundo cree en multitud de cosas que no se ven ni se sienten. No se ven las ondas de radio, ni los virus, ni la energía, ni la radioactividad, ni muchas otras cosas. Pero todo el mundo habla de ellas y tiene certeza de que existen, porque cree a quienes se lo cuentan y en la explicación que dan a sus supuestos efectos. Los sentidos no agotan el conocimiento. Existen cosas que ni se ven ni se sienten. Hay más modos de conocer.

    Debes enseñarle a pensar con rigor. Por ejemplo, para que no caiga en ese extendido complejo que podríamos llamar idolatración de la ciencia experimental, que constituye un auténtico culto hacia aquello que proviene de la órbita de lo empírico y lleva a la ingenua creencia de que el único modo de conseguir cualquier certeza es el laboratorio.

    Debe saber que no hay incompatibilidad alguna entre ciencia y fe, y que la fe nada tiene que temer de los métodos verdaderamente científicos.

    La ciencia es una gran cosa, y lo natural es estar muy abiertos al progreso de la técnica y a los avances en todas las especialidades humanas, pero sin dejarse impresionar por ese dogmatismo con el que algunos científicos –que quizá no merezcan tal nombre– pretenden imponer sus hipótesis descalificando sin rigor alguno cualquier creencia que no coincida con lo que ellos dicen. Parece como si fueran los únicos mayores de edad y capaces de comprender las realidades de la vida, y además parecen empeñados en sacarnos de las tinieblas de la ignorancia, y en que nos sacudamos esos mitos religiosos y esas creencias anacrónicas...

    —Oye, pero a los diez o doce años yo creo que ni se plantean cosas así. Casi sólo piensan en jugar. Este peligro que dices será más bien para edades posteriores.

    Creo que los niños empiezan a pensar antes de lo que parece y más de lo que parece. Aunque den la impresión de que no hacen más que jugar, reflexionan bastante. A lo mejor a raíz de algún comentario de otro chico, de un profesor, o de un programa de televisión...

    —Ahora que lo dices, recuerdo una ocasión en que mi hijo, con once años, vio un programa sobre el origen del universo y de la vida humana. Entrevistaron a diversos científicos que expusieron sus teorías y finalmente acabaron por decir que la Biblia era un cuento de niños, que la Iglesia decía muchas cosas absurdas...

    Sí, los tópicos de siempre.

    —Para el chico supuso una impresión fuerte. Me preguntó si es que lo del Evangelio era como lo de que los Reyes Magos son los padres, o como aquello de la cigüeña...

    Otra vez la cigüeña... ¿ves como son un desastre las historietas de ese estilo?

    —Pues estoy seguro de que si el chico no llega a preguntar, y no hubiera sabido yo un poco del tema y le aclaro unas cuantas ideas, ese programa habría supuesto bastante daño para su fe.

    Es curioso comprobar lo convincente que resulta para tanta gente ver en una entrevista en televisión a un personaje extranjero, con aspecto de sabio científico, una bata, un laboratorio de fondo y un doblaje de las respuestas. Parece ya que todo lo que dice es dogma de fe y que por ser un científico nadie puede llevarle la contraria. Dirá que está científicamente comprobado, y todos a callar.

    La manida frase de que "es un hecho científicamente demostrado que..." se ha convertido en la entradilla mágica para imponer opiniones muy discutibles y muy poco científicas. Es como una especie de catecismo laico al que acuden tantos, casi sin darse cuenta, repitiendo sumisamente –con su actitud– que "el científico es una autoridad que todo lo sabe y que no puede engañarse ni engañarnos".

    —Y lo que se comprueba es que cada pocos años cae una teoría y viene otra, o resulta que una es un caso particular desenfocado de otra más general, o se encuentran multitud de contraejemplos.

    Por supuesto. Por eso los científicos sensatos nunca dan categoría de dogma a sus hipótesis.

    Si los padres están atentos y tienen un mínimo de formación básica, conseguirán que la fe que con tanto esfuerzo están intentando transmitir a su hijo no se pierda luego tontamente ante ese tipo de cosas. Hay que advertir que, siendo el chico tan pequeño, no tiene un sentido crítico suficientemente desarrollado, y carece de criterio para discernir entre un buen documental científico de divulgación y un panfleto tendencioso.



    La realidad de la muerte. Un caso difícil

    En el capítulo anterior se trató con detenimiento el modo de desvelar al chico los secretos de la vida. Otra oportunidad de hacerle discurrir aparece con los de la muerte.

    —¿Y no crees que es un poco de mal gusto eso de hablarle de la muerte?

    No creas, porque las preguntas sobre la muerte surgen bastante temprano en el niño. La realidad de la muerte es imposible de ocultar a su observación. Es algo que le inquieta y le plantea grandes interrogantes. Y que le lleva a Dios. Enseguida piensa que si no hubiera nada después, sería algo cruel e injusto.

    No se puede contestar eludiendo el tema, o diciendo que no se sabe bien, o callando, esperando no se sabe a qué.

    Si no se tiene fe,
    es difícil hablar de la muerte
    a los niños,
    pero teniéndola es fácil.

    Recuerdo una anécdota que sucedió una lluviosa tarde de febrero en la que un padre vino a verme al colegio muy preocupado. Su hijo de once años se había criado en íntima amistad con un vecino suyo de la misma edad a quien acababan de diagnosticar una enfermedad rápida e incurable. Le quedaban tan sólo unas semanas de vida.

    La familia mantenía celosa ante el chico el secreto de la cercana muerte de su amigo. Pero los días pasaban y el problema se hacía cada vez más acuciante. ¿Qué hacer? ¿Hasta cuándo se podía seguir así? "Hablarle de eso es demasiado duro –me decía– para esa edad". El muchacho notaba ya algo raro, y preguntaba qué pasaba, pero no obtenía respuesta.

    Para quienes no tienen fe, es realmente una respuesta difícil. Para quienes la tenemos, no lo es tanto. Es una despedida, a un tiempo dolorosa y alegre. Un cambio de casa, de ésta de la tierra a la del cielo. Una realidad que está permanentemente presente en la educación de la fe, y que no tiene sentido silenciar.

    A todos nos duele despedirnos de un ser querido por mucho tiempo, hasta que nos reunamos con él a nuestra muerte. Pero si la fe es firme, no habrá tanto miedo a la muerte. Y cuando la muerte llame a la puerta, a la nuestra o a la de alguien cercano, la recibiremos con paz si tenemos la conciencia limpia, pues pensar en la muerte obliga a pensar en cómo llevamos la vida. Si en el chico ha arraigado una fe sólida, comprenderá y aceptará esa realidad, como la han comprendido y aceptado todos los auténticamente cristianos a lo largo de los siglos.

    Le animé a que afrontara esa conversación, pero se resistía a hacerlo. "Es algo –se lamentaba– para lo que había que haberle preparado con mucho más tiempo. Le va a suponer un golpe muy fuerte. No sabes lo amigos que son. No pueden hacer nada el uno sin el otro. No sé cómo Dios permite esto...".

    "Es una realidad –le dije– que debes afrontar. Tú primero, y él después. No pretendas dar lecciones a Dios sobre cómo debe organizar el mundo, que sabe más que tú y que yo. No tiene por qué haber problemas. Háblale de que pronto estará en el cielo."

    No veía claro lo de hablar del cielo y el infierno a los chicos. "Eso es algo muy duro y que no termino de entender", decía.

    Estaba claro que el problema estaba en el padre. Se llamaba a sí mismo cristiano, pero todo lo quería interpretar de forma blanda y acomodada. Era de los que quería ser bueno y no hacer mal a nadie, pero sin poner esfuerzo, sin exigencia personal, sin pecado, sin infierno y sin principios morales objetivos. La muerte –para él– era algo que prefería ignorar poniéndola entre paréntesis. Y los resultados familiares eran tan lacios y desmadejados como sus ideas.

    La existencia del pecado y del perdón, de un Dios remunerador, que premia a los buenos y castiga a los malos, es algo que entienden los niños perfectamente. Lo que les inquietaría es pensar que las injusticias se mantienen a perpetuidad, por la falta de un ser superior que gobernara sapientísimamente el mundo. O que después de la muerte no hay más que un vacío, lleno... de nada.

    Tendrá miedo a la muerte quien espere su llegada con las manos vacías, después de una vida igualmente vacía. No tengas miedo a hablar de que hay otra vida después de ésta, y de cómo hemos de estar preparados para recibir la muerte sin dramatismos.



    No ser pesados. Práctica de la fe en la familia

    No es necesario que les habléis constantemente de Dios. Si hay fe, los hijos irán creciendo en ese ambiente y comprenderán bien las realidades sobrenaturales. Y eso es lo importante: que el hogar esté vivo y que los padres hablen de Dios a los chicos con su propia vida.

    La instrucción religiosa ha de correr por caminos positivos. No quieras resolver los pequeños problemas domésticos diciendo al chico: "te va a castigar Dios", o "te irás al infierno", o "eso que has hecho es un pecado gravísimo", porque por esas trastadas infantiles no se va la gente al infierno. Ya dijimos que había que hablarles del pecado, pero sin atosigarles con la falsa y tonta idea de que todo es pecado.

    Tampoco se puede poner el demonio a la altura de las brujas, duendes o fantasmas. El infierno es una realidad seria que, sin dramatismos tontos, los chicos deben conocer.

    Igual sucede con el cielo, que a veces los chicos –cuando no se explica bien– pueden asimilar a algo estático y aburrido. Algunos padres identifican la bondad con la quietud, y ese "estate quieto, sé bueno" aburre soberanamente a sus hijos, que, afortunadamente, están llenos de vitalidad. El "estate quieto, sé bueno", me contaban en una ocasión, cansaba tanto a aquel muchacho, que terminó por preguntar: "Mamá, ¿y en el cielo..., también tendremos que ser buenos?”.

    Debemos hablarles de Dios
    de modo agradable,
    no reiterativo y tedioso.

    No se puede usar de Dios según nuestro mezquino interés. No se puede invocar el nombre de Dios para que el niño se tome la sopa o para que baje a hacernos un recado. La realidad de Dios es algo que conviene hacerle descubrir y querer, no un instrumento con el que golpearle en la cabeza a nuestro antojo. Actuar así llevaría a deformar su conciencia y sembrar de sal el fértil campo de su fe infantil.

    No se trata de atosigarle con lecciones profundas e incesantes. La mente del niño se ha comparado al cuello de una botella. Si se intenta meter gran cantidad de líquido en poco tiempo, se desborda y se derrama. En cambio, gota a gota, despacio, pero con constancia, pronto se llena de sabiduría.

    —¿Y qué prácticas cristianas puede hacer a esta edad?

    No es fácil dar normas fijas. Puedo darte algunas ideas con la exclusiva finalidad de sugerirte algo de lo muy diverso que se puede hacer. Es bueno que las devociones sean pocas, pero serias y constantes:

  • esas tres Avemarías de rodillas junto a la cama, antes de acostarse;

  • aquella otra oración de ofrecimiento del día a Dios, cuando se levanta;

  • bendecir la mesa;

  • ir juntos –y elegantes– a Misa, y rezar algunas oraciones de acción de gracias después;

  • quizá rezar el Rosario en familia, y si son demasiado pequeños sólo un misterio, y en las fiestas de la Virgen algo más;

  • o retomar aquellas viejas devociones del mes de Mayo, la novena a la Inmaculada, el escapulario del Carmen...: no muchas, pero bien vividas.


  • Las familias cristianas no deben olvidar que los padres son los primeros educadores en la fe y que, por tanto, es necesaria una catequesis familiar en la que, con una periodicidad establecida –semanal, por ejemplo–, los padres vayan cumpliendo con esa obligación, que no deben abandonar en manos únicamente del colegio o la parroquia.



    Cuando el problema está en los padres

    Algunos padres, cuando en los libros o charlas de orientación familiar oyen hablar de Dios, o les hacen alguna consideración sobrenatural, cambian de sintonía y desconectan por completo. Reaccionan como si dijeran: "Vamos a ser prácticos, por favor. No me vengas ahora con sermones como si yo fuera un infeliz en busca de resignación. Quiero soluciones."

    Quizá no comprenden lo que es el alma. Que el hombre no es un simple animal extraordinariamente desarrollado en el que educar es simplemente encauzar unos instintos. Que tiene un alma espiritual e inmortal que el educador no puede ni debe ignorar.

    Hay que saber cómo actúa el alma. A lo mejor esas personas entienden muchísimo sobre cómo funciona el cuerpo, y qué conviene a su salud, y cómo prevenir o curar una enfermedad, o lo que sea, pero no saben una palabra sobre la salud de su alma, siendo como son sus enfermedades mucho más dolorosas.

    No olvides que la raíz
    de muchos problemas
    está en el alma.

    La raíz de muchos de los problemas de tu hijo está en su alma. La raíz de muchos de tus problemas está en tu alma. Muchas veces, cuando la gente nota un vacío grande, y se pregunta qué le falta a su vida, lo que le falta es la rectitud de la fe, el acatamiento de Dios. Ese reconocimiento es lo que hace que la vida esté construida en sabiduría y libertad.

    “No veo a Dios por ninguna parte”, dicen. O “mi fe se muere”, o “mi fe ha muerto...”. Y quizá su fe sigue latente, ahogada por costumbres insanas o claudicaciones inconfesables.

    "El moderno experimento de vivir sin religión ha fracasado", decía Schumacher. Y las estadísticas –puede comprobarse en los sondeos Gallup de las dos últimas décadas– confirman esa afirmación, pues tanto el ateísmo como el agnosticismo están en franca recesión en el mundo occidental, en contra de lo que a veces el ambiente social parece querer mostrar.

    La fe es algo personalísimo de lo que no se puede prescindir, y en ella actúa la iniciativa de Dios. Y aunque la iniciativa sea de Dios, nuestra respuesta es decisiva. Y a veces, el griterío de nuestro mundo interior hace imposible oír esa voz, o nuestra falta de fortaleza y de generosidad hace que no queramos o no podamos responder. Son tinieblas muchas veces voluntarias, a las que quizá no se quiere poner remedio porque nuestra conducta interesada ahoga la voz de Dios.

    El problema de fe proviene otras veces del desequilibrio en la formación. No es difícil encontrarse cristianos que son brillantes en su profesión, incluso cultos, muy leídos y muy viajados, con grandes experiencias quizá, pero absolutamente ignorantes en lo referente a su fe. Hombres o mujeres que abandonaron el estudio de los fundamentos de sus creencias con el final de sus estudios primarios o con las primeras crisis de la adolescencia, y que conservan una imagen de la teología que bien podría servir para un cuento de hadas, cuando la teología es sin duda la ciencia sobre la que más se ha hablado, escrito, investigado y debatido a lo largo de los siglos. Les falta estudio de su propia fe, que es equilibrio en su formación.

    Esa ignorancia es un formidable enemigo de la fe, puesto que la fe en cualquier cosa exige siempre un suficiente conocimiento previo. Y esa fe débil bien puede tener su causa en haber recibido una formación religiosa poco afortunada o impartida por personas que no han sabido mostrar su grandeza.

    Por eso hemos de ser consecuentes y dedicar el tiempo que sea preciso para tener un conocimiento de nuestra fe adecuado a nuestro nivel cultural e intelectual. De esta forma, la experiencia de tantos siglos en la vida de tantas personas nos ayudará a vivir esas exigencias y a superar las dificultades que se nos presenten, que quizá no sean tan nuevas.

    —Sin embargo, hay muchos que creen poco, o que no practican, pero sí quieren que sus hijos reciban una buena formación cristiana.

    El valor de la formación moral cristiana es algo bastante reconocido, afortunadamente. Y esa preocupación de esos padres es indudablemente loable y positiva, pero

    Los padres que quieren
    que sus hijos crean,
    pero ellos mismos no practican,
    suelen fracasar.

    Si no tienen la fe como parte esencial de su vida, o si luego desmienten sus palabras con los hechos, es difícil que las cosas salgan bien.

    Sin embargo, para muchos padres ha sido precisamente la preocupación por educar correctamente a sus hijos y darles un buen ejemplo, lo que les ha llevado por un camino de mayor cercanía a Dios y más profundo conocimiento de la fe, que ha venido a facilitar su propia coherencia y, en cierta manera, su conversión.

    Educación sexual

    El amor sólo se da

    entre personas virtuosas

    Aristóteles
    ¿Cómo se logra la naturalidad?

    La educación sexual es algo que debe darse fundamentalmente en casa, que compete en primer lugar a los padres. Una tarea de la que no debes desentenderte. No digas que es cosa de ella; ni tú, que de él.

    —Pero yo no sé explicarme bien. Es un tema muy delicado y será mejor dejarlo en manos de alguien experto...

    No importa que no seas un gran orador ni un gran experto. Eres su padre, o su madre, y eso es lo importante, porque a los padres corresponde abordar estos temas y dar una respuesta oportuna y clara a las cuestiones que el chico plantee.

    Además, no es tan difícil. En este libro aprenderás un poco, pero hay muchas más formas de aprender. Te saldrá mejor de lo que imaginas. Será fácil si has sabido ganarte la amistad de tu hijo.

    —Es que, mira, precisamente ése es uno de los problemas...

    Pues ésta es una forma de empezar a resolverlo, porque hablándole de cosas serias, que le interesan, aumentará tu confianza con él. Puede ser un paso importante en ese afianzamiento de vuestra amistad.

    —Pues yo creo que cuando hable con mi hijo de estas cosas le va dar bastante apuro expresarse con naturalidad...

    A lo mejor tienes tú más apuro que él, y quizá seas tú quien se encuentre un poco incómodo si no tienes costumbre de hablar de estos temas con naturalidad. Los niños muestran curiosidad desde pequeños por las cosas relacionadas con el origen de la vida, y hacen preguntas en ese sentido. Son los mayores quienes proyectan lo turbio de su propia sexualidad en la pregunta del niño, en la que normalmente no hay sino curiosidad sencilla, pasmo, sorpresa o, como mucho, una ligera picardía.

    Si los mayores no obran con naturalidad, el chico caza al vuelo que en su pregunta hay algo raro, que no se le contesta de la misma manera que otras veces, e incluso a veces no se le contesta. Entonces la curiosidad aumenta, y como sabe que en sus padres no va a encontrar respuesta adecuada, pregunta por otro sitio. Y le llega el descubrimiento a través de otras personas que, casi siempre, lo hacen de forma maliciosa, o ruda, causándole una impresión que será difícil borrar y que, en muchos casos, puede influir negativamente en su vida afectiva y moral.

    Hay que saber ponerse a su nivel, contestar a todas sus preguntas, y facilitarle que hable con confianza. A esta edad está muy receptivo ante estas cosas, y muy interesado. No rehuirá –al contrario– una conversación orientadora al respecto.

    La táctica del silencio
    en estos temas
    es siempre deplorable.

    Te recomiendo también que, como es algo tan vinculado al mundo afectivo de cada persona, lo trates de modo individual. Y cuando hay que entrar en más detalle, nadie mejor que papá para explicar todo al chico, con palabras que entienda, y mamá a la chica. De modo personal, a la edad adecuada y con naturalidad.

    —¿Y cuándo?

    Aprovecha las ocasiones más favorables.

    Y las ocasiones más favorables
    de ordinario se presentan
    cuando el niño hace preguntas
    sobre estos temas.

    A lo largo de este capítulo irán saliendo ejemplos. Si tienes dudas, trata el tema con el preceptor o tutor del chico, o con otra persona sensata y de buen criterio que le conozca. Si esa persona tiene ascendiente sobre él, te podrá ayudar a completar esa conversación...; pero sólo completar, no quieras desentenderte de esa responsabilidad como padre o como madre.



    No seas ingenuo: es mayor de lo que parece

    Es curioso observar con qué facilidad algunos padres olvidan los problemas sexuales de su propia infancia y ven a sus hijos como almas cándidas e inocentes, libres de todo peligro o tropiezo. Son quizá poco conscientes del desarrollo sexual de sus hijos y de cómo han cambiado las cosas en las últimas décadas.

    Se ha pasado en poco tiempo de una época en la que se daba poca o ninguna información sexual, al extremo contrario, en el que es raro encontrar un chico de diez o doce años que no haya contemplado numerosas escenas eróticas fuertes que sin duda le habrán impresionado y abierto muchos interrogantes.

    Por eso es importante llegar a tiempo y adelantarse a las explicaciones poco recomendables que pueda recabar por otros sitios. Ya hemos dicho que si el chico no obtiene de forma natural, en casa y por boca de sus padres, lo que su curiosidad infantil le plantea, pronto lo comentará con algún compañero algo enteradillo, o acudirá a fuentes de aún mayor riesgo.

    —El problema es que a mí no me pregunta. Alguna vez preguntó a su madre, pero no ha vuelto a sacar el tema... Debe ser muy tímido.

    No estés tan seguro. Adelántate.

    —¿Cómo?

    Busca la ocasión oportuna. Siempre hace preguntas que pueden dar lugar a entrar en materia, salvo que le retraigas de hacerlas por culpa de la parquedad de tus respuestas o por el aire de misterio que pones.

    —¿Y si no encuentro ninguna oportunidad...?

    Entonces se puede crear la oportunidad. Ojo, no vaya a resultar que el tímido seas tú. Sal con él a la calle, invítale a tomar un helado, y dile que como ya es mayor vais a hablar de cosas serias. Y le explicas todo bien, y le haces preguntar. Si le ves un poco retraído, pregúntale si le da vergüenza hablar de eso; seguro que te dice que no, y se lanzará. Es importante que pregunte, porque te puedes pasar una hora soltando un discurso y el chico no enterarse de nada.

    —Tampoco soy tan inútil...

    No me refiero a eso. El problema es que puedes emplear palabras que el chico no entienda. Empieza por traducirle el argot a términos más correctos, y todo irá mejor. Háblale con precisión, sin evadirte y sin faltar a la verdad.

    —Bueno, a lo mejor las preguntas me resultan un poco comprometidas..., y no sé bien cómo explicarme. No tengo mucha práctica.

    Si te atrancas, puedes emplazarle para una conversación posterior, que luego no debe diferirse.

    —¿Y si pregunta algo que corresponde a una edad mayor?

    No sucede. El niño a cada edad siente curiosidad y se plantea preguntas precisamente sobre los temas que es necesario aclararle, no más.

    El hecho de que
    se plantee una cuestión
    es señal de que está
    ya en edad de contestarle.

    Y eso aunque quizá en algún caso no sea necesario excesivo rigor o profundidad en la explicación. Si son pequeños, no hace falta explicarlo todo, pero sí importa ajustarse siempre a la verdad. Y desde luego, en ningún caso se debe mentir.

    —¿Y hasta qué detalle hay que descender?

    Háblale con adecuación a su edad, a su capacidad de asimilación y al ambiente en que vive. Debemos orientar su curiosidad y enseñarle a relacionar los hechos y a sacar consecuencias para su comportamiento.

    Es cuestión de
    graduar la profundización
    en las explicaciones,
    que aunque deben ser prudentes,
    han de dejarle satisfecho.

    —¿Y con qué palabras? Se me hace un poco violento...

    Precisamente ese amor a la verdad del que hablábamos lleva a muchos a procurar emplear desde el principio con él las palabras que se emplean en anatomía y fisiología para determinar los miembros y actos relacionados con el sexo. Al ser la información progresiva, puede ser positivo que se dé cuenta que desde el principio ha sabido bien las cosas. Cuando lea u oiga hablar de estas cuestiones, le alegrará comprobar que no le han ocultado nada y que ya lo sabía todo, incluso con las mismas palabras. Esto contribuye a evitar curiosidades tontas y a resolver sus dudas en casa.



    El síndrome del manual de instrucciones

    Hablábamos de informarle con verdad, a fondo, incluso con los términos más exactos que sea posible. Pero no es cuestión sólo de explicarle todo de modo aséptico, como si fuera una información técnica, haciendo las veces de una enciclopedia.

    Tan grave es el angelismo de las explicaciones irreales e ingenuas, como el error opuesto, que se limita a un biologismo puramente técnico, como quien hablara de la síntesis de la glucosa en el hígado o de la circulación de la sangre. Es evidente que son temas que requieren un tratamiento distinto.

    No podemos reducir la formación afectiva y sexual del chico a una instrucción sobre el comportamiento fisiológico de los órganos sexuales, como si se tratara de una simple información biológica sobre el aparato sexual masculino y femenino y de su funcionamiento, y de cómo se origina el ser humano, o cómo nace.

    Para eso hace falta poco ingenio. Hay que hacerlo, desde luego, pero quedarse en eso sería olvidarse de la trascendencia de su maduración afectiva, por la que llegará a ser dueño de sí y aprenderá a comportarse correctamente en sus relaciones con los demás. Lo que requiere arte y tiempo es formar correctamente, no simplemente informar.

    —Pero será bueno que reciba una información científica, neutra...

    Depende que cómo se le dé. Para empezar, no está claro que exista un enfoque "neutral". Luego, cabría considerar si esa supuesta neutralidad es positiva, porque sería como reducir la educación a leerle un manual de instrucciones.

    Vender a la juventud
    la idea de la sexualidad
    desligada de
    la educación en el amor,
    es un engaño.

    —De acuerdo, pero también es que antes había mucho tabú...

    Es verdad, pero sería una pena pasar del error del tabú de la época victoriana al extremo opuesto, porque es difícil saber qué saldría peor. No hay que olvidar que precisamente en los ambientes de mayor desinhibición sexual es donde aparecen más trastornos o desequilibrios psíquicos y afectivos.

    A esos desequilibrios contribuyen algunos textos escolares o libros divulgativos de información sexual que, al presentar cruda y torcidamente la realidad, producen en el chico fuertes impresiones y curiosidades, para las que no está preparado y que fácilmente le conducen a costumbres negativas para su educación sexual. Por ejemplo, uno de los textos escolares más difundidos a estas edades, facilita a los jóvenes lectores todo género de detalles y recomendaciones sobre las prácticas sodomíticas, defendiendo que "no son de ordinario permanentes ni dañinas". Y los chicos se ven obligados a estudiar y memorizar estos textos, y son evaluadas sus respuestas en los exámenes.

    —Bueno, pero en el colegio al que va mi hijo no existen esos textos. Yo no tengo esa preocupación.

    Sí, pero eso no quita que debas preocuparte de su educación sexual, porque probablemente reciba muchas otras influencias. Pueden llegarle a través de la televisión, de las revistas que tienes en casa o que le enseñan sus amigos, o de muchos otros sitios.

    Son imágenes y fantasías sexuales que le llegan con frecuencia y que acaban por hacer sentir su peso. A partir de ellas, el chico elabora su patrón de comportamiento sexual, tomando como modelo esas imágenes que ha visto en las películas o cintas de vídeo, en internet, en una revista pornográfica, o a través de lo que recuerda de los personajes de un libro o cómic que ha leído.

    Hay que proteger un poco al chico del asedio de la pornografía, porque, como veremos, tiene una relación bastante directa con el comportamiento sexual.



    Qué debía haberte preguntado ya. Un breve repaso

    Repasemos rápidamente las preguntas sobre el sexo y el origen de la vida que suele hacer un niño desde sus primeros años hasta la edad que estamos tratando. Empezamos por el principio por si acaso has cometido el error de apenas hablar de estas cosas con él.

    A los tres o cuatro años el niño ya ha comenzado a reparar en la diferencia de sexo y ha nacido ya en él el sentido del pudor. Se le debe responder sobre estos temas con naturalidad, como al resto de las cien preguntas que puede hacer en un día. Deben ser respuestas que no infundan recelo ni especial misterio sobre el sexo, aunque sí ese cierto pudor natural que deben adquirir.

    Quizá entonces preguntó ya por qué engordaba tanto mamá, o esa vecina, o aquella amiga de la familia. Y al tiempo, pidió explicaciones sobre cómo nacía el hermanito, o su primito, o él mismo. Sería un error empezar a hablar de cigüeñas, de que vienen de París o de simplezas por el estilo, que son cobardes estrategias para escapar de las dificultades que lleva consigo la educación sexual. La naturaleza humana aspira a la verdad y el niño, por pequeño que sea, tiene derecho a ella.

    —Hasta que un día pregunta que por donde sale el hermanito...

    Puede hacer esa pregunta en el momento más insospechado. Quizá a los cinco o seis años, o antes. Se le puede decir que nace por el mismo sitio por el que el padre sembró su semilla, el semen, para que naciera el hermanito. No suele llamarle excesivamente la atención. De hecho, muchas veces lo olvida y vuelve a preguntarlo al cabo de un tiempo.

    Los más despiertos o preguntones empiezan a plantearse cómo se engendra materialmente el hijo, incluso a los seis o siete años. Es más normal que sea hacia los ocho o nueve. ¿De dónde saca papá esa famosa semilla? ¿Cuántas hacen falta para tener un hijo..., o basta con una para toda la vida...? Quizá piensan –por las películas– que es algo que tiene que ver con los besuqueos.

    —¿Y si, a pesar de todo, no preguntara nada?

    Entonces tendrás que comenzar tú, porque, aunque no pregunte, sigue siendo necesario llegar a tiempo. Márcate una fecha tope. Como muy tarde, antes de los diez años.



    Preguntas propias de la edad. ¿No será ya tarde?

    Un día puede llegar diciendo: "Oye, papá, ¿qué es un homosexual?". Y otro día, quizá a raíz de una noticia de la televisión, la pregunta puede ser: “Mamá, ¿qué es una violación?”, o “¿qué es un maníaco sexual?”, o “¿qué es la prostitución?”.

    No conviene eludir esas preguntas, ni dar respuestas evasivas, ni demasiado simples. Son ocasiones excelentes para iniciar una conversación clarificadora, que puede continuarse más adelante, si el momento en que lo plantea no permite entrar en más profundidades.

    —Y sobre eso que salía antes de los maníacos, ¿crees que conviene alertar al chico, o es mejor no meterle miedo?

    Depende de cómo sea su carácter y de los posibles riesgos que haya. Habrá que buscar un equilibrio. Puedes decirle que hay hombres pervertidos o enfermos que a veces intentan seducir a los niños, y que es algo antinatural, y que está castigado por las leyes civiles. No está de más prevenirle –de modo realista más que dramático– del peligro de que un desconocido intente encariñarse con él a base de promesas o regalos, o le invite al cine o a cualquier otra cosa. Debe estar advertido de que es mejor no escucharle y alejarse rápidamente.

    Otro día puede venir diciendo, por ejemplo, que por qué no pueden casarse dos hombres, o dos mujeres.

    —Sí que lo ha preguntado, pero hace ya tiempo.

    Es una pregunta que parece ingenua, pero que puede hacer porque, aunque ya se le haya explicado de dónde vienen los hijos, quizá no lo entendió bien, o lo ha olvidado.

    Habrá que recordarle cómo la mujer guarda en su vientre durante nueve meses al futuro hijo, en una bolsa llamada matriz, y que va creciendo hasta nacer. Si no hay madre, no puede haber hijos. Y sin el semen del padre, tampoco. Tiene que haber un hombre y una mujer. Con una aclaración sencilla se desvanecerán sus dudas, pues suele tener en su cabeza una imagen muy natural de la familia.

    —Una vez, con diez años, después de una película en la que una chica soltera estaba embarazada, no lo entendía bien y me preguntó qué era eso de una madre soltera. "¿Cómo va a tener un hijo sin tener padre?", decía.

    Sí. Hay un momento en que hace el descubrimiento que se puede tener un hijo fuera del matrimonio. Puede que hasta entonces no se lo hubiera planteado o –sin saber por qué– no le pareciera posible.

    Es una buena ocasión para aclararle bien todo, y quizá para hablarle de lo que debe ser una familia, del sentido de la fidelidad entre los esposos, del derecho de los hijos a nacer en una familia normal y unida, etc.

    También cabe darle, además, una explicación más profunda y explicarle cómo lo natural –querido por Dios y válido para todos los seres humanos– es que los hijos nazcan siempre dentro del matrimonio y que éste sea monógamo, y cómo el sexo es algo noble y bueno cuyo uso debe reservarse para traer hijos al mundo dentro de una familia legítimamente constituida.

    —Otra vez me preguntó qué diferencia había entre un padre verdadero y un padre adoptivo. Eso también es difícil de explicar sin entrar en materia.

    Es que hay que entrar en materia. No quedará satisfecho si no le explicas en qué consiste realmente la diferencia entre un padre y otro, y que el padre verdadero es el que aporta el semen para el nacimiento del hijo. Puedes, según las circunstancias, explicarlo más o menos a fondo, hablándole de cómo se realiza la unión entre óvulo y espermatozoide. Hazlo con tus palabras, aunque te parezca que no sabes explicarte. Te saldrá bien.

    —Sí, pero en esta explicación, tarde o temprano surge la pregunta de: "Oye, papá, no entiendo eso del semen. ¿De dónde se saca?" Como ves, son preguntas que no se pueden eludir fácilmente.

    Es que no hay que eludirlas. Es más, una pregunta de ese estilo muestra que las cosas marchan bien. Si no existiera confianza, al chico le daría apuro preguntarlo y se enteraría por otros medios, siempre peores. Explícaselo de la forma más correcta posible. Te repito que te saldrá bien.

    Y como la explicación debe ser cierta y realista, no dejes de hacer alusión a la intervención de Dios en el origen de esa nueva vida.

    —Oye, pero yo quisiera dar a mis hijos una explicación más neutra, ya te he dicho, sin tanto nombrar a Dios, que creo que no hace falta. ¿No es ponerse un poco pesado?

    Es que hablar de Dios en el origen de una nueva vida no es algo secundario. No se trata de aprovechar la ocasión para colocarle un pequeño sermón. Se trata de no cercenar la verdad. Si crees en Dios, sería poco coherente no aludir a su intervención: sería tan poco razonable como decirle que los niños vienen de París. No quieras educar de modo tan aséptico, que es peor.

    —Bueno, bueno. De todas formas yo me adelanté, como tú dices, y hemos hablado algunas veces de estos temas, pero hace ya dos años que le digo a mi chico que me pregunte todo lo que quiera sobre esto... pero ya no pregunta nada.

    No es extraño que no pregunte. Ya dijimos que debías haber tú hablado espontáneamente de esos temas hasta que el chico se sintiera con suficiente confianza y pudierais hablarlo con fluidez. Ten cuidado, porque se te puede hacer tarde.

    —Eso es lo que me preocupa. Le he oído cosas que no me gustan nada, y veo cómo se sonríe maliciosamente al contarlas. Ha cambiado los chistes marrones por los verdes. Lo sé, porque he escuchado por casualidad algunas conversaciones con sus amigos. Cuenta esos chistes con grandilocuencia y entre grandes risas, aunque estoy seguro de que casi ni los entiende. Una vez estuve a punto de interrumpirles y echarles un broncazo allí mismo, pero me contuve.

    Creo que hiciste bien en contenerte. No resolverás este problema a base de broncas.

    —Algunos amigos me dicen que todo eso es normal en los hijos a esta edad, y que no me preocupe. Otros, me dicen que espabile y que, si no, luego no me queje. Un compañero del trabajo me contaba hace poco que ha puesto llave al armario de la televisión después de descubrir que su hijo, de la misma edad que el mío, se levantaba de madrugada a ver películas porno; ahora su mujer es quien administra la televisión, y dice que aprovechan mejor el tiempo y los chicos están menos perezosos.

    No me parece mala idea, puesto que buena parte del éxito en educar está en protegerle de algunas influencias perjudiciales. Si no, sería como afanarse en curar una gripe a base de medicación pero siguiendo habitualmente expuesto al frío.

    Te recomiendo que no dejes pasar el asunto. Aunque fuera ya algo tarde, si lo retrasas, cada vez lo será más. El éxito ya no es tan fácil como cuando se plantea bien, con más antelación, pero debes buscar la ocasión adecuada para hablar a fondo con él.

    Los chicos saben razonar
    cuando se les dan razones.

    A lo mejor lo retrasas porque no sabes bien cómo empezar la conversación, o como llevarla, y vas dando largas al asunto. Tú, que a lo mejor has solido mantenerte tan digno y distante, quizá ahora te humilla tener que carraspear e intentar captar la atención del insolente infante de doce años para iniciar una conversación delicada que, en esta situación, puede incluso rehuir. Pero ya verás como, una vez comenzada, todo es más fácil de lo que parece.



    Atención a la prepubertad. ¿Le afecta o no le afecta?

    Explícale ya lo que es la pubertad. Adviértele de los próximos cambios que se obrarán en él, para que luego no se extrañe. Háblale de cómo aparecerán transformaciones en su cuerpo: el estirón del crecimiento, la aparición de vello, el cambio de voz, el desarrollo y primera actividad de los órganos genitales.

    Puedes hablarle de su primer derrame, que se producirá de forma natural un día, probablemente durante el sueño.

    Debe ya ir comprendiendo que seguirá creciendo y se convertirá en un hombre, con todas sus consecuencias. En su organismo se desarrollará la capacidad para procrear, es decir, para traer al mundo nuevos seres humanos.

    La grandeza de esa realidad
    le llama poderosamente
    la atención
    y es probable
    que escuche muy atento.

    Háblale de cómo los chicos y las chicas, sobre todo a partir de cierta edad (se puede decir que en las chicas es un poco antes, a lo mejor a los once o doce años, y en ellos hacia los trece o catorce), experimentan impulsos y deseos hasta entonces desconocidos para ellos.

    Ellas se sienten atraídas por los chicos y éstos se sienten turbados delante de ellas. Se trata de algo natural, puesto por Dios en nuestro interior para formar una familia y perpetuar la especie, y es algo muy bueno siempre que no se pervierta. Poco a poco irá creciendo en ellos el deseo de buscar pareja, de fundar una nueva familia, de tener hijos.

    Es una ocasión para referirse de nuevo a la explicación del sentido del matrimonio y la procreación, como antes apuntábamos. La educación de la afectividad cobra aquí una especial importancia. Se le debe explicar con profundidad la naturaleza del amor, tan importante para afrontar con éxito la etapa adolescente.

    Cuando llega la temida pubertad, muchos padres que antes apenas habían hablado con sus hijos, posiblemente entonces no consiguen franquear la barrera de su intimidad. Porque entre los sentimientos nuevos que experimentan los adolescentes está el de no querer dejar entrar a nadie fácilmente en ella.

    Sólo hablarán de sus cosas –y aún con dificultad– si sus padres supieron ganarse antes su confianza, si supieron mostrarse en toda ocasión comprensivos y abiertos al diálogo.

    Saca experiencia y actúa, ahora que estás a tiempo, que luego de poco vale lamentarse.

    No se puede irrumpir
    en su intimidad:
    hay que ganarse la entrada.

    Puedes explicarle con un poco de profundidad en qué consiste la transformación sexual. Por ejemplo, que las glándulas que cumplen la función sexual en el varón son los testículos, y que si, por accidente, un niño perdiera esas glándulas, al hacerse mayor no tendría voz varonil, ni le crecería la barba, ni podría tener hijos.

    Cuéntale cómo dentro de poco sus glándulas sexuales se desarrollarán y producirán un líquido que se llama semen, que es la semilla de la que brotará algún día una nueva vida.

    Al explicarle el acto conyugal, puedes hablarle también de cómo Dios ha querido otorgar un placer (puede que él aún no sepa que existe, ni de qué naturaleza es), que va unido a ese acto, como si fuera una pequeña compensación al sacrificio y la entrega que exige educar y criar los hijos.

    Sé positivo en la explicación, pero adviértele de que sería antinatural buscar ese placer egoístamente, aislado de la función generadora humana. Puedes decirle que esos actos –como la masturbación, por ejemplo–, son antinaturales y suponen un daño a uno mismo, además de una ofensa a Dios.

    Debes explicárselo bien, para que no vaya a pensar que todo lo relacionado con el sexo es pecado. Pero sí debe comprender que ese mandato de Dios es importante para la felicidad humana.

    Debe entender que el desorden
    en lo relativo al sexo
    supone un deterioro para la persona,
    que conlleva un importante
    daño a uno mismo.

    —Pero si mi hijo tiene una cara angelical...; no creo que pase por su cabeza nada parecido.

    No olvides que a los doce años, la mayoría de los chicos de esta generación saben sobre el sexo diez veces más que los de la anterior a la misma edad. Recuerdo habérselo oído explicar con mucha gracia a una madre en una reunión de matrimonios: aseguraba que su hijo de once años sabía ya sobre estos temas más que ella misma cuando se casó.

    Si en estos años no has estado atento y el chico no ha recibido una buena orientación, a estas alturas es fácil que tenga, por ejemplo, un vicio arraigado de masturbación.

    —Imposible, mi hijo no.

    Eso es lo que piensan casi todos los padres. A esta edad, si no tienen una formación sexual adecuada, no será infrecuente que los chicos practiquen la masturbación a solas, o a veces en grupos. En colegios de bajo ambiente moral, es noticia a la orden del día, incluso en presencia de compañeras.

    Y no son casos aislados. Hace poco me hablaba horrorizado un profesor de un colegio público de cómo había visto a niños y niñas de ocho años jugar al acto conyugal.

    Es algo que ya pasaba hace años, pero que ahora pasa más. El chico sufre un acoso mucho mayor que antes. Le entra por los ojos. Aparte de lo ya mencionado de la televisión y el cine, piensa, por ejemplo, en los frecuentes espectáculos de impudor de muchas playas...

    —Pero es algo a lo que los chicos ya están acostumbrados. Después de contemplar tanto nudismo, apenas les debe afectar.

    Eso creo que es también un poco ingenuo por tu parte. Claro que les afecta, como sucede a todo aquel que tenga aún un poco de sensibilidad. Por eso conviene pensar en el tono moral de los lugares a donde vamos.

    Si alguien, con la mano en el corazón, asegurara que ya está acostumbrado a esas cosas y que no afectan a su modo de pensar o de vivir, es probable que se haya sumergido en una peligrosa espiral de permisividad. Muy parecida a la de aquél que piensa que no le afectan tres o cuatro copas, porque para él son lo normal, las que toma cada día; y no se da cuenta de que está cerca de alcoholizarse, de ser un enfermo crónico.



    El mundo interior. Algunos peligros

    La imaginación del niño tiene una prodigiosa capacidad de entrada en su voluntad, pues su inhibición es restringida.

    Toda idea
    que pasa por su cabeza
    tiende a traducirse en acto.

    La excitación desordenada de las pasiones, sin control de la razón, contribuirán a hacer realidad aquel viejo adagio castellano de que "quien las imagina las hace".

    El corazón sigue fácilmente a la mirada. Existen, por tanto, poderosas razones que llevan a comprender la necesidad de guardar una cierta disciplina mental. Como ha señalado Antonio Orozco, la mirada puede despertar elevados sentimientos y encender pasiones magníficas; pero también puede embrutecer el alma y disparar las pasiones de un modo sórdido. De ahí la importancia ética de seleccionar en lo posible los objetos del mirar.

    En algún momento apropiado, se puede hablar al chico de los peligros de una posible falta de autocontrol sobre lo que se mira y se piensa. Y hacerle ver que hay imágenes y recuerdos que pueden llegar a tomar gran protagonismo en su memoria y obsesionarle. Si se lo sabes explicar bien (por ejemplo, con ocasión de dejar de ver una película que resulta ser inmoral, o al evitar un lugar poco recomendable), el chico entenderá lo sensato que es no entretenerse mirando determinadas cosas.

    Si ha aprendido a esforzarse por hacer lo que entiende que debe hacer, y no tiene el me apetece como norma de vida, comprenderá la necesidad de luchar contra la tentación y de acostumbrarse a decir que no a lo que no le conviene. Así se curtirá y vencerá los impulsos desordenados de la pasión. Si no aprendiera a controlarlos, se desequilibraría su vida afectiva y eso le llevaría también a ser menos libre.

    No se trata de hablarles obsesivamente de los peligros de mujeres malas, ni de plantearlo como prohibiciones negativas.

    Se trata de hacerles vislumbrar
    la relación entre el sexo
    y el amor a la mujer
    que será madre de sus hijos.

    Si no domina sus pensamientos, es muy probable que acabe claudicando, porque es evidente que quien se entretiene con pensamientos o deseos inmorales acaba cayendo en actos y episodios inmorales, tarde o temprano.

    Otra cuestión sobre la que quizá no pregunte, pero que puede ser interesante tratar, son las erecciones espontáneas. A esta edad se producen con facilidad, muchas veces por causas extrasexuales desconcertantes para él: quizás al trepar por una cuerda o practicar un deporte que le supone un esfuerzo físico importante; otras, sin aparente motivo externo; y algunas veces responderán directamente a una excitación sexual provocada por una conversación, pensamientos o miradas que desencadenan un efecto inmediato: debe entonces comprender la conveniencia –ya lo hemos dicho– de mantener la imaginación bajo su propio dominio y no dejarse arrastrar a su merced.

    —Otra cosa. ¿Es verdad que esta edad es propicia para desviaciones de algún tipo?

    Es una cuestión extensamente estudiada por psicólogos y psiquiatras. No es incorriente que un chico de esta edad experimente una confusa atracción por ambos sexos. No suele tener importancia. Puede ser incluso una simple curiosidad mal contenida. El peligro está en que esas leves tendencias infantiles cristalicen en algo serio por culpa de su falta de capacidad de corregirlas, cosa que puede suceder si no tiene cierto dominio sobre su propio impulso sexual. “Una prueba más –en palabras del doctor Vallejo-Nájera– de lo sanísimo de la educación de la castidad y de lo que ayuda a superar los problemas de la edad. En cambio, la pretendida libertad sexual, ésa sí que llena de pacientes la consulta del psiquiatra."



    No sólo sabias recomendaciones. ¿Censura?

    Casi todos los padres piensan que dan buen ejemplo a sus hijos en esta materia, pero cabría analizar varios detalles en los que puede haber discrepancias entre lo que intentan inculcar al chico y lo que luego él ve.

    Por ejemplo, ¿qué niño no protesta si se le impide ver una película no tolerada mientras sus padres siguen ante el televisor? Es fácil que el chico se enfade, quiera verla terminar, y se organice una pequeña trifulca doméstica.

    Algunas de esas películas serán tan inconvenientes para el niño como para los padres; otras, no. Pero, desde luego, si el padre o la madre apagan la televisión o cambian de canal, es seguro que el chico no rechistará y asumirá un criterio moral claro al respecto.

    También interesa preguntarse por las revistas y publicaciones que entran en la casa. Hay bastantes de ellas que dedican muchas páginas a reportajes nada recomendables para los chicos, por la inmoralidad, el sensacionalismo y, a veces, la pornografía. Y se compran, y están por la casa, y se leen.

    ¿Qué pensará el niño, con su agudo y penetrante sentido crítico, sobre nuestras sabias recomendaciones sobre el sexo...? "Que son sermones de papá o de mamá, pero que, bueno, no será para tanto; que parece que lo malo es sólo malo para los niños; otra manía más, igual que la de que no les grite y luego ellos me gritan, o de que pida las cosas por favor y luego ellos tampoco lo hacen..., o sea, que ni caso".

    Para que haya coherencia en la educación, los padres deben cuidarse de filtrar todo lo que entra en la casa y queda al alcance del chico: periódicos, revistas, televisión, vídeo, libros, etc. Y, por supuesto, las películas cuando va al cine.

    —Oye, que eso es censura.

    Sí. ¿Y qué tiene de terrible preservar a la familia de lo que puede hacerle mal? Igual que no dejas las tijeras al alcance del pequeño, o que escondes las medicinas para que no se las tome todas y se intoxique, de modo semejante debes cuidar de que no intoxique su cabeza y su corazón con inmoralidades.

    —¿Y qué dices sobre el pudor?

    En la educación sexual, el pudor es también más importante de lo que parece. Aunque efectivamente a esta edad el instinto sexual no sea aún muy intenso, unas costumbres inadecuadas en este aspecto pueden ser un fuerte lastre para el futuro.

    El pudor es un instinto natural, presente de modo universal a lo largo de los siglos, que protege espontáneamente la propia intimidad. Los hijos lo aprenden en el hogar casi sin que los padres se lo propongan. Es cuestión de dar ejemplo, y aprenderán a ser sensibles, a respetar como deben al otro sexo, a ir correctamente vestidos por la casa, a vivir el pudor cuando se bañan o al cambiarse de ropa, etc.

    Ese natural recato, protección de la propia intimidad, es importante porque su descuido provoca el estímulo extemporáneo de la pasión genital. El vestido no es una simple exigencia climatológica, sino que es necesario para que las relaciones hombre-mujer sean propiamente humanas y personales. De lo contrario, normalmente despertarían pasiones inoportunas o inadecuadas.



    Ya lo sabe todo. ¿Es suficiente?

    Es ésta una pregunta que el lector quizá se haga al ir avanzando en este capítulo. No quisiera dejar la idea de que con explicar al niño todo lo relativo al sexo queda el problema resuelto. No es así de simple. La formación sexual es una parte de la educación integral de la persona, y está unida a todos los demás aspectos. Como cuando se sacan cerezas de un cesto, que nunca suele salir una sola.

    Llenar su corazón de afectos adecuados y fortalecer su voluntad, son dos aspectos decisivos para una correcta educación de la sexualidad.

    Hay una estrecha relación entre una acertada educación sexual y el avance en las virtudes, y más concretamente con las virtudes de la fortaleza y la templanza.

    Ya hemos dicho que informar correctamente no es difícil. Lo difícil e importante es crear en los hijos hábitos que les fortalezcan personalmente para actuar de modo correcto.

    Ten en cuenta que no basta
    con la información solamente,
    aun suponiendo que
    se haya dado muy bien.

    Hay multitud de chicos que lo sabían todo muy bien a través de sus padres desde temprana edad pero, después,

  • por haber descuidado la educación de sus sentimientos;

  • por no haber fortalecido su voluntad;

  • por no haber desarrollado en ellos las virtudes necesarias;

  • por no haberse acostumbrado a luchar;

  • adquirieron hábitos viciosos y sus vidas fueron un desastre.

    A un chico que ha logrado un buen nivel de autodominio, que ha consolidado las virtudes de la fortaleza y la templanza, no le costará mucho comprender que es él quien debe tomar las riendas de su impulso sexual, y no al revés. Y no sentirá envidia de quienes están dominados por el sexo y se consideran por eso más hombres. Percibirá enseguida que es todo lo contrario, que la falta de dominio sobre ellos mismos es la que hace que esas personas realicen, como consecuencia de su débil voluntad, actos sexuales como puede hacerlo cualquier insensato o cualquier animal. Sólo las personas de mayor calidad humana, de mayor fortaleza, de mayor autodominio, es decir, los hombres y mujeres fuertes, llevan de verdad las riendas de su vida, en este aspecto como en otros.

    Se trata de dar
    una visión positiva,
    de fortalecer el espíritu,
    de dar un alto concepto
    de la dignidad humana
    y de la realidad sexual.

    Educación de la afectividad

    Trata a un hombre tal como es,

    y seguirá siendo lo que es;

    trátalo como puede y debe ser,

    y se convertirá en lo que puede y debe ser.

    Goethe
    Un equilibrio adecuado. El caso de Mario

    Recuerdo una anécdota que se desarrolló durante el segundo plato de la comida de un caluroso día de campamento.

    El muchacho que tenía a mi izquierda –Mario– prefirió no servirse carne, pero lo compensó poniéndose prácticamente todas las patatas fritas que había en la fuente, que no eran pocas. Al instante, comenzaron las protestas de los chicos que aún no se habían servido, al ver que con toda probabilidad se iban a quedar sin patatas fritas.

    No habría pasado de ser un sencillo conflicto infantil inmediatamente olvidado, si no fuera por el diálogo que siguió. Ante la leve llamada de atención que hice a su actitud, Mario, con gran naturalidad y un tono un tanto ingenuo, contestó: "es que no me gusta la carne".

    Intenté explicarle que, independientemente de que no le gustara la carne, pensara que iba a dejar sin patatas fritas al menos a dos de sus compañeros de tienda, y que debía pensar en los demás. Me miró como si yo fuera un extraterrestre y, con bastante candidez y extrañeza, objetó: "¿No querrás que coma carne si no me gusta, no?".

    El pobre chico estaba desconcertado: ni se le pasaba por la cabeza la posibilidad de hacer algo opuesto a sus gustos, independientemente de cuales fueran las consecuencias para los demás.

    El caso es que Mario era un buen muchacho. Su problema era que había recibido una educación que casi le incapacitaba para hacer algo contrario a lo que le apeteciera. No es que le costara mucho; es que ni se le pasaba por la cabeza.

    Hay muchos chicos de diez o doce años que son como Mario, víctimas de ese sentimentalismo infantil tan egoísta y de tan poco calado. Suele quedar caracterizado por frases como "es que no me apetece", o "eso me aburre, es un rollo", dichas con sorprendente frecuencia y, sobre todo, de manera que con eso se consideran ya justificados para no cumplir su deber.

    Cuando el chico sólo actúa a remolque de satisfacciones materiales, entra en una dinámica de gran dependencia de los estados de ánimo. Se dan respuestas cambiantes ante los diversos estímulos. Falla la voluntad. Aparece como un ingenuo deseo de prolongar indefinidamente las diversiones y la falta de responsabilidad de la infancia.

    Es decisivo infundir en el chico fuerza de voluntad y deseos de superar ese sentimentalismo. De lo contrario, irá sustituyendo el uso de la razón por esa brumosa multitud de sensaciones que acaba por asfixiar la propia libertad, pues la incapacidad de controlarse a sí mismo es la peor de las tiranías.

    Los educadores solemos percibir en seguida este problema, y muchas veces la primera reacción es intentar proteger las mentes de los chicos frente a los sentimientos, en vez de frente al sentimentalismo.

    Sin embargo, "por cada alumno que necesita ser protegido de un frágil exceso de sensibilidad –señala C.S.Lewis– hay tres que necesitan ser despertados del letargo de la fría mediocridad. La correcta precaución contra el sentimentalismo es la de inculcar sentimientos adecuados." Porque un corazón duro no es protección infalible. Sin la ayuda de los sentimientos, bien orientados, su intelecto es débil frente al ambiente.

    Ahora aprenderán
    impulsados por motivos más afectivos;
    después, sabrán hacerlo
    porque es su deber.

    La conclusión es, pues, inculcar sentimientos adecuados, mas que hacerles insensibles, fríos o espartanos. Hay muchos sentimientos positivos que inculcar: lealtad, respeto a la verdad, honradez, solidaridad, compasión, proteger o ayudar al más débil, buen corazón, superar la mediocridad, deseos de buena emulación, respeto a la naturaleza, etc. Muchos han salido ya. Otros los veremos luego con más detalle.



    Que tengan corazón. Lección de una madre

    «Un día, al poco de llegar a Burgos, sería en octubre del treinta y seis, salíamos Alejandro y yo del hotel, camino del colegio, y contemplamos una escena que no se me olvidará nunca.”

    La narración es de Vallejo-Nájera en su último libro, y podemos sacar de ella una enseñanza interesante.

    «Caía una lluvia copiosa y fría, y dos niños, de unos doce y seis años, se refugiaban debajo de un paraguas. Iban de luto. Pantalones cortos negros, camisa, calcetines, jerseys y abrigos del mismo color. Estaban rodeados por otros cuatro chicos y uno de ellos, mayor, les insultaba en voz queda, pero con un odio que yo no había tenido ocasión de detectar antes. Los enlutados se estrechaban contra la pared y el más pequeño, asustado, lloraba. El mayor de los agresores les golpeaba y el del paraguas procuraba defenderse con él. El hermano pequeño se agarraba a su cinturón, gimiendo. Le desgarraron la tela del paraguas, le rompieron la mitad de las varillas y el chico que lo llevaba comenzó a emplearlo, como espada, embistiendo al matón al tiempo que le gritaba: "Hijo de ...". Yo nunca había oído esa expresión y contemplaba la escena sobrecogido. A su vez, mi hermano Alejandro se agarraba a mi mano y vi que le corrían las lágrimas. Por fin pudieron zafarse y el matón, cuando huían, les gritó: "Lo tenía bien merecido tu padre, por rojo y por ...". Luego supe que esos chicos enlutados eran hijos de un fusilado al principio de la guerra.

    »Al regreso del colegio se lo conté a mi madre, una rubita insignificante y provinciana... en apariencia. "Deben de ser de los malos", le comenté como resumen. "Mira, Juan Antonio –me dijo– esos niños no tienen la culpa de nada, y no olvides que las tragedias son tragedias para todos, buenos y malos. Y cuando veas sufrir a alguien, sea quien sea, procura ayudarle". Mi madre, según me decía esto, tenía que contener las lágrimas. No he olvidado ni el llanto reprimido ni el consejo.»

    Estas lecciones de madre recibidas desde muy joven no se olvidan. Son testimonios personales insustituibles con los que un padre o una madre transmiten esos sentimientos de persona de buen corazón.

    El chico ha de sentirse afectado
    por el sufrimiento de los demás,
    desear ayudar
    a quien lo necesita,
    consolar al que está triste,
    acompañar al que
    ha sido despreciado,
    perdonar a ése que le ofendió,
    querer a todos.

    Lo aprenderá con ejemplos en la propia vida de los padres, que son los que dejan huella profunda.

    No es infrecuente encontrar, en un chico de esta edad, sentimientos sorprendentes de falta de buen corazón, que suelen tener su raíz en una inadecuada formación. Pueden advertirse en:

    • la saña con que se pelea con su hermano;

    • en la dureza con que habla de un profesor o un compañero;

    • en su falta de compasión ante la desgracia ajena;

    • en los deseos de venganza, o en el resentimiento ante ofensas reales o supuestas;

    • en la indiferencia manifiesta ante el dolor de otros.


    Debe afearse su conducta sin dejar pasar la ocasión cuando afloren estas actitudes o reacciones inconvenientes.

    Será bueno también que tome contacto con el sufrimiento ajeno, con la debida prudencia y sin impactos excesivamente fuertes.

    Es positivo que sepa que hay gente que no tiene lo que él sí tiene, gente que sufre por falta de atención, que vive en soledad, que apenas recibe cariño.

    Los padres han de hacerle reflexionar sobre ello, pero sin caer en el extremo contrario de una saturación que le insensibilice y pase a considerarlo como algo normal ante lo que nada puede hacerse. Es muy positivo que vea la preocupación de sus padres ante la mendicidad o la pobreza, y que note su generosidad en detalles bien concretos: una limosna significativa en la iglesia o a una labor benéfica es toda una escuela de formación para el chico.

    Será oportuno que los padres comenten con acierto –sin agobiarle– las desgracias de personas cercanas, para que sepa valorar lo que él tiene y preocuparse más de los demás. A veces convendrá sugerirle que se prive de algo propio –de parte de sus propios ahorros, por ejemplo– para remediar en algo la indigencia ajena. Como decíamos antes, por cada uno muy sensible al que no hay que agobiar, hay al menos tres insensibles a los que conviene despertar.

    Así descubrirá –porque lo ve hecho vida en sus padres– la alegría de dar y de compartir, la felicidad que nace de una generosidad que no entiende de intereses, la satisfacción de prestar sus cosas sin llevar cuenta estrecha, y tantos otros valores que deben ir prendiendo en su carácter y en su modo de ver la vida.

    A esta edad surge, a veces, un deseo de acaparar cosas, de guardar pequeños tesoros bajo llave, o un cierto celo en que nadie curiosee su armario. Puede ser positivo porque aprende así a cuidar sus cosas, y porque se desarrolla su intimidad; pero hay que estar atento para que no anide en él la estrechez o la roñosería. Los padres deben fomentar que preste sus juguetes, regale a otros algo que quizá ya no necesita, colabore con sus ahorros a un regalo familiar, etc.

    Es preciso inculcar en el chico buenos sentimientos. Porque, si no, luego nos quejamos sin razón. "Extirpamos el órgano –vuelvo a citar a C.S.Lewis– y exigimos la función. Hacemos hombres sin corazón y esperamos de ellos virtud e iniciativa. Nos reímos del honor y nos extrañamos de ver traidores entre nosotros. Castramos y exigimos a los castrados que sean fecundos."

    Habrá que ir puliendo –con razones que se dirijan a un tiempo al corazón y a la cabeza– la dureza de sus juicios, su tendencia a juzgar precipitada y apasionadamente, su radicalidad y su incipiente fanatismo, su carácter excesivamente impulsivo, y tantas otras cosas.



    Enseñar a perdonar. Otra madre ejemplar

    «Soy la madre del "nuevo muchacho muerto en la Castellana" y te aseguro que él no "se estampó con su moto contra un automóvil".»

    Es una carta al periódico de una madre. Fue publicada en un diario madrileño, dirigida a un periodista que trató con poca fortuna una noticia muy dolorosa para ella.

    «Agustín iba tranquilo por su carril cuando un BMW conducido por un extranjero borracho le adelantó por la derecha girando delante de él. Naturalmente que mi hijo se estampó contra su coche y al caer al suelo el vehículo le pasó sobre las piernas y el brazo. En la foto se puede ver. Los clientes de Castellana 8 lo querían linchar cuando metió la marcha atrás para huir. Yo no estaba ahí. Me lo han contando los testigos. Agustín es efectivamente un cadáver hoy, pero no porque se jugara alegremente la vida. Creo que hay que tratar con más respeto el dolor inmenso de unos padres, hermanos y amigos del mundo entero –repito, del mundo entero–.

    »Infórmate con seriedad y responsabilidad de este "muchacho muerto en la Castellana". Me alegro de que me hayas dado la ocasión de expresar públicamente que no tengo que perdonar a las personas que me han arrebatado a mi hijo porque no tuve, gracias a Dios, ni un minuto de odio. A esta joya de hijo lo he considerado un regalo que me prestó Dios durante treinta y un años y que llegó el momento de devolvérselo.»

    Todo un testimonio de una mujer con entrañas de misericordia y que con toda seguridad había enseñado a sus hijos a perdonar como ella lo hacía ahora.

    El chico sabrá perdonar
    si nos ve perdonar.
    Y para educarle bien
    ha de aprender a perdonar,
    entre otras razones
    porque tendrá que
    perdonarnos muchas cosas.

    Será necesario promover en la familia toda una dinámica que haga del perdón algo natural. Tan natural que no sea necesario explicar a los hijos por qué se debe perdonar.

    La facilidad para perdonar es algo que se respira en una casa. Y la resistencia a hacerlo, más todavía. Tu hijo lo nota, porque te observa continuamente. Repasa tu forma de actuar.

    Debes decidirte a perdonar, pero al tiempo debes decidir olvidar. Hay quien dice que perdona, pero no olvida. Quizá eso no sea perdonar. Depende de qué se entienda por no olvidar. Ha de desaparecer el resentimiento, sin esperar a que sea espontáneamente. No siempre sentiremos el instinto natural de perdonar.

    La ofensa es como una herida, y el perdón es el primer paso en el camino de su curación, que puede ser larga. El perdón no es un atajo para alcanzar la felicidad, sino una larga senda que hay que recorrer.

    Si alguna tensión familiar, o profesional, o con los vecinos, nos preocupa y nos molesta, hemos de resolverla. Y si el chico es consciente de ella, tiene que ver que buscamos la reconciliación y evitamos el desafuero y los enfados. No es que no te debas desahogar, sino que debes ser prudente en esos momentos.

    Hay que saber perdonar y comprender, y también saber entenderse. Muchas cosas se resuelven simplemente con hablarlas con calma y sobre todo –no es una simpleza decir esto– con deseo de que se arreglen.

    El problema otras veces no está en el enojo momentáneo, sino en el resentimiento y en la amargura que fraguan por dentro y que rehusan el perdón.

    A lo mejor un amigo te ofende, y desechas su amistad en vez de buscar remedio a ese suceso. O tu hijo te dice algo poco oportuno en un momento de enfado, y le retiras el saludo toda la semana, en vez de perdonar su inoportunidad, que a lo mejor no ha sido culpable. O tu marido no te ayuda en determinadas tareas de la casa, y en vez de decírselo –quizás lo hiciera de mil amores– andas furiosa de un lado para otro.

    Así no se puede pretender arreglar las cosas. Has de buscar una salida.



    Reconocer los errores consolida la autoridad

    La empresa Toyota lanzó al mercado norteamericano su modelo Lexus LS400, un sedán de lujo destinado a competir directamente con Mercedes y BMW.

    Pues bien, en diciembre de 1990, cuando sólo habían pasado tres meses desde el lanzamiento del vehículo, la empresa reclamó las 8.000 unidades que había vendido hasta entonces para repararlas por un defecto en la luz del freno y en el mecanismo del cambio de marchas.

    En una acción sin precedentes, los 8.000 vehículos vendidos en Estados Unidos fueron recogidos en los domicilios de sus dueños, reparados, lavados y devueltos a sus propietarios. Para ello fue preciso hacer costosos desplazamientos de equipos de mecánicos, alquilar o habilitar talleres, y hacer un esfuerzo de buena atención, aunque fueran pocas las unidades vendidas en esa zona, como por ejemplo en Grans Rapids para sólo 10 clientes.

    "Vimos esto como una oportunidad de cimentar nuestra relación con el cliente ya desde el principio", dijo Dave Illinworth, director general de Lexus en USA. Los resultados no pudieron ser mejores. Lo que en principio parecía el mayor desastre comercial en la historia del automóvil se convirtió en una de las campañas de imagen más eficaces de cuantas se han llevado a cabo.

    Esta anécdota puede servir para mostrarnos también las ventajas de reconocer a tiempo los errores y apresurarnos a ponerles remedio. Y esto es válido para el chico igual que para los padres. La firmeza al mandar no debe entenderse como rigidez inapelable.

    A veces somos rígidos
    porque estamos inseguros.

    Tenemos que saber hacer excepciones en su momento, para no transformar la vida familiar en algo deshumano. Acostumbrarnos a variar una orden cuando sea preciso. O admitir que no teníamos una información suficiente y que un nuevo dato nos ha hecho cambiar de opinión.

    Reconocer los errores
    consolida la autoridad.

    Porque, como bien dice el refrán, de sabios es rectificar, y así se contribuye a incrementar ante los hijos el prestigio de ecuanimidad de los padres.

    Pierde el miedo a pronunciar frases como: "pues tenías razón", "efectivamente, no lo había pensado", "ahora que lo dices, me parece buena idea", etc. Prueba a practicarlas.

    Es una gran cualidad saber escuchar el consejo o la amable corrección del amigo leal. No ser de ésos a quienes no se les puede hacer ninguna observación porque suelen tomarla a mal. El hombre sensato admite esa ayuda, y guarda un especial afecto y estima a las personas que han tenido el valor necesario para advertirle de algo que en él no iba bien.



    Enseñar a pedir perdón. El caso de David

    Hace ya un tiempo, en una de las primeras conversaciones de tutoría, David, un muchacho rubio de doce años, me explicaba con vehemencia cómo su padre no le comprendía en absoluto, no había vez que no le llevara la contraria, parecía empeñado en humillarle siempre, no le escuchaba...

    Era un relato desolador. Continuaba contando cómo su padre, con el que antes jugaba al tenis cada semana, ahora nunca le llevaba. Cada frase iba describiendo con más crudeza una imagen más desgraciada de su vida en medio de un tremendo infierno familiar... Era algo que clamaba al cielo. ¿Cómo era posible que hubiera padres así?

    Aquella misma tarde hablé con su padre. No parecía tan terrorífico como lo describió David. Mantenía en mi memoria los duros juicios del chico y pensé hablarle de ello directamente, pero la experiencia y la intuición me recomendaron escuchar primero, que siempre es más prudente. Empezamos a hablar y entramos enseguida en materia.

    El relato del padre coincidía bastante con el de su hijo, pero... ¡era también en primera persona! Algo realmente asombroso. Se quejaba con amargura de que David ya apenas le hablaba, que antes le escuchaba todas las historias que él contaba pero que ahora no mostraba el menor interés, que le contestaba siempre mal, que "incluso, fíjate, –decía– ya no quiere jugar al tenis conmigo...".

    Cuando le dije que David se quejaba de algo parecido y que su queja tendría algún fundamento, no cedió ni un milímetro.

    La realidad es que ambos eran muy parecidos. Me vino a la cabeza aquello de que "a tal palo, tal astilla". Ambos eran orgullosos, con ese orgullo poco agresivo pero muy refinado e inflexible. Ambos se atribuían radicalmente la razón sin mezcla alguna de culpa. Ninguno quería rectificar, porque ninguno de los dos se sentía culpable en nada. Esperaban que fuera el otro quien tomara la iniciativa y se disculpara, ya que ninguno era capaz de reconocer nada.

    Este tipo de problemas son algo corriente, pero con esa terquedad, ya no tanto. Era un callejón sin salida.

    Con el tiempo las cosas se arreglaron un poco, pero difícilmente David y su padre llegarán a ser personas que se traten con confianza, ni se podrá hablar de éxito en la educación.

    Cuando alguien tiende a pensar que tiene toda la razón, sin sombra alguna de culpa, y que le han hecho algo que es absolutamente intolerable..., entonces, precisamente entonces, es fácil que no tenga ninguna razón. La soberbia es así.

    Casi siempre la mejor solución es pedir perdón, aunque cueste hacerlo y se tenga un alto convencimiento de la propia inocencia.

    Hay que ejercitarse
    en darle entrada en la cabeza,
    con sinceridad y valentía,
    a esta pregunta:
    ¿no tendré yo también
    bastante culpa?

    Es fácil que el chico piense que tiene la razón, y probablemente le corresponderá una parte de ella, quizá una buena parte. El mundo no se divide en buenos y malos, en culpables e inocentes absolutos. Las culpas suelen estar bastante repartidas. A nosotros nos corresponde algo de culpa. Quizá pensamos que poca, pero a lo mejor no es tan poca.

    Siempre que he visto al que tiene menos culpa adelantarse a pedir perdón, he comprobado cómo el más culpable quedaba desarmado y reconocía la culpa como suya. Por eso, cuando una situación parece que no se va a resolver nunca, porque tanto él como tú creéis tener toda la razón, tienes que ser lo suficientemente humilde e inteligente como para reconocer ese poco de culpa, e incluso pedir perdón por ello, y adelantarte, tender la mano y perdonar.



    Educar para el amor, ahora

    Tu hijo está entrando tímidamente en un periodo cronológico de interés por los grandes proyectos. Empieza a salir mucho más de sí mismo. Dentro de poco barruntará el amor, sentirá deseos de entregarse a ideales elevados, de arreglar el mundo, de ser pionero de grandes iniciativas.

    De cosas que, a los ojos de los adultos, muchas veces parecen ensoñación juvenil, pero que constituyen el empuje de las nuevas generaciones y que dan esa altura de horizontes y esa magnanimidad a la gente joven que ha recibido una buena formación.

    El adolescente tiende a entregarse, a vivir apasionadamente todo. En los años previos es preciso prepararle para que esos deseos de entrega y de amor no se perviertan en ninguna de sus facetas.

    Hablemos un poco de cómo prepararle para el amor matrimonial.

    —¿Y no es muy pronto para pensar en esas cosas, cuando el chico tiene sólo diez o doce años?

    No creas. La razón es la misma de siempre: aunque es algo que concierne de modo más directo a edades superiores, un tratamiento excesivamente tardío o ingenuo de estas cuestiones tendría luego difícil arreglo.

    Debe acertar a captar ahora,
    cuando todavía
    no está despierto en él
    con toda su fuerza
    el instinto sexual,
    la naturaleza de ese
    amor humano.

    Para lograrlo debe prestarse una gran atención a la educación de la afectividad. Una educación en la que el chico pueda ya intuir cómo dos seres humanos dan y reciben amor. En la que comprenda que el sexo pertenece a la intimidad humana y que debe ejercerse en el marco de una donación personal.

    No olvides que tu hijo está expuesto a toda una corriente de planteamientos inadecuados en relación con el amor y la sexualidad, en los que todo esto se difumina. Es testigo constante de formas de vivir presididas por una fuerte sexualización del amor. Estilos de vida en los que hay mucho de sexo y poco de amor, en los que el contacto sexual fácilmente acaba siendo una simple búsqueda de placer, un intercambio de sexualidad, un sucedáneo del amor alejado del verdadero amor.

    Puede este planteamiento parecer una simplificación, pero la experiencia muestra que no lo es. La relación sexual fuera de su contexto natural acaba desnaturalizando la afectividad y haciendo que el amor quede diluido en un dar vueltas alrededor de uno mismo buscando la propia satisfacción. Se trivializa el amor, se rebaja al nivel más vulgar. El ansia de sexo acaba presidiendo esas relaciones, impidiendo profundizar, ocultando muchas de las posibilidades de un noviazgo bien planteado.

    —Oye, que tiene doce años y no tiene novia..., ni creo que esté en edad de tenerla.

    Estamos de acuerdo en que sería demasiado pronto, pero tiene que irse preparando. Porque si entiende el amor al estilo de muchas de las películas o series de televisión que tanta audiencia tienen, puede acabar viendo a la mujer como un instrumento de placer o, cuando menos, imbuirse en un mundo irreal donde hay un modelo de vida en el que todo es fiesta, risa y novelilla rosa, donde “lo importante es que te lo montes bien caiga quien caiga”, y donde quien no funcione así “es que no sabe vivir y es un amargado”. Todo eso acaba por formar en el chico una idea del amor excesivamente epidérmica o sentimental.

    —Bien, supongamos que lo entiende ahora, a los doce años. Pero luego, cuando llegue la crisis de la adolescencia no le será tan fácil verlo así...

    No cabe duda que no le será fácil. Y ésa es precisamente una de las mejores razones para esmerarse en la preparación previa. La tendencia sexual es fuerte. A los once o doce años aún suele estar latente, pero puede surgir con mucha intensidad en cualquier momento, y ha de estar preparado y con la idea clara de que la dignidad afectiva humana debe hacer que el sexo quede subordinado al amor maduro y a los valores de la persona. También en esas lides irá templando su personalidad.

    El éxito del chico en su futura singladura matrimonial depende en mucho de esa correcta educación sexual de ahora, y de su fortaleza por mantener unos principios firmes ante las actuales facilidades para consumir sexo. Lo trataremos más despacio en el próximo capítulo.

    —¿Y ves tanta relación con el futuro en lo que sucede ahora, tan pequeño?

    Es algo constatable. Los efectos de estos errores no tardan muchos años en aparecer, en forma de defraudamiento sentimental a causa del sexo, desequilibrios afectivos, conductas sexuales patológicas, embarazos inesperados, matrimonios inestables, etc. Son situaciones reales propiciadas por planteamientos de partida equivocados. Confirman eso de que todo espíritu apartado de su orden natural vendrá a ser su propio tormento.

    —Pues no parece que sea algo tan claro, si hay tantos que no lo entienden así.

    Es una de las muchas cosas que son quizá corrientes, pero no normales. Ya sabes que es distinto ser normal que hacer las cosas simplemente porque las hacen muchos.

    Como consecuencia de la intensa exposición a mensajes y reclamos relacionados con el sexo, es fácil que una persona normal se sienta anormalmente acosada y le sea difícil entender y desarrollar de forma correcta su vida sexual.

    Esto es lo que le puede suceder a tu hijo, y tu obligación –por la importancia que el tema tiene para su felicidad próxima y futura– es hacerle tomar conciencia de la importancia de autoeducarse correctamente en esta materia. Aunque sea poco corriente, eso es lo normal. Ser minoría no importa, porque la fuerza está en la verdad, no en el número.

    Esta toma de conciencia personal, que ya a estas edades puede llevarle a una no pequeña exigencia propia ante los frecuentes reclamos de la lujuria, precisa del auxilio de los padres, que deben lograr no exponerle ingenuamente a tentaciones que serían una temeridad.

    Los frutos que produce el haber entendido bien esta realidad, aunque difíciles, compensan con creces el esfuerzo. La castidad es posible y hace posibles muchas cosas, por muy desprestigiada que esté esta virtud ante quienes no alcanzan a apreciar un sentido más alto de la sexualidad humana.

    Se descubren valores hasta entonces desconocidos, se profundiza en el sentido de la fidelidad y del amor limpio, se eleva la mirada por encima de la inmediatez del placer y de la atadura de la pasión mal dominada. Una senda no siempre muy transitada, pero que es la adecuada a la naturaleza humana y conduce a la felicidad.

    Para que tu hijo entienda lo que debe ser el amor, nada tan eficaz como que lo vea encarnado en sus padres. Que aprenda lo que es la fidelidad, perseverar en el amor, el sentido de comprometerse para toda la vida, el amor como entrega y sacrificio, viéndolo hecho realidad en casa cada día.