1. El carisma en el estado naciente Mi reflexión empieza con una pregunta: ¿qué recordamos exactamente en este año 2009? No la aprobación de la “Regla que hemos prometido”, que es la Regla Bulada, sino la aprobación oral, por parte del Papa Inocencio III, de la primitiva regla, perdida, de san Francisco. Dentro de catorce años, en 2023, se celebrará el centenario de la Regla Bulada y en esa ocasión, podemos estar seguros, se hablará a todo campo de ella y de su importancia. Este año tenemos una oportunidad única para remontarnos al carisma franciscano en su nacimiento, por así decirlo, “en el estado puro”. Es un kairòs para toda la orden y el movimiento franciscano; no podemos dejar que pase en vano. Los sociólogos desde hace tiempo han evidenciado la fuerza y el carácter irrepetible de un movimiento colectivo en su “statu nascenti”. Al hablar de los estados de efervescencia colectiva, Durkheim escribió: “El hombre tiene la impresión de estar dominado por fuerzas que no reconoce como propias, que le arrastran, que él no controla... Se siente transportado de una forma distinta de aquella en la que se desarrolla su existencia privada. La vida aquí no es sólo intensa, sino que es cualitativamente diferente” [1]. Para Max Weber, el nacimiento de tales movimientos está ligada a la aparición de un jefe carismático que, rompiendo con la tradición, arrastra a sus seguidores en una aventura heroica y produce en quien le sigue la experiencia de un renacimiento interior, una “metanoia”, en el sentido de san Pablo [2]. La perspectiva de estos autores es sociológica; no explica por sí sola los movimientos religiosos, pero en cambio ayuda a entender su dinámica. Según Francesco Alberoni son los momentos del origen de las religiones, de la reforma protestante, de la revolución francesa o bolchevique; nosotros podemos añadir sin duda: y del movimiento franciscano. Existe, según Alberoni, una evidente analogía entre el nacimiento de estos movimientos y el fenómeno del enamoramiento [3]. Eso fue, en todo caso, de lo que se trató para Francisco y para sus seguidores: de un enamoramiento. Hay flores que no se reproducen plantando de nuevo su semilla o un brote de la planta, sino sólo a partir del bulbo que, misteriosamente, se despierta y vuelve a germinar en primavera. Así sucede, entre los que conozco, con los tulipanes y las calas. Creo que también la orden franciscana necesita recomenzar del bulbo. Y el bulbo es la primitiva intuición, o mejor inspiración (“El Señor me reveló...”), que Francisco de Asís tuvo en 1209 y que presentó a Inocencio III. La enorme ventaja de esta fase del carisma franciscano, respecto a la disposición jurídica de 1223, es que esta última se resiente mucho más de las contingencias históricas y de las exigencias jurídicas del momento que la regla primitiva y es por lo tanto menos trasladable a nuestro tiempo. En ésta el movimiento se ha convertido ya en institución, con todos los añadidos, pero también las pérdidas que tal paso implica. Francisco –observa Sabatier- hallará en las normas eclesiásticas, recibidas en la Regla definitiva, “las directivas que darán una forma precisa a ideas intuidas vagamente, pero encontrará en ella también las estructuras en las que su pensamiento perderá algo de su originalidad y fuerza: el vino nuevo se meterá en odres viejos” [4]. Sin restar nada al valor inestimable de la Regla definitiva, es a aquel primer momento originario al que debemos remitirnos si, como se lee en la Carta de los Ministros Generales para este encuentro, deseamos afrontar con éxito “el desafío de la refundación”. Para fortuna nuestra, el contenido de la regla primitiva es una de las cosas mejor conocidas y menos controvertidas de toda la historiografía franciscana, a pesar de que su texto se perdiera. En su bula de aprobación de la Regla de 1223 “Solet annuere”, el Papa Honorio III escribe: “Os confirmamos con la autoridad apostólica la Regla de vuestra orden, aprobada por nuestro predecesor el Papa Inocencio, de feliz memoria, y aquí transcrita”. Se diría, de estas palabras, que se trata siempre de la misma Regla, sólo “transcrita”, esto es, puesta por escrito. Pero sabemos que no es así. Sin ánimo de cargar las tintas, como ha hecho un filón bien conocido de la historiografía franciscana, y hablar de la Regla definitiva como de algo arrancado a Francisco, más que deseado por él, no hay duda de que llovió mucho entre las dos fechas. ¡Y mucho ha llovido también desde la primitiva regla! Del tenor de esta primitiva regla estamos informados directamente por Francisco, quien escribe en el Testamento: “Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba qué debía hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio. Y yo lo hice escribir en pocas palabras y sencillamente y el señor Papa me lo confirmó”. Escribe Celano: “Viendo el bienaventurado Francisco que el Señor Dios le aumentaba de día en día el número de seguidores, escribió para sí y sus hermanos presentes y futuros, con sencillez y en pocas palabras una forma de vida y regla, sirviéndose, sobre todo, de textos del santo Evangelio, cuya perfección solamente deseaba. Añadió, con todo, algunas pocas cosas más, absolutamente necesarias para poder vivir santamente” [5]. Las “pocas palabras”, puestas por escrito, comprendían sin duda los textos evangélicos que habían impactado a Francisco durante la famosa lectura del evangelio en una Misa y, por lo tanto, los pasajes sobre el envío en misión de los primeros discípulos por parte de Jesús, con las instrucciones de no llevar “ni oro, ni plata, ni pan, ni bastón, ni calzado, ni túnica de repuesto” [6]. Se piensa, no sin razón, que parte de estos textos son los que se contienen en el capítulo primero de la Regla no bulada. Con todo, éstas no eran más que ejemplificaciones parciales. El propósito verdadero de Francisco se contiene en la expresión que se volverá a encontrar en todos los estadios sucesivos de la Regla y que el santo recalcará en el Testamento: “vivir según la forma del santo Evangelio”. El propósito es un retorno sencillo y radical al evangelio, o sea, a la vida de Jesús y de sus primeros discípulos. Justamente los Ministros generales han dado a su carta de convocatoria de este capítulo el título “Vivir según el Evangelio”. 2. Carismáticos itinerantes En esta primera fase, Francisco no analizó los contenidos de su elección: esto es, qué aspectos del Evangelio se proponía revivir. Siguiendo su instinto del “sine glossa”, lo tomó en bloque, como algo indivisible. En cambio hoy nosotros podemos destacar algunos contenidos concretos de su opción, basándonos en lo que le vemos emprender antes y después del viaje a Roma y del encuentro con el Papa. Podemos hablar de las tres “P” de Francisco: predicación, plegaria [oración], pobreza. Lo primero que se pone a hacer Francisco es ir él mismo y enviar a sus compañeros por las aldeas y los pueblos a predicar la penitencia, exactamente como había oído que hacía Jesús. Jesús intercalaba la predicación con los tiempos de oración: de noche, de día, cuando amanecía, al caer la tarde; de la oración partía y a la oración volvía después de sus recorridos; lo mismo hace ahora el pequeño grupo reunido en torno a Francisco. La oración era el espléndido remate de todas las actividades del día. Todo ello acompañado de un estilo de vida pobre en el sentido más inclusivo de la palabra, o sea, hecho de pobreza material radical, pero también de pobreza espiritual, o bien de sencillez, humildad, alejamiento de los honores: cosas todas que más tarde Francisco recogerá en el nombre de “Menores”, dado a sus frailes. Hay que poner de relieve un dato importante: esta primitiva experiencia es enteramente laical. El gran historiador Joseph Lortz afirmó con fuerza: “El centro más íntimo de la piedad del santo católico, Francisco de Asís, no es clerical” [7]. La intuición de Francisco halla una singular confirmación en la orientación más reciente de los estudios sobre el Jesús histórico. Ha llegado a ser bastante común definir el grupo de Jesús y de sus discípulos, desde el punto de vista de la sociología religiosa, como “carismáticos itinerantes”, aunque el modo con el que algunos entienden esta calificación no carece de pocas reservas [8]. “Carismáticos” indica el carácter profético de la predicación de Jesús, acompañada de signos y prodigios; “itinerantes” su carácter móvil y el rechazo a establecerse en un lugar fijo, confirmado por la expresión de Jesús: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8,20). “¡Carismáticos itinerantes!”: no se podría encontrar una definición más adecuada para el primitivo grupo reunido en torno a Francisco. 3. De Francisco a Cristo Es momento ahora de intentar pasar a la actualidad para ver qué podemos aprender de este principio de los inicios del movimiento franciscano. El primer peligro, o ilusión, a evitar es el de poder reproducir en las formas externas y concretas la experiencia de Francisco. La vida y la historia son como un río: jamás vuelven atrás. Los intentos de reformas franciscanas en los que prevalece la atención a los rasgos externos de lo franciscano en el imaginario popular pueden atraer en el momento las simpatías de la gente que admira instintivamente el anticonformismo y un cierto estilo hippie, o bien tiene nostalgia de cierto pasado pre-conciliar, pero no resisten a la prueba del tiempo y de la vida. Lo que se debe reencontrar es la linfa de la que ha nacido el árbol, no replantar en la tierra su ramaje. Debemos ante todo situarnos en la perspectiva adecuada. Cuando Francisco miraba atrás, veía a Cristo; cuando nosotros miramos atrás, vemos a Francisco. La diferencia entre él y nosotros está toda aquí, pero es enorme. Pregunta: ¿en qué consiste entonces el carisma franciscano? Respuesta: ¡en mirar a Cristo con los ojos de Francisco! El carisma franciscano no se cultiva mirando a Francisco, sino mirando a Cristo con los ojos de Francisco. Cristo es todo para Francisco: es su única sabiduría y su vida. Antes de convertirse en una visión teológica en san Buenaventura y Scoto, el cristo-centrismo fue una experiencia vivida, existencial e irreflexiva de Francisco. No hay tiempo ni necesidad de multiplicar las citas. Al final de la vida, a un hermano que le exhortaba a que le leyeran las Escrituras, Francisco respondía: “(...) estoy ya tan penetrado de las Escrituras, que me basta, y con mucho, para meditar y contemplar. No necesito de muchas cosas, hijo; sé a Cristo pobre y crucificado” [9]. Estamos en el año paulino y es sumamente instructiva una comparación entre la conversión de Pablo y la de Francisco. La una y la otra se trataron de un encuentro fulminante con la persona de Jesús; ambos fueron “alcanzados por Cristo” (Flp 3,12). Ambos pudieron decir: “Para mí, vivir es Cristo” y “Ya no soy yo quien vivo; es Cristo quien vive en mí” (Flp 1,21; Ga 2,20); ambos pudieron decir –Francisco en un sentido más fuerte todavía que Pablo-: “llevo sobre mi cuerpo las estigmazas de Jesús” (Ga 6,17). Es significativo que los textos de la Liturgia de las Horas y de la Misa de la fiesta de san Francisco estén tomados en gran parte de las cartas de Pablo. La famosa metáfora de las bodas de Francisco con la Señora Pobreza, que ha dejado huellas profundas en el arte y en la poesía franciscana, puede ser desviadora. El enamoramiento no es de una virtud, aunque fuera la pobreza; el enamoramiento es de una persona. Las bodas de Francisco fueron, como las de otros místicos, un esponsalicio con Cristo. La respuesta de Francisco a quien le preguntaba si quería tomar mujer: “Tomaré la esposa más noble y bella que jamás hayáis visto”, normalmente se interpreta mal. Del contexto se deduce claramente que la esposa no es la pobreza, sino el tesoro escondido y la perla preciosa, o sea, Cristo. Comenta Celano: “La esposa es la verdadera religión que abrazó, y el tesoro escondido es el reino de los cielos, que tan esforzadamente él buscó” [10]. 4. Una predicación franciscana renovada A la luz de estas premisas procuremos ver cómo podríamos realizar hoy estos tres aspectos fundamentales de la primitiva experiencia franciscana que he evidenciado: predicación, plegaria [oración] y pobreza. A propósito del primero, la predicación, habría que plantearse ante todo una cuestión inquietante: ¿qué lugar ocupa actualmente la predicación en la orden franciscana? En una predicación a la Casa Pontificia, brindé en una ocasión reflexiones que creo que pueden servirnos también aquí. En las iglesias protestantes, y especialmente en ciertas iglesias nuevas y sectas, la predicación lo es todo. En consecuencia, a ello se encaminan y encuentran modo natural de expresarse los elementos más dotados. Es la actividad número uno en la Iglesia. En cambio ¿quiénes son los que se reservan a la predicación entre nosotros? ¿Dónde van a parar las fuerzas más vivas y válidas de la Iglesia? ¿Qué representa el oficio de la predicación, entre todas las posibles actividades y destinos de los jóvenes sacerdotes? Me parece vislumbrar un grave inconveniente: que se dediquen a la predicación sólo los elementos que quedan después de la elección por los estudios académicos, por el gobierno, por la diplomacia, por la enseñanza, por la administración. Hablando a la Casa Pontificia dije: hay que devolver al oficio de la predicación su puesto de honor en la Iglesia; aquí añado: hay que devolver al oficio de la predicación el lugar de honor en la familia franciscana. Me ha impresionado una reflexión de De Lubac: “El ministerio de la predicación no es la vulgarización de una enseñanza doctrinal en manera más abstracta, que sería respecto a aquella anterior y superior. La predicación es, al contrario, la enseñanza doctrinal misma, en su forma más elevada” [11]. San Pablo, el modelo de todos los predicadores, ciertamente anteponía la predicación a cualquier cosa, y todo lo subordinaba a ella. Hacía teología predicando, y no una teología de la que otros dedujeran después las cosas más elementales para transmitir a los fieles en la predicación. Los católicos estamos más preparados, por nuestro pasado, para ser “pastores” que “pescadores” de hombres; esto es, estamos más preparados para apacentar a las personas que han permanecido fieles a la Iglesia que para traer a ella a nuevas personas, o para “repescar” a las que se han alejado. La predicación itinerante elegida por san Francisco para sí, responde precisamente a esta exigencia. Sería una lástima si ahora la existencia de iglesias y grandes estructuras propias hiciera también de nosotros, franciscanos, sólo pastores y no pescadores de hombres. Nosotros, franciscanos, somos “evangélicos” por nacimiento y por vocación; no debemos permitir que la predicación itinerante, en ciertos continentes -como América Latina-, la lleven a cabo sólo las modernas Iglesias “Evangélicas” protestantes. Asimismo habría que hacer observaciones importantes sobre el contenido de nuestra predicación. Se sabe que la primitiva predicación franciscana estaba completamente centrada en el tema de la “penitencia”; hasta el punto que el primitivo nombre que se dieron los frailes fue el de “penitentes de Asís”. Por predicación penitencial se entendía entonces una predicación enfocada en la conversión en el sentido del cambio de costumbres, por lo tanto de carácter moral. Fue el mandato que dio Inocencio III a los frailes: “Id con el Señor, hermanos, y, según Él se digne inspiraros, predicad a todos la penitencia” [12]. En la Regla definitiva este contenido moral se especifica: los predicadores deben anunciar “los vicios y las virtudes, la pena y la gloria” [13]. En este punto, un retorno mecánico al origen sería fatal. En una sociedad impregnada toda de cristianismo, el tema de las obras constituía el aspecto sobre el que era más natural y urgente insistir. Hoy ya no es así. Vivimos en una sociedad que en muchos países ha pasado a ser post-cristiana; lo más necesario es ayudar a los hombre a llegar a la fe, a descubrir a Cristo. Por eso no basta con una predicación moral o moralista; se necesita una predicación kerigmática dirigida al corazón del mensaje, que anuncie el misterio pascual de Cristo. Con este anuncio los apóstoles evangelizaron el mundo pre-cristiano y con tal anuncio podemos confiar en re-evangelizar el mundo post-cristiano. Francisco, y gracias a él también en parte sus primeros compañeros, lograron evitar este límite moralista en su predicación. En él vibra con toda su fuerza la novedad evangélica. El evangelio es de verdad evangelio, o sea, buena nueva; anuncio del don de Dios al hombre antes aún que respuesta del hombre. Dante recogió bien este clima, cuando dice de él y de sus primeros compañeros: “Su concordia y sus felices semblantes, su maravilloso amor y la dulzura de sus miradas fueron causa de santos pensamientos”. [14] Habían hallado –dicen las fuentes- el tesoro escondido y la piedra preciosa, y querían darlo a conocer a todos [15]. El aire que se respira alrededor de Francisco no es el de ciertos predicadores franciscanos posteriores, especialmente en el período de la Contrarreforma, del todo centrada en las obras del hombre, austera y aflictiva, pero de una austeridad más cercana a la de Juan Bautista que a la de Jesús. La imagen misma de Francisco se altera gravemente en este clima. Casi todos los cuadros de esta época le representan en meditación con una calavera en la mano, ¡a él, para quien la muerte era una hermana buena! Así que sigamos también nosotros, franciscanos, predicando la conversión, pero demos a esta palabra el sentido que le daba Jesús cuando decía: “Convertíos y creed en el evangelio” (Mc 1,15). Antes de Él, convertirse quería decir siempre cambiar de vida y de costumbres, volver atrás (¡es el sentido del hebreo shub!), a la observancia de la ley y de la alianza quebrantada. Con Jesús ya no quiere decir volver atrás, sino dar un salto adelante y entrar en el reino que ha venido gratuitamente entre los hombres. “Convertíos y creed” no son dos cosas separadas, sino la misma cosa: ¡convertíos, esto es, creed en la buena nueva! Es la gran novedad evangélica y Francisco la acogió instintivamente, sin esperar a la teología bíblica del momento. 5. Una oración franciscana El segundo elemento que caracteriza la primitiva experiencia de Francisco, como hemos visto, es una intensa vida de oración. En esta fase inicial, la oración franciscana es, como la predicación, una oración carismática. Más adelante, con la clericalización de la orden, el oficio divino se convertirá en la base de la oración de los frailes, pero al inicio no había breviarios ni otros libros. Oraban espontáneamente, como sugería el Espíritu, solos o juntos. Un capítulo de las Florecillas ha conservado un recuerdo de esta oración sin libros de Francisco y de sus compañeros [16]. ¿Cómo reencontrar en nuestras comunidades algo de aquella oración espontánea, originaria? Antes de ser la oración de la primitiva comunidad franciscana, fue la oración de la primitiva comunidad cristiana. Pablo escribía a las comunidades: “Cuando os reunís, cada cual puede tener un salmo, una instrucción, una revelación, un discurso en lengua, una interpretación” (1 Co 14,26); y también: “Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor” (Ef 5,19). Pues digámoslo: la oración común de las comunidades tradicionales corre peligro de reducirse fácilmente a lo que Isaías definía “nociones enseñadas por los hombres”, un “honrar con los labios mientras que su corazón está lejos de Él” (Cf. Is 29,13-14). Ciertamente no debemos despreciar la oración litúrgica, pero es necesario sostenerla y mantenerla viva con otros tipos de oración; por sí sola no basta. Conocemos sólo dos tipos de oración: la oración litúrgica y la oración personal. La oración litúrgica es comunitaria, pero no espontánea; la oración personal es espontánea, pero no comunitaria. Se necesita una oración que sea al mismo tiempo comunitaria y espontánea, y esto es lo que llamamos oración carismática -no quién sabe qué extrañas formas de oración-. Ésta permitiría, en determinadas circunstancias o dentro de la oración litúrgica misma –cuando está consentido-, momentos de auténtico compartir espiritual entre hermanos. De otra forma existe el riesgo de que compartamos todo en nuestras comunidades, excepto nuestra fe y nuestra experiencia de Jesús. Se habla de todo menos de Él. El Espíritu Santo ha devuelto a la vida este tipo de oración carismática; es la fuerza de casi todas las nuevas comunidades y movimientos eclesiales del post-concilio. Podemos abrirnos a esta gracia sin traicionar en lo más mínimo nuestra identidad; es más, manifestándola. Cuando en la Iglesia apareció la renovación evangélica de Francisco y de las órdenes mendicantes en general, todas las órdenes preexistentes se beneficiaron de esta gracia, viendo en ella un desafío para redescubrir su propia inspiración evangélica de sencillez y pobreza. Lo mismo deberíamos hacer nosotros, órdenes tradicionales, ante los nuevos movimientos suscitados por el Espíritu en la Iglesia. La oración carismática es esencialmente una oración de alabanza, de adoración, ¿y quién, más que Francisco, ha personalizado este tipo de oración? Un teólogo jesuita, antiguo profesor en la Gregoriana, Francis Sullivan, definió a Francisco de Asís como “el mayor carismático de la historia de la Iglesia”. La renovación de la orden franciscana se presenta constantemente ligada, en su historia, a la renovación de la oración; ha partido casi siempre de casas de retiro y de oración. 6. Ser “para los pobres” y “ser pobres” En cuanto al tercer elemento, la pobreza, diré sólo algo que ayuda a situar el ideal franciscano de la pobreza en la historia de la salvación y de la Iglesia y a ver cómo, también en este punto, Francisco lleva a cabo una vuelta al evangelio. A propósito de la pobreza, el paso del Antiguo al Nuevo Testamento marca un salto de calidad. Se puede sintetizar así: el Antiguo Testamento nos presenta a un Dios “para los pobres”; el Nuevo Testamento a un Dios que se hace Él mismo “pobre”. El Antiguo Testamento está lleno de textos sobre el Dios “que escucha el grito de los pobres”, que “se apiada del débil y del pobre”, que “defiende la causa de los infelices”, que “hace justicia a los oprimidos” [17]; pero sólo el Evangelio nos habla del Dios que se hace uno de ellos, que elige para sí mismo la pobreza y la debilidad: “Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre por vosotros” (2 Co 8,9). La pobreza material, de ser un mal a evitar, adquiere el aspecto de un bien a cultivar, un ideal a perseguir. Ésta es la gran novedad que trae Cristo. De este modo se aclaran ya los dos componentes esenciales del ideal de la pobreza bíblica, que son: ser “para los pobres” y ser “pobres”. La historia de la pobreza cristiana es la historia de la diferente actitud ante estas dos exigencias. Una primera síntesis y un equilibrio entre las dos instancias se alcanzó en el pensamiento de hombres como san Basilio y san Agustín, y en la experiencia monástica por ellos emprendida, en la cual, a la pobreza personal más rigurosa, se une una solicitud semejante por los pobres y los enfermos -que se concreta en instituciones adecuadas que servirán, en algunos casos, como modelo para las futuras obras caritativas de la Iglesia. En la Edad Media, asistimos a la repetición de este ciclo en otro contexto. La Iglesia, y en particular las antiguas órdenes monásticas, bastante enriquecidas en Occidente, cultivan ya la pobreza casi sólo en la forma de la asistencia a los pobres, a los peregrinos, o sea, gestionando instituciones caritativas. Contra esta situación, a partir del comienzo del segundo milenio, se alzan los llamados movimientos pauperísticos que ponen en primer plano el ejercicio efectivo de la pobreza, el retorno de la Iglesia a la sencillez y pobreza del Evangelio. El equilibrio y la síntesis se realizan, esta vez, por las órdenes mendicantes y en especial por Francisco, quien se esfuerza por practicar, a la vez, un despojo radical y una atención amorosa a los pobres, los leprosos, y sobre todo por vivir la propia pobreza en comunión con la Iglesia, no contra ella. Con todas las cautelas del caso, podemos tal vez percibir una dialéctica análoga también en la época moderna. La explosión de la conciencia social el siglo pasado y del problema del proletariado rompió de nuevo el equilibrio, impulsando a poner entre paréntesis el ideal de la pobreza voluntaria, elegida y vivida en el seguimiento de Cristo, para interesarse en el problema de los pobres. Sobre el ideal de una Iglesia pobre, prevalece la preocupación “por los pobres” que se traduce en mil iniciativas e instituciones nuevas, sobre todo en el ámbito de la educación de los niños pobres y de la asistencia a los más abandonados. También la doctrina social de la Iglesia es producto de este clima espiritual. Fue el Concilio Vaticano II el que volvió a poner en primer plano el discurso sobre “Iglesia y pobreza”. En la Constitución sobre la Iglesia se lee, al respecto: “Como Cristo efectuó la redención en la pobreza y en la persecución, así la Iglesia es llamada a seguir ese mismo camino... Cristo fue enviado por el Padre a evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos, para buscar y salvar lo que estaba perdido; de manera semejante la Iglesia abraza a todos los afligidos por la debilidad humana, más aún, reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en aliviar sus necesidades y pretende servir en ellos a Cristo” [18]. En este texto se reúnen las dos cosas: ser pobres y estar al servicio de los pobres. Estos desarrollos también nos interpelan a los franciscanos de hoy. No deberíamos cometer el error de volver a la pobreza como se concebía, en las órdenes religiosas, antes de Francisco, y en la Iglesia universal antes del Vaticano II, o sea, casi sólo como ser “para los pobres”, promover iniciativas sociales. A los franciscanos no nos basta con una “opción preferencial por los pobres”; se necesita también una “opción preferencial de la pobreza”. El significado concreto de esto varía de un lugar a otro, y no es mi intención aventurarme en sugerencias prácticas. Sólo digo que comparto la preocupación expresada por mi Ministro general, el padre Mauro Jori, en su reciente carta titulada: “¡Reavivemos la llama de nuestro carisma!”, en la que denuncia el peligro, presente en ciertos ambientes, de transformar la opción de la pobreza de san Francisco en una opción de riqueza y de promoción social, que separa de la gente común más de lo que lleva a compartir su tenor de vida. 7. Nuestra situación en la Iglesia Ahora desearía intentar ver cómo se situó Francisco respecto a la Iglesia de su tiempo y como, con su ejemplo, debemos situarnos los franciscanos de hoy. De las relaciones de Francisco con la Iglesia jerárquica tenemos, como es sabido, dos visiones opuestas: la de la historiografía oficial de la orden, del Francisco “vir catholicus et totus apostolicus”, y la de los Espirituales de entonces, hecha propia por Sabatier, que habla de un conflicto más o menos latente y de instrumentalización de Francisco por parte de la jerarquía. De esta última, por razones obvias de espectacularidad, es de la que se han apropiado en general las películas sobre Francisco. Todos recuerdan la frase que un cardenal pronuncia, con un guiño, en la cinta de Zeffirelli “Hermano sol, hermana luna”, después que Inocencio III ha acogido a Francisco: “He aquí un hombre que hablara a los pobres y los llevara de nuevo a nosotros”. Hasta la reducción televisiva de hace dos años sobre Francisco y Clara, por otro lado no exenta de valor, se acomoda a tal estereotipo. La historia raramente transcurre en blanco y negro; con frecuencia prevalecen las medias tintas. Las intenciones humanas, incluso de los responsables de la Iglesia, no son siempre unívocas y puramente espirituales, especialmente en un tiempo como el de Inocencio III, en el que el Papa era la realidad política más visible del mundo occidental. Pero ¿por qué pensar que el Papa y los cardenales intentaran sólo reconquistar a las masas para sí, y no también para Jesucristo y el evangelio? A la interpretación “malévola” de la actitud de la jerarquía podemos, con buenas razones –también históricas-, oponer una interpretación “benévola”. La Iglesia jerárquica se da cuenta de que no puede, dado el papel que desempeña en el mundo, llegar directamente a las masas populares en ebullición y ve en Francisco y en Domingo los instrumentos para esta necesidad urgente de la Iglesia frente a la agresividad de los movimientos heréticos. Contamos con una confirmación de esta intención pastoral y no política de la actitud de Inocencio III, en el origen de la devoción de Francisco por la Tau. En el profeta Ezequiel leemos: “La gloria del Dios de Israel se levantó de sobre los querubines sobre los cuales estaba, hacia el umbral del templo. Llamó entonces al hombre vestido de lino que tenía la cartera de escriba en la cintura; y el Señor le dijo: ‘Pasa por la ciudad, por Jerusalén y marca una tau en la frente de los hombres que gimen y lloran por todas las abominaciones que se comenten en medio de ella’” (Ez 9, 1-4). En el discurso de apertura del Concilio Lateranense IV en 1215, el anciano Papa Inocencio III retomó este símbolo. Habría querido -decía- ser él mismo aquel hombre “vestido de lino que tenía la cartera de escriba en la cintura” y pasar personalmente por toda la Iglesia marcando una Tau en la frente de las personas que aceptaban entrar en situación de verdadera conversión [19]. Evidentemente no podía hacerlo en persona, y no sólo porque era anciano. Escuchándole, oculto entre la multitud, se piensa que estaba también Francisco de Asís; es cierto, en cualquier caso, que el eco del discurso del Papa llegó hasta él, que acogió el llamamiento y lo hizo suyo. Desde aquel día empezó a predicar, todavía con mayor intensidad que antes, la penitencia y la conversión, y a marcar una Tau en la frente de las personas que se acercaban a él. La Tau se convirtió en su sello. Con ella firmaba sus cartas, la dibujaba en las celdas de los frailes. San Buenaventura pudo decir tras su muerte: “la misión que tuvo fue de llamar a los hombres al llanto y al luto (…) y a grabar en la frente de los que gimen y se duelen el signo Tau” [20]. Por esto a veces Francisco fue llamado “el ángel del sexto sello”: el ángel que lleva, él mismo, el sello del Dios vivo y lo marca en la frente de los elegidos (Cf. Ap 7,2 s.). Francisco asumió la tarea que la Iglesia jerárquica no podía llevar a cabo, ni siquiera mediante su clero secular. Lo hizo sin espíritu polémico o apologético. No polemizó ni con la Iglesia institucional, ni con los enemigos de la Iglesia institucional; con nadie. En ello su estilo es distinto hasta de su contemporáneo Domingo. Nos preguntamos: ¿qué dice todo esto respecto a nosotros? Por motivos diferentes a los de entonces (¡pero no del todo!), también hoy las masas se han apartado de la Iglesia institucional. Se ha creado un foso. Mucha gente ya no es capaz de llegar a Jesús a través de la Iglesia; hay que ayudarla a llegar a la Iglesia a través de Jesús, recomenzando desde Él y del evangelio. No se acepta a Jesús por amor a la Iglesia, pero se puede aceptar a la Iglesia por amor a Jesús. He aquí una tarea precisamente de los franciscanos. Estamos en una posición única para hacerlo. Nos predispone a este papel la herencia de nuestro padre Francisco, el inmenso patrimonio de credibilidad que adquirió en toda la humanidad. Su intuición de una fraternidad universal que se extiende a todas las criaturas, acompañada de la opción de la minoridad, hacen de él y de sus seguidores los hermanos de todos, los enemigos de nadie, los compañeros de los últimos. La elección del Papa Juan Pablo II en cuanto Asís, como lugar de encuentro de las religiones, y otras iniciativas innumerables, son una señal de esta vocación de los hijos de Francisco. La condición para poder desempeñar esta tarea de puente entre la Iglesia y el mundo es tener, como Francisco, un profundo amor y fidelidad a la Iglesia y un profundo amor y solidaridad con el mundo, sobre todo con el mundo de los humildes. Un medio no desdeñable es asimismo nuestro sayal franciscano. A través de él, Francisco se hace presente también visiblemente a los hombres de hoy. Si la gente nunca nos ve con el hábito, ¿cómo puede identificarnos como hijos de Francisco? Estoy convencido de que si los franciscanos dejaran de llevar sistemáticamente el hábito religioso en público, aún cuando se encuentran en países cristianos y católicos, privarían al mundo de un gran don y a sí mismos de una gran ayuda. Con su hábito, Francisco –como dice de Abel la carta a los Hebreos- “defunctus adhuc loquitur”: “aún muerto, habla todavía” (Hb 11,4). Tengo de ello una prueba personal, en la ayuda que encuentro en el hábito durante mi servicio en televisión. 8. Un nuevo Pentecostés franciscano ¿Cómo poner por obra todas las propuestas evocadas y las todavía más numerosas que sin duda surgirán de las intervenciones siguientes? La respuesta nos viene de la palabra pronunciada por Francisco, cercano al final de su vida: “He concluido mi tarea; Cristo os enseñe la vuestra” [21]. Esta palabra no se dirigía sólo a los presentes, sino a sus seguidores de todos los tiempos. Estamos llamados a lo que se decía al inicio sobre el carisma franciscano: no consiste en mirar a Francisco, sino en mirar a Cristo con los ojos de Francisco. Hay algo que permanece inmutable desde Francisco hasta nosotros, sean cuales sean los cambios históricos y sociales: el Espíritu del Señor. Toda la vida del Pobrecillo, si se le presta atención, acontece bajo la guía del Espíritu Santo. Casi cada capítulo de su vida se abre con la observación: “Francisco, movido, o inspirado, por el Espíritu Santo, fue, dijo, hizo...”. En la celebración del 1.600 aniversario del Concilio ecuménico Constantinopolitano I –el concilio que definió la divinidad del Espíritu Santo-, el Papa Juan Pablo II escribió: “Toda la labor de renovación de la Iglesia, que el Concilio Vaticano II ha propuesto e iniciado tan providencialmente... no puede realizarse a no ser en el Espíritu Santo, es decir, con la ayuda de su luz y de su virtud” [22]. Esto vale más que nunca para la renovación de las órdenes religiosas. Existen sólo dos tipos posibles de renovación: una renovación según la ley y una renovación según el Espíritu. El cristianismo –lo enseña Pablo- es una renovación según el Espíritu (Tt 3,5), no según la ley. En realidad la ley no ha logrado renovar verdaderamente ninguna orden religiosa; saca a la luz la trasgresión, pero no da la vida. Es útil y preciosa si se pone al servicio de la “ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús” (Rm 8,2), no si pretende sustituirla. Si, como escribe santo Tomás de Aquino, también la letra del Evangelio y los preceptos morales contenidos en él matarían si no se añadiera, en su interior, la gracia de la fe y la fuerza del Espíritu Santo [23], ¿qué deberíamos decir de todas las demás leyes positivas, incluidas las leyes monásticas? “La Ley fue dada por medio de Moisés, escribe san Juan, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Jn 1,17). Aplicado a nosotros, esto significa: las reglas fueron dadas por Benedicto, por Francisco, por Domingo, Ignacio de Loyola…, pero la gracia nos viene siempre y solo de Jesucristo. Debemos preguntarnos qué puede significar para nosotros, franciscanos, acoger la gracia del “nuevo Pentecostés” invocada por Juan XXIII. La segunda generación franciscana se vio a sí misma como la realización de las profecías de Joaquín de Fiore sobre una nueva edad del Espíritu. Había, evidentemente, ingenuidad, si no orgullo, en esta identificación, sin contar con que la tesis misma de una tercera era del Espíritu Santo –sea o no atribuible en esta forma a Joaquín- es herética e inaceptable. Sin embargo hay algo que podemos retener de este discutido capítulo de nuestra historia: la convicción de ser una realidad suscitada por el Espíritu Santo y que está llamada a mantener viva en el mundo la llama de Pentecostés. El primer capítulo de las Esteras se abrió el día de Pentecostés de 1221; comenzó por lo tanto con el solemne canto del Veni creator que formaba ya parte de la liturgia de Pentecostés. Este himno, compuesto en el siglo IX, ha acompañado a la Iglesia en cada gran evento del segundo milenio cristiano: cada concilio ecuménico, sínodo, cada nuevo año o siglo ha empezado con su canto; todos los santos de estos diez siglos lo han cantado y han dejado en sus palabras la impronta de su devoción y amor al Espíritu. Con él también invocamos nosotros la presencia del Espíritu sobre este nuevo Capítulo de las esteras. Ven Espíritu creador. Renueva el prodigio obrado al comienzo del mundo. Entonces la tierra estaba vacía, desierta, y las tinieblas cubrían la faz del abismo; pero cuando empezaste a aletear sobre él, el caos se transformó en cosmos (Cf. Gn 1,1-2), o sea, en algo bello, ordenado, armonioso. También nosotros experimentamos un vacío, la impotencia de darnos una forma y una vida nueva. Mueve tus alas, ven sobre nosotros; transforma nuestro caos personal y colectivo en una nueva armonía, en “algo bello para Dios” y para la Iglesia. Renueva igualmente el prodigio de los huesos secos que vuelven a la vida, se ponen de pié y forman un ejército numeroso (Cf. Ez 37,1 ss.). Nosotros ya no decimos como Ezequiel: “Ven, Espíritu, de los cuatro vientos”, como si no supiéramos aún de dónde sopla el Espíritu. En la semana pascual decimos. “¡Ven, Espíritu, del costado traspasado de Cristo en la cruz! ¡Ven de la boca del Resucitado!”. [Traducción del original italiano por Marta Lago] ----------------------------- [1] E. Durkheim, Giudizi di valore e giudizi di realtà, in Sociologia e filosofia, Comunità, Milano 1963, pp. 216 s, (cit. da F. Alberoni, Innamoramento e amore, Garzanti, Milano 198625. [2] M. Weber, Economia e società, Comunità, Milano 1961, vol. II, pp. 431 ss. (cit. da Alberoni, ib.). [3] Cf. F. Alberoni, op. cit. pp. 5-9. [4] P. Sabatier, Vita di san Francesco d’Assisi, Mondadori, Milano 1978, p. 75. [5] Celano, Vita prima, XIII, 32. [6] Cf. Leyenda de los tres compañeros VIII, 25. [7] J. Lordtz, Francesco d’Assisi. Un santo unico, Edizioni Paoline 1973, p. 132. [8] Cf. G. Theissen e A. Merz, Il Gesù storico. Un manuale, Queriniana, Brescia 20032, pp. 235 ss. y la crítica di D.G. Dunn, Gli albori del cristianesimo, I,1, Paideia, Brescia 2006, pp. 71ss. [9] Celano, Vita secunda, LXXI, 105. [10] Cf. Celano, Vita prima, III, 7 (FF, 331). [11] H. de Lubac, Exégèse médiévale, I,2, Parigi 1959, p.670. [12] Celano, Vita prima, XIII, 33. [13] Segunda Regla, cap. IX. [14] Divina Commedia, Paradiso, XI, vv.76-78. [15] Cf. Celano, Vita prima, III, 6-7. [16] Fioretti cap. IX. [17] Sobre esto tema de Dios como soberano justo que defiende a los oprimidos en el Antiguo Testamento, cf. J. Dupont, Le beatitudini, Edizioni Paoline 1976, pp.596 ss. [18] Lumen gentium, 8. [19] Inocencio III, Sermo VI (PL 217, 673-678). [20] S. Buenaventura, Legenda maior, Prólogo, 2. [21] Celano, Vita secunda, CLXII, 214 [22] Juan Pablo II, Carta apostòlica “A concilio Costantinopolitano I”, in AAS 73 (1981), p. 489. [23] Tomas de Aquino, Summa theologiae, I-IIae, q. 106, a. 1-2. | |
sábado, 2 de enero de 2010
“Observamos la regla que hemos prometido”
Siervos y amigos de Jesucristo.
2009-12-04- Primera predicación de Advientoa la Curia Romana |
1. Al manantial de todo sacerdocio En la elección del tema de estas predicaciones a la Casa Pontificia siempre trato de dejarme guiar por la gracia particular que está viviendo la Iglesia. El año pasado era la gracia del año paulino, este año es la gracia del año sacerdotal, cuya proclamación, Santo Pare, le agradecemos profundamente. El Concilio Vaticano II ha dedicado al tema del sacerdocio todo un documento, el Presbyterorum ordinis; Juan Pablo II, en 1992, dirigió a toda la Iglesia la exhortación postsinodal Pastores dabo vobis, sobre la formación de los sacerdotes en la situación actual; el actual sumo pontífice, al convocar este año sacerdotal, trazó un breve pero intenso perfil del sacerdote a la luz de la vida del santo cura de Ars. Son innumerables las intervenciones de los obispos sobre este tema, por no hablar de los libros escritos sobre la figura y la misión del sacerdote en el siglo que ha concluido recientemente, algunos de los cuales son obras literarias de primer orden. ¿Qué puede añadirse a todo esto en el breve tiempo de una meditación? Me alienta el dicho con el que un predicador comenzaba su curso de ejercicios: "Non nova ut sciatis, sed vetera ut faciatis"; lo importante no es conocer cosas nuevas, sino aplicar las conocidas. Renuncio, por tanto, a todo intento de síntesis doctrinal, de presentaciones globales o de perfiles ideales del sacerdote (no tendría ni el tiempo ni la capacidad) y trataré de hacer vibrar nuestro corazón sacerdotal con el contacto de la Palabra de Dios. La Palabra de la Escritura, que nos servirá como hilo conductor, se encuentra en I Corintios 4,1, que muchos de nosotros recordamos en la traducción latina de la Vulgata: "Sic nos existimet homo ut ministros Christi et dispensatores mysteriorum Dei": "Que nos tengan los hombres por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios". Podemos complementarla, en ciertos aspectos, con la definición de la carta a los Hebreos: "Todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados" (Hebreos 5,1). Estas frases tienen la ventaja de replantearnos la raíz del sacerdocio, es decir, ese estadio de la revelación en el que el ministerio apostólico todavía no se ha diversificado, dando lugar a los tres grados canónicos de obispos, presbíteros y diáconos, que, al menos en lo que se refiere a las respectivas funciones, llegarán a aclararse con san Ignacio de Antioquía, a inicios del siglo II. Esta raíz común es subrayada por el Catecismo de la Iglesia Católica que define el orden sagrado como "el sacramento gracias al cual la misión confiada por Cristo a sus Apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos: es, pues, el sacramento del ministerio apostólico" (n. 1536). En nuestras meditaciones trataremos de referirnos lo más posible a ese estadio inicial con el objetivo de comprender la esencial del ministerio sacerdotal. En este Adviento, sólo tomaremos en consideración la primera parte de la frase del apóstol: "Servidores de Cristo". Si Dios quiere, continuaremos en Cuaresma nuestra reflexión, meditando en lo que significa para un sacerdote ser "administrador de los misterios de Dios" y cuáles son los misterios que debe administrar. "¡Siervos de Cristo!" (con signos de exclamación, para indicar la grandeza, dignidad y belleza de este título): es la frase que debería tocar nuestro corazón en la presente meditación y hacer que vibre de santo orgullo. Aquí no hablamos de los servicios prácticos o ministeriales, como administrar la palabra y los sacramentos (de esto, como decía, hablaremos en Cuaresma); en otras palabras, no hablamos del servicio como "acto", sino del servicio como "estado", como vocación fundamental y como identidad del sacerdote; hablamos en el mismo sentido y con el mismo espíritu con que lo hacía Pablo, que al inicio de sus cartas siempre se presenta así: "Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación". En el pasaporte invisible del sacerdote, con el que se presenta cada día ante la presencia de Dios y de su pueblo, en el apartado "profesión" debería decir: "Siervo de Jesucristo". Todos los cristianos son obviamente siervos de Cristo, pero el sacerdote lo es con un título y un sentido totalmente particular, como todos los bautizados son sacerdotes, pero el ministro ordenado lo es con un título y un sentido diferente y superior. 2. Continuadores de la obra de Cristo El servicio esencial que el sacerdote está llamado a ofrecer a Cristo consiste en continuar su obra en el mundo: "Como el Padre me envió, también yo os envío" (Juan 20, 21). El papa san Clemente, en su famosa Carta a los Corintios, comenta: "Cristo es enviado por Dios y los apóstoles por Cristo... Éstos, predicando por doquier, en el campo y en la ciudad, nombraron a sus primeros sucesores, habiendo sido puestos a prueba por el Espíritu para ser obispos y diáconos". Cristo es enviado por el Padre, los apóstoles por Cristo, y los obispos por los apóstoles: es la primera formulación clara del principio de la sucesión apostólica. Pero esa palabra de Jesús no tiene sólo un significado jurídico y formal. Es decir, no sólo fundamenta el derecho de los ministros ordenados a hablar como "enviados" por Cristo; indica también el motivo y el contenido de este mandato, que es el mismo por el que el Padre envió al Hijo al mundo. Y, ¿por qué envió Dios a su Hijo al mundo? También en este caso renunciamos a respuestas globales, completas, para las que haría falta leer todo el Evangelio; nos limitamos alguna de las declaraciones programáticas de Jesús. Ante Pilato, afirma solemnemente: "para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad" (Juan 18, 37). Continuar con la obra de Cristo comporta, por tanto, que el sacerdote dé testimonio de la verdad, hacer que brille la luz de lo verdadero. Basta tener en cuenta el doble significado de la palabra verdad, aletheia, en Juan. Oscila entre la "realidad" divina y el "conocimiento" de la realidad divina, entre un significado ontológico u objetivo y uno gnoseológico o subjetivo. Verdad es "la realidad eterna en cuanto revelada a los hombres, que hace referencia tanto a la misma realidad como a su revelación" (H. Dodd, L'interpretazione del Quarto Vangelo, Paideia, Brescia 1974, p. 227). La interpretación tradicional ha entendido "verdad" sobre todo en el sentido de revelación y conocimiento de la verdad; en otras palabras, como verdad dogmática. Esta es ciertamente una tarea esencial. La Iglesia, en su conjunto, la desempeña por medio del magisterio, de los concilios, de los teólogos, y de cada sacerdote, predicando al pueblo la "sana doctrina". Pero no hay que olvidar el otro significado que Juan da a la verdad: el de realidad conocida, más que conocimiento de la realidad. Desde esta perspectiva, la tarea de la Iglesia y de cada sacerdote no se limita a proclamar las verdades de fe, sino que debe ayudar a experimentarlas, a entrar en contacto íntimo y personal con la realidad de Dios, a través del Espíritu Santo. "La fe --escribió santo Tomás de Aquino-- no termina con la enunciación, sino con la realidad" ("Fides non terminatur ad enuntiabile sed ad rem"). Del mismo modo, los maestros de la fe no pueden contentarse con enseñar las verdades de fe, tienen que ayudar a las personas a alcanzar el objetivo, a no tener sólo una "idea" de Dios, sino a hacer la experiencia de Él, según el sentido bíblico de conocer, diferente, como se sabe, del griego y filosófico. Otra declaración programática de intenciones es la que Jesús pronuncia ante Nicodemo: "Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él" (Gv 3, 17). Esta frase hay que leerla a la luz de la precedente: "Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna". Jesús vino a revelar a los hombres la voluntad salvífica y el amor misericordioso del Padre. Toda su predicación se resume en la palabra que dirige a los discípulos en la Última Cena: "¡El Padre os quiere!" (Juan 16, 27). Ser continuador en el mundo de la obra de Cristo significa asumir esta actitud de fondo ante la gente, incluidos los más alejados. No juzgar, sino salvar. No debería descuidarse el trato humano, sobre el que la Carta a los Hebreros, insiste particularmente a la hora de presentar la figura de Cristo Sumo Sacerdote y de cada sacerdote: la simpatía, el sentido de solidaridad, la compasión con el pueblo. Se ha dicho de Cristo: "No tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino que fue probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado". Del sacerdote humano afirma que "es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza. Y a causa de esa misma flaqueza debe ofrecer por los pecados propios igual que por los del pueblo" (Hebreos 4,15-5, 3). Es verdad que Jesús, en los Evangelios, también se muestra severo, juzga y condena, pero ¿con quién lo hace? No lo hace con la gente sencilla, que venía a escucharle, sino con los hipócritas, los autosuficientes, los maestros y los guías del pueblo. Jesús no era, como se dice de algunos políticos: "fuerte con los débiles y débil con los fuertes". ¡Todo lo contrario! 3. Continuadores, no sucesores Pero, ¿cómo es posible hablar de los sacerdotes como continuadores de la obra de Cristo? En toda institución humana, como sucedía en tiempos del Imperio Romano y como sucede hoy con las órdenes religiosas y todas las empresas, los sucesores continúan la "obra", pero no continúan con la "persona" del fundador. Éste, en ocasiones, es corregido, superado e incluso repudiado. Esto no sucede con la Iglesia. Jesús no tiene sucesores, pues no ha muerto, sino que está vivo; "resucitado de la muerte, la muerte ya no tiene poder sobre Él". ¿Cuál es entonces la tarea de sus ministros? La de representarle, es decir, hacerle presente, dar forma visible a su presencia invisible. En esto consiste la dimensión profética del sacerdocio. Antes de Cristo, la profecía consistía esencialmente en anunciar una salvación futura, "en los últimos días", después de Él consiste en revelar al mundo la presencia escondida de Cristo, en gritar como Juan Bautista: "En medio de vosotros hay uno que no conocéis". Un día unos griegos se dirigieron al apóstol Felipe con esta pregunta: "Señor, queremos ver a Jesús" (Juan 12, 21); la misma pregunta, más o menos explícita, lleva en el corazón quien se acerca hoy al sacerdote. San Gregorio de Nisa acuñó una famosa expresión, que normalmente se aplica a la experiencia de los místicos: "Sentimiento de presencia" (Sobre el Cántico, XI, 5, 2 --PG 44, 1001--, aisthesis parousias). El sentimiento de presencia es algo más que la sencilla fe en la presencia de Cristo; es tener el sentimiento vivo, la percepción casi física de su presencia como Resucitado. Si esto es propio de la mística, entonces quiere decir que todo sacerdote tiene que ser un místico, o por lo menos un "mistagogo", quien introduce a las personas en el misterio de Dios y de Cristo, como llevándolas de la mano. La tarea del sacerdote no es diferente, aunque esté subordinada, a la que el Santo Padre presentaba como prioridad absoluta del sucesor de Pedro y de toda la Iglesia en la carta dirigida a los obispos, el 10 de marzo pasado: "En nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí; al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo (cf. Jn 13,1), en Jesucristo crucificado y resucitado... Conducir a los hombres hacia Dios, hacia el Dios que habla en la Biblia: Ésta es la prioridad suprema y fundamental de la Iglesia y del Sucesor de Pedro en este tiempo". 4. Siervos y amigos Pero ahora tenemos que dar un paso adelante en nuestra reflexión. "¡Siervos de Jesucristo!": este título nunca debería ir solo; le debe acompañar siempre, al menos en lo profundo del corazón, otro título: ¡el de amigos! La raíz común de todos los ministerios ordenados que se perfilarán posteriormente es la elección que un día hizo Jesús de los Doce; esto es lo que de la institución sacerdotal se remonta hasta el Jesús histórico. La liturgia presenta, es verdad, la institución del sacerdocio el Jueves Santo, a causa de la palabra que Jesús pronunció después de la institución de la Eucaristía: "Haced esto en memoria mía". Pero esta frase también presupone la elección de los Doce, sin contar que, si se toma aislada, justificaría el papel de sacrificador y de liturgo del sacerdote, pero no el de anunciador del Evangelio, que es asimismo fundamental. ¿Qué dijo en aquella ocasión Jesús? ¿Por qué escogió a los Doce, después de haber rezado durante toda la noche? "Instituyó Doce para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar" (Marcos 3,14-15). Estar con Jesús e ir a predicar: estar e ir, recibir y dar: en pocas palabras se presenta lo esencial de la tarea de los colaboradores de Cristo. Estar "con" Jesús no significa sólo una cercanía física; en embrión implica ya toda la riqueza que Pablo encerrará en la fórmula "en Cristo" o "con Cristo". Significa compartir todo de Jesús: su vida itinerante, ciertamente, pero también sus pensamientos, su objetivos, su espíritu. La palabra compañero procede del latín medieval y significa quien tiene en común (con-) el pan (panis), que come el mismo pan. En los discursos de adiós, Jesús da un paso adelante, completando el título de compañeros con el de amigos: "No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Juan 15.15). Hay algo conmovedor en esta declaración de amor de Jesús. Siempre recordaré el momento en el que recibí la gracia, por un instante, de experimentar algo de esta conmoción. En un encuentro de oración, alguien había abierto la Biblia y había leído ese pasaje de Juan. La palabra "amigos" me tocó con una profundidad nunca antes experimentada; removió algo en lo profundo de mí mismo, hasta el punto de que durante todo el resto del día me repetía a mí mismo, lleno de maravilla e incredulidad: "¡Me ha llamado amigo! ¡Jesús de Nazaret, el Señor, mi Dios! ¡Me ha llamado amigo! ¡Soy su amigo! Y me parecía que con esa certeza era posible volar por los aires y atravesar el fuego. Cuando habla del amor de Jesucristo, san Pablo siempre da la impresión de que se conmueve: "¿Quién nos separará del amor de Cristo?" (Romanos 8, 35), "¡me amó y se entregó a sí mismo por mí!" (Gálatas 2, 20). Tendemos a desconfiar de la conmoción e incluso a avergonzarnos de ella. No sabemos la riqueza que nos perdemos. Jesús "se conmovió profundamente" y lloró ante la viuda de Naím (cf Lucas 7, 13) y ante las hermanas de Lázaro (cf Juan 11, 33.35). Un sacerdote capaz de conmoverse cuando habla del amor de Dios y del sufrimiento de Cristo o cuando recibe la confidencia de un gran dolor, convence más que con agudos razonamientos. Conmoverse no significa necesariamente echarse a llorar; es algo que se percibe en los ojos, en la voz. La Biblia está llena del pathos de Dios. 5. El alma de todo sacerdocio Una relación personal, llena de confianza y de amistad con la persona de Jesús, es el alma de todo sacerdocio. De cara al año sacerdote, he vuelto a leer el libro del abad Jean-Baptiste Chautard, "El alma de todo apostolado", que hizo tanto bien y sacudió a tantas conciencias en los años anteriores al Concilio. En un momento en el que se daba un gran entusiasmo por las "obras parroquiales": cine, juegos, iniciativas sociales, círculos culturales, el autor volvía a centrar bruscamente la atención sobre el problema, denunciando el peligro de un activismo vacío. "Dios --escribía-- quiere que Jesús sea la vida de las obras". No reducía la importancia de las actividades pastorales, todo lo contrario, sin embargo, afirmaba que sin una vida de unión con Cristo, no eran más que "muletas" o, como las definía san Bernardo, "malditas ocupaciones". Jesús le dijo a Pedro: "Simón, ¿me amas? Apacienta mis ovejas". La acción pastoral de todo ministro de la Iglesia, desde el Papa hasta el último sacerdote, no es más que la expresión concreta del amor por Cristo. "¿Me amas? Entonces, ¡apacienta!". El amor por Jesús marca la diferencia entre el sacerdote funcionario o ejecutivo y el sacerdote siervo de Cristo y dispensador de los misterios de Dios. El libro del abad Chautard podría llevar por título "El alma de todo sacerdocio", pues en toda la obra habla de él como agente y responsable en primera línea de la pastoral de la Iglesia. En aquella época, el peligro ante el que se trataba de reaccionar era el llamado "americanismo". El abad se remonta con frecuencia, de hecho, a la carta de León XIII "Testem benevolentiae", que había condenado esa "herejía". Hoy esta herejía, si de herejía se puede hablar, ya no sólo es "americana", sino una amenaza que, incluso a causa de la disminución de la proporción de sacerdotes, afecta al clero de toda la Iglesia: se llama activismo frenético. (Por otra parte, muchas de las instancias que procedían en aquel tiempo de los cristianos de los Estados Unidos, y en particular del movimiento creado por el siervo de Dios Isaac Hecker, fundador de los Paulist Fathers, tachadas de "americanismo", por ejemplo, la libertad de conciencia y la necesidad de un diálogo con el mundo moderno, no eran herejías, sino instancias proféticas que el Concilio Vaticano II hará en parte suyas). El primer paso para hacer de Jesús el alma del propio sacerdocio consiste en pasar del personaje Jesús al Jesús persona. El personaje es uno "de" quien se puede hablar con gusto, pero "a" quien nadie puede dirigirse y "con" quien nadie puede hablar. Se puede hablar de Alejandro Magno, de Julio César, de Napoleón todo lo que se quiera, pero si uno dijera que habla con algunos de ellos, le mandarían inmediatamente con un psiquiatra. La persona, por el contrario, es alguien con quien se puede hablar y a quien se puede hablar. Cuando Jesús no es más que un conjunto de noticias, de dogmas o de herejías, alguien del pasado, una memoria, no una presencia, se queda en un personaje. Es necesario convencerse de que está vivo y presente. Es más importante hablar con él que hablar de Él. Uno de los aspectos más hermosos de la figura de don Camilo de Giovanni Guareschi, teniendo obviamente en cuenta el género literario, se aprecia cuando habla en voz alta con el Crucifijo sobre todo lo que le sucede en la parroquia. Si nos acostumbráramos a hacerlo, con tanta espontaneidad, con nuestras palabras, ¡cuánto cambiaría en nuestra vida sacerdotal! Nos daremos cuenta de que no hablamos al vacío, sino a alguien que está presente, que escucha y responde, quizá no en voz alta como a don Camilo. 6. En primer lugar, las "piedras grandes" Al igual que en Dios toda la obra exterior de la creación mana de su vida íntima, "del incesante flujo de su amor", y así como toda la actividad de Cristo mana de su diálogo ininterrumpido don el Padre, del mismo modo todas las obras del sacerdote deben ser la prolongación de su unión con Cristo. "Como el Padre me ha enviado, así os envío yo", también significa esto: "Yo he venido al mundo sin separarme del Padre, vosotros id al mundo sin separaros de mí". Cuando se interrumpe este contacto, sucede como en una casa, cuando se va la electricidad y todo se detiene y queda a oscuras, o, en el caso del agua corriente, cuando los grifos dejan de dar agua. A veces se escucha: ¿cómo quedarnos tranquilos rezando cuando tantos necesitados reclaman nuestra presencia? ¿Cómo no correr cuando se está quemando la casa? Es verdad, pero imaginemos lo que le sucedería a un equipo de bomberos que acudiera, con las sirenas encendidas, a apagar un incendio y, al llegar al lugar, se diera cuenta de que no tiene ni una gota de agua. Es lo que nos sucede cuando corremos a predicar o a ejercer otros ministerios vacíos de oración y de Espíritu Santo. He leído una historia que me parece que se aplica de manera ejemplar a los sacerdotes. Un día, un anciano profesor fue invitado como experto para hablar sobre la planificación más eficaz del propio tiempo a los ejecutivos de grandes compañías estadounidenses. Decidió hacer un experimento. De pie, sacó de debajo de la mesa un gran jarrón de cristal vacío. Tomó después una docena de piedras del tamaño de pelotas de tenis que depositó con cuidado, una por una, en el jarrón hasta llenarlo. Cuando ya no había espacio para otras piedras, preguntó a los alumnos: "Creéis que el jarrón está lleno?", y todos respondieron: "¡sí!". Se agachó de nuevo y sacó de debajo de la mesa una caja llena de grava que derramó encima de las grandes piedras, moviendo el jarrón para que la grava pudiera penetrar entre las piedras grandes hasta llegar al fondo. "Ahora, ¿se ha llenado?", preguntó. Con más prudencia, los alumnos comenzaron a comprender y respondieron: "Quizá no todavía". El anciano profesor se agachó de nuevo y esta vez sacó un saco de arena, que derramó en el jarrón. La arena llenó los espacios entre las piedras y la grava. Preguntó nuevamente: "Ahora, ¿está lleno el jarrón?". Y todos, sin pensarlo dos veces, respondieron: "¡No!". El anciano tomó una garrafa que se encontraba en la mesa y derramó el agua hasta llenar el jarrón. Entonces, pregunta: "¿Cuál es la gran verdad que nos muestra este experimento?". El más atrevido respondió: "Demuestra que, aunque nuestra agenda esté totalmente llena, con algo de buena voluntad siempre se puede añadir algún compromiso, algo más por hacer". "No", respondió el profesor. "Lo que demuestra el experimento es que si no se meten en primer lugar las piedras gruesas en el jarrón después no podrán entrar". "¿Cuáles son las grandes piedras, las prioridades de nuestra vida? Lo importante es poner estas grandes piedras en el primer lugar de nuestra agenda?". San Pedro indicó de una vez por todas cuáles son las grandes piedras, las prioridades absolutas, de los apóstoles y de sus sucesores, obispos y sacerdotes: "nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra" (Hechos 6, 4). Nosotros, sacerdotes, más que cualquier otro, estamos expuestos al peligro de sacrificar lo importante por lo urgente. La oración, la preparación de la homilía o de la misa, el estudio y la formación, son cosas importantes, pero no urgentes; si se aplazan, en apariencia, no se hunde el mundo, mientras que hay muchas cosas pequeñas --un encuentro, una llamada por teléfono, un trabajito material-- que son urgentes. De este modo, se acaba aplazando sistemáticamente lo importante a un "después" que nunca llega. Para un sacerdote, poner en primer lugar en el vaso las grandes piedras puede significar concretamente comenzar la jornada con un tiempo de oración y de diálogo con Dios, de manera que las actividades y los diferentes compromisos no acaben ocupando todo el espacio. Concluyo con una oración del abad Chautard que se encuentra en el programa de estas meditaciones: "Oh Dios, dad a la Iglesia muchos apóstoles, pero suscitad en su corazón una sed ardiente de intimidad con Vos y, al mismo tiempo, un deseo de trabajar por el bien del prójimo. Dad a todos una actividad contemplativa y una contemplación activa". ¡Así sea! [Traducción del original italiano por Jesús Colina] |
Ministros de la nueva alianza del Espíritu.
2009-12-11- Segunda meditación de Adviento del padre Cantalamessa al Papa y la Curia |
1. El servicio del Espíritu La otra vez comentamos la definición que Pablo da de los sacerdotes como "servidores de Cristo". En la segunda carta a los Corintios encontramos una afirmación aparentemente distinta. Escribe: " Él nos capacitó para ser ministros de una nueva Alianza, no de la letra, sino del Espíritu. Pues la letra mata mas el Espíritu da vida. Que si el ministerio de la muerte, grabado con letras sobre tablas de piedra, resultó glorioso hasta el punto de que no poder los hijos de Israel fijar su vista en el rostro de Moisés a causa de la gloria de su rostro, aunque pasajera, ¡cuánto más glorioso no será el ministerio del Espíritu!" (2 Corintios 3, 6-8). Pablo se define a sí mismo y a sus colaboradores "ministros del Espíritu" y el ministerio apostólico un "servicio del Espíritu". La confrontación con Moisés y el culto de la antigua alianza, no deja en duda de que en este pasaje, como en muchos otros de la misma Carta, él habla del papel de los guías de la comunidad cristiana, es decir, de los apóstoles y de sus colaboradores. Quien conoce la relación que para Pablo existe entre Cristo y el Espíritu sabe que no hay contradicción entre ser servidores de Cristo y el ser ministros del Espíritu, sino continuidad perfecta. El Espíritu del que se habla aquí es de hecho el Espíritu de Cristo. Jesús mismo explica el papel del Paráclito respecto a él mismo, cuando dice a los apóstoles: él tomará de lo mío y os lo anunciará, él os hará recodar lo que os he dicho, él dará testimonio de mí... La definición completa del ministerio apostólico y sacerdotal es: servidores de Cristo en el Espíritu Santo. El Espíritu indica la cualidad o la naturaleza de nuestro servicio que es un servicio "espiritual" en el sentido fuerte del término; es decir, no solo en el sentido de que tiene por objeto el espíritu del hombre, su alma, sino también en el sentido de que tiene por sujeto, o por "agente principal", como decía Pablo VI, al Espíritu Santo. San Ireneo dice que el Espíritu Santo es "nuestra misma comunión con Cristo" (San Ireneo, Adv. Haer. III, 24, 1.). Poco antes, en la misma segunda Carta a los Corintios, el Apóstol había ilustrado la acción del Espíritu Santo en los ministros de la nueva alianza con el símbolo de la unción: "Y es que es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió,y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones" (2 Corintios 1, 21 s.). San Atanasio comenta así este texto: "El Espíritu está llamado y es unción y sello... la unción es el soplo del Hijo, de modo que el que posee el Espíritu pueda decir: ‘Nosotros somos el perfume de Cristo'. El sello representa a Cristo, de modo que quien está marcado con el sello pueda tener la forma de Cristo" (San Atanasio, Epístolas a Serapión, III, 3 (PG 26, 628 s.). En cuanto unción, el Espíritu Santo nos transmite el perfume de Cristo; en cuanto sello, su forma, o imagen. Ninguna dicotomía hay por tanto entre el servicio de Cristo y servicio del Espíritu, sino unidad profunda. Todos los cristianos son "ungidos"; su mismo nombre no significa otra cosa que esto: "ungidos", a semejanza de Cristo, que es el Ungido por excelencia (cf. 1 Juan 2, 20.27). Pablo sin embargo está hablando aquí de la obra suya y de Timoteo ("nosotros") hacia la comunidad ("vosotros"); es evidente por ello que se refiere en particular a la unción y al sello del Espíritu recibidos en el momento de ser consagrados al ministerio apostólico, para Timoteo mediante la imposición de las manos del Apóstol (cf. 2 Timoteo 1,6). Debemos absolutamente redescubrir la importancia de la unción del Espíritu porque en ella, estoy convencido, está encerrado el secreto de la eficacia del ministerio episcopal y presbiteral. Los sacerdotes son esencialmente consagrados, es decir, ungidos. "Nuestro Señor Jesús -se lee en la Presbyterorum ordinis - que el Padre santificó y envió al mundo (Juan 10,36), hizo partícipe a todo su cuerpo místico de esa unción del Espíritu que él ha recibido". El mismo decreto conciliar se preocupa sin embargo en seguida en claro la especificidad de la unción conferida por el sacramento del Orden. Por eso, dice, " los sacerdotes, en virtud de la unción del Espíritu Santo, están marcados por un carácter especial que los configura a Cristo Sacerdote, de modo que puedan actuar en nombre de Cristo cabeza" (PO, 1, 2). 2. La unción: figura, acontecimiento y sacramento La unción, como la Eucaristía y la Pascua, es una de esas realidades que están presentes en todas las tres fases de la historia de la salvación. Está presente de hecho en el Antiguo Testamento como figura, en el Nuevo Testamento como acontecimiento y en el tiempo de la Iglesia como sacramento. En nuestro caso, la figura es dada por las diversas unciones practicadas en el Antiguo Testamento; el acontecimiento está constituido por la unción de Cristo, el Mesías, el Ungido, al que todas las figuras tendían como a su realización; el sacramento, está representado por ese conjunto de signos sacramentales que prevén una unción como rito principal o complementario. En el Antiguo Testamento se habla de tres tipos de unción: la unción real, sacerdotal y profética, es decir, la unción de los reyes, de los sacerdotes y de los profetas, aunque en el caso de los profetas se trata en general de una unción espiritual y metafórica, es decir, sin un óleo material. En cada una de estas tres unciones, se delinea un horizonte mesiánico, es decir, la esperanza de un rey, de un sacerdote y de un profeta que será el Ungido por antonomasia, el Mesías. Junto con la investidura oficial y jurídica, por la que el rey se convierte en el Ungido del Señor, la unción confiere también, según la Biblia, un real poder interior, comporta una transformación que viene de Dios y este poder, esta realidad vienen cada vez más identificados con el Espíritu Santo. Al ungir a Saúl como rey, Samuel dice: "¿No es el Señor quien te ha ungido como jefe de su pueblo Israel? Tu regirás al pueblo del Señor... Te invadirá entonces el Espíritu del Señor, entrarás en trance con ellos y quedarás cambiado en otro hombre" (1 Samuel 10, 1.6). El vínculo entre la unción y el Espíritu está sobre todo puesto a la luz en el conocido texto de Isaías: "El espíritu del Señor está sobre mi, por cuanto que me ha ungido" (Isaías 61, 1). El Nuevo Testamento no duda en presentar a Jesús como el Ungido de Dios, en el que todas las unciones antiguas encuentran su cumplimiento. El título de Mesías, Cristo, que significa precisamente Ungido, es la prueba más clara de ello. El momento o el acontecimiento histórico al que se hace remontar este cumplimiento es el bautismo de Jesús en el Jordán. El efecto de esta unción es el Espíritu Santo: "Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder" (Hechos 10, 38); Jesús mismo, inmediatamente después de su bautismo, en la sinagoga de Nazaret, declaró: "El Espíritu del Señor está sobre mí; pues me ha ungido" (Lucas 4, 18). Jesús estaba ciertamente lleno del Espíritu Santo desde el momento de la encarnación, pero se trataba de una gracia personal, ligada a la unión hipostática, y por ello, incomunicable. Ahora en la unción recibe esa plenitud de Espíritu Santo que, como cabeza, podrá transmitir a su cuerpo. La Iglesia vive en esta gracia capital (gratia capitis). Los efectos de la triple unción - real, profética y sacerdotal - son grandiosos e inmeditados en el ministerio de Jesús. En virtud de la unción real, él derrota al reino de Satanás e instaura el Reino de Dios: "Si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios" (Mt 12.28); en virtud de la unción profética, "anuncia la buena noticia a los pobres"; en virtud de la unción sacerdotal, ofrece oraciones y lágrimas durante su vida terrena y al final se ofrece a si mismo en la cruz. Tras haber estado presente en el Antiguo Testamento como figura y en el Nuevo Testamento como acontecimiento, la unción está presente ahora en la Iglesia como sacramento. El sacramento toma de la figura el signo y del acontecimiento el significado; toma de las unciones del Antiguo Testamento el elemento - el óleo, el crisma o ungüento perfumado - y de Cristo la eficacia salvífica. Cristo nunca fue ungido con óleo físico (aparte de la unción de Betania), ni nunca ungió a nadie con óleo físico. En él el símbolo ha sido sustituido por la realidad, por el "óleo de alegría" que es el Espíritu Santo. Más que un sacramento único, la unción está presente en la Iglesia como un conjunto de ritos sacramentales. Come sacramentos en sí mismos, tenemos la confirmación (que a través de todas las transformaciones sufridas remite, como atestigua su nombre, al antiguo rito de la unción con el crisma) y la unción de los enfermos; como parte de otros sacramentos tenemos: la unción bautismal y la unción en el sacramento del orden. En la unción crismal que sigue al bautismo, se hace referencia explícita a la triple unción de Cristo: "Él mismo os consagra con el crisma de salvación; insertados en Cristo sacerdote, rey y profeta, sed siempre miembros de su cuerpo para la vida eterna". De todas estas unciones, nos interesa en este momento la que acompaña al momento en que se confiere el Orden sagrado. En el momento en que unge con el sagrado crisma las palmas de cada ordenando arrodillado ante él, el obispo pronuncia estas palabras: "El Señor Jesucristo que el Padre ha consagrado en Espíritu Santo y poder te custodie para la santificación de su pueblo y para ofrecer el sacrificio". Aún más explícita es la referencia a la unción de Cristo en la consagración episcopal. Ungiendo con óleo perfumado la cabeza del nuevo obispo, el obispo ordenante dice: "Dios, que te ha hecho partícipe del sumo sacerdocio de Cristo, infunda en tí su mística unción y con la abundancia de su bendición dé fecundidad a tu ministerio". 3. La unción espiritual Hay un riesgo, que es común a todos los sacramentos: el de quedarse en el aspecto ritual y canónico de la ordenación, en su validez y licitud, y no dar suficiente importancia a la "res sacramenti", al efecto espiritual, a la gracia propia del sacramento, en este caso al fruto de la unción en la vida del sacerdote. La unción sacramental nos capacita para realizar ciertas acciones sagradas, como gobernar, predicar, instruir; nos da, por así decirlo, la autorización para hacer ciertas cosas, no necesariamente la autoridad al hacerlas; asegura la sucesión apostólica, ¡no necesariamente el éxito apostólico! La unción sacramental, con el carácter indeleble (el "sello") que imprime en el sacerdote, es una fuente a la que podemos acudir cada vez que sentimos necesidad de ella, que podemos, por así decirlo, activar en cada momento de nuestro ministerio. Se realiza aquí la que en teología se llama la "reviviscencia" del sacramento. El sacramento, recibido en el pasado, "reviviscit", vuelve a revivir y a liberar su gracia: en los casos extremos para que sea quitado el obstáculo del pecado (el obex), en otros casos, para que se remueva la pátina de la costumbre y se intensifique la fe en el sacramento. Sucede como con una ampolla de perfume. Nosotros podemos tenerlo en el bolsillo o apretarlo con la mano mientras queramos, pero si no lo abrimos el perfume no se difunde, es como si no estuviera. ¿Cómo nació esta idea de una unción actual? Una etapa importante la constituyó, una vez más, Agustín. Él interpreta el texto de la primera carta de Juan: "Habéis recibido la unción..." (1 Juan 2, 27), en el sentido de una unción continua, gracias a la cual el Espíritu Santo, maestro interior, nos permite comprender dentro lo que escuchamos desde fuera, A él se remonta la expresión "unción espiritual", spiritalis unctio, recogida en el himno Veni creator (San Agustín, Sobre la primera carta de Juan, 3,5 (PL 35, 2000); cf. 3, 12 (PL 35, 2004). San Gregorio Magno, como en muchas otras cosas, contribuyó a hacer popular, durante todo el medioevo, esta intuición agustiniana (Cf. San Agustín, Agostino, Sobre la primera carta de Juan, 3,13, PL 35, 2004 s.; cf. San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios 30, 3, PL 76, 1222). Una nueva fase en el desarrollo del tema de la unción se abre con san Bernardo y san Buenaventura. Con ellos se afirma la nueva acepción, espiritual y moderna de unción, no unida tanto al tema del conocimiento de la verdad, cuanto al de la experiencia de la realidad divina. Comenzando a comentar el Cantar de los Cantares, san Bernardo dice: "Semejante cántico, sólo la unción lo enseña, solo la experiencia lo hace comprender" (San Bernardo, Sobre el Cántico --Sul Cantico--, I, 6, 11, ed. Cistercense, I, Roma 1957, p.7).. San Buenaventura identifica la unción con la devoción, concebida por él como "un sentimiento suave de amor hacia Dios suscitado por el recuerdo de los beneficios de Cristo" (San Bonaventura, IV, d.23,a.1,q.1, ed. Quaracchi, IV, p.589; Sermone III su S. Maria Maddalena, ed. Quaracchi, IX, p. 561).. Esta no depende de la naturaleza, ni de la ciencia, ni de las palabras o de los libros, sino del "don de Dios que es el Espíritu Santo" (Ibídem, VII, 5). En nuestros días, se usan cada vez más los términos ungido y unción (anointed, anointing) para describir el actuar de una persona, la calidad de un discurso, de una predicación, pero con una diferencia de acento. En el lenguaje tradicional, la unción sugiere, como se ha visto, sobre todo la idea de suavidad y dulzura, tanto que da lugar, en su uso profano, a la acepción negativa de "eloquio o actitud meliflua e insinuante, a menudo hipócrita", y al adjetivo "untuoso", en el sentido de "persona o actitud desagradablemente ceremoniosa y servil". En el uso moderno, más cercano al bíblico, sugiere más bien la idea de poder y fuerza de persuasión. Una predicación llena de unción es una predicación en la que se percibe, por así decirlo, el estremecimiento el Espíritu; un anuncio que mueve, que convence de pecado, que llega al corazón de la gente. Se trata de un componente exquisitamente bíblico del término, presente por ejemplo en el texto de los Hechos, donde se dice que Jesús "fue ungido en Espíritu y poder" (Hechos 10, 38). La unción, en esta acepción, parece más un acto que un estado. Es algo que la persona no posee establemente, sino que la supera, la "inunda" en el momento, en el ejercicio de un cierto ministerio o en la oración. Si la unción es dada por la presencia del Espíritu y es don suyo, ¿que podemos hacer para tenerla? Ante todo rezar. Hay una promesa explícita de Jesús: "El Padre celeste dará el Espíritu Santo a quien se lo pida!" (Lucas 11,13). Después romper también nosotros el vaso de alabastro como la pecadora en casa de Simón. El vaso es nuestro yo, quizás nuestro árido intelectualismo. Romperlo, significa negarnos a nosotros mismos, ceder a Dios, con un acto explícito, las riendas de nuestra vida. Dios no puede entregar su Espíritu a quien no se entrega enteramente a él. 4. Cómo lograr la unión del Espíritu Apliquemos a la vida del sacerdote este riquísimo contenido bíblico y teológico ligado al tema de la unción. San Basilio dice que el Espíritu Santo "siempre estuvo presente en la vida del Señor, convirtiéndose en la unción y el compañero inseparable", de manera que "toda la actividad de Cristo se desarrolló en el Espíritu" (San Basilio, Sobre el Espíritu Santo XVI, 39 (PG 32, 140C). Recibir la unción significa, por tanto, tener al Espíritu Santo como "compañero inseparable" en la vida, hacer todo "en el Espíritu", en su presencia, con su guía. Ésta comporta una cierta pasividad, ser empujados, movidos, o, como dice Pablo "dejarse guiar por el Espíritu" (cf. Gálatas 5,18). Todo esto se traduce exteriormente a veces en suavidad, calma, paz, dulzura, devoción, conmoción, otras veces en autoridad, poder, credibilidad, según las circunstancias, el carácter de cada quien y el cargo que desempeña. El ejemplo vivo es Jesús que, movido por el Espíritu, se manifiesta como manso y humilde de corazón, pero también, lleno de autoridad sobrenatural. Se trata de una condición caracterizada por una cierta luminosidad interior que permite hacer las cosas con facilidad y dominio. Algo así como el atleta que "está en forma" o como sucede cono la inspiración en el caso del poeta: un estado en el que logra dar lo mejor de sí mismo. Nosotros, sacerdotes, tendremos que acostumbrarnos a pedir la unción del Espíritu antes de emprender una acción importante al servicio del Reino: cuando hay que tomar una decisión, cuando hay que hacer un nombramiento, cuando hay que escribir un documento, cuando hay que presidir una comisión, cuando hay que preparar una predicación. Yo lo he aprendido a cuenta propia. En ocasiones, he tenido que dirigir la palabra a un gran auditorio, en un idioma extranjero, quizá recién llegado de un largo viaje. Oscuridad total. El idioma en el que tenía que hablar me parecía que nunca la había hablado, sentía incapacidad para concentrarme en un esquema, en un tema. Y el canto inicial estaba a punto de acabar... Entonces me he acordado de la unción y, de prisa, he elevado una breve oración: "¡Padre, en nombre de Cristo, te pido la unción del Espíritu!". A veces, el efecto es inmediato. Se experimenta casi físicamente la venida sobre sí mismo de la unción. Una cierta conmoción atraviesa al cuerpo: claridad de mente, serenidad de alma; desaparece el cansancio, el nerviosismo, todo miedo y toda timidez; se experimenta algo de la calma y de la autoridad misma de Dios. Muchas de mis oraciones, como me imagino las de todo cristiano, no han sido escuchadas, sin embargo, casi nunca queda sin escuchar esta oración por la unción. Parece que ante Dios tenemos una especie de derecho a reclamarla. Después he reflexionado algo en esta posibilidad. Por ejemplo, si tengo que hablar de Jesucristo, hago una alianza secreta con Dios Padre, sin que lo sepa Jesús, y digo: "Padre, tengo que hablar de tu Hijo, Jesús, a quien tú tanto amas: dame la unción de tu Espíritu para llegar al corazón de la gente". Si tengo que hablar de Dios Padre, por el contrario, llego a un acuerdo secreto con Jesús... La doctrina de la Trinidad es maravillosa también en este sentido. 5. Ungidos para difundir en el mundo el buen olor de Cristo En el mismo contexto de la segunda carta a los Corintios, el apóstol, haciendo siempre referencia al ministerio apostólico, desarrolla la metáfora de la unción con la del olor que es su efecto. Escribe: "¡Gracias sean dadas a Dios, que nos lleva siempre en su triunfo, en Cristo, y por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento! Pues nosotros somos para Dios el buen olor de Cristo" (2 Corintios 2, 14-15). Esto es lo que debería ser el sacerdote: ¡el buen olor de Cristo en el mundo! Pero el apóstol nos pone en guardia, añadiendo después: "llevamos este tesoro en recipientes de barro" (2 Corintios 4,7). Sabemos demasiado bien, por la dolorosa y humillante experiencia reciente, todo lo que esto significa. Jesús decía a los apóstoles: "Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres" (Mateo 5, 13). La verdad de esta frase de Cristo se encuentra dolorosamente ante nuestra mirada. También el ungüento, si pierde el olor y se desvirtúa, se transforma en lo contrario, en olor nauseabundo, en vez de atraer a Cristo aleja de él. En parte para responder a esta situación, el Santo Padre ha convocado este año sacerdotal. Lo dice abiertamente en la carta de convocación: "hay situaciones, nunca bastante deploradas, en las que la Iglesia misma sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros. En estos casos, es el mundo el que sufre el escándalo y el abandono". La carta del Papa no se limita a esta constatación, de hecho añade: "lo más conveniente para la Iglesia no es tanto resaltar escrupulosamente las debilidades de sus ministros, cuanto renovar el reconocimiento gozoso de la grandeza del don de Dios, plasmado en espléndidas figuras de pastores generosos, religiosos llenos de amor a Dios y a las almas". La revelación de las debilidades también debe hacerse para hacer justicia a las víctimas y la Iglesia ahora lo reconoce y la aplica lo mejor que puede, pero debe hacerse en otra sede y, en todo caso, no vendrá de ahí el empuje para una renovación del ministerio sacerdotal. Yo he pensado en este ciclo de meditaciones sobre el sacerdocio precisamente como una pequeña contribución en la dirección auspiciada por el Santo Padre. Quisiera que dejar que hable en mi lugar el seráfico padre, san Francisco. En un momento en el que la situación moral del clero era sin comparación más triste que la de hoy, en su Testamento, escribe: "El Señor me dio, y me sigue dando, tanta fe en los sacerdotes que viven según la norma de la santa Iglesia romana, por su ordenación, que, si me persiguieran, quiero recurrir a ellos. Y si tuviese tanta sabiduría como la que tuvo Salomón y me encontrase con los pobrecillos sacerdotes de este siglo, en las parroquias donde viven, no quiero predicar al margen de su voluntad. Y a todos los demás sacerdotes quiero temer, amar y honrar como a mis señores. Y no quiero ver pecado en ellos, porque en ellos miro al Hijo de Dios y son mis señores. Y lo hago por esto: porque en este siglo no veo nada físicamente del mismo altísimo Hijo de Dios, sino su santísimo cuerpo y santísima sangre, que ellos reciben y solos ellos administran a los demás". En el texto citado al inicio, Pablo habla de la "gloria" de los ministros de la Nueva Alianza del Espíritu, inmensamente más elevada que la antigua. Esta gloria no procede de los hombres y no puede ser destruida por los hombres. El santo cura difundía ciertamente alrededor suyo el buen olor de Cristo y por este motivo las muchedumbres acudían a Ars; más cerca de nosotros, el padre Pío de Pietrelcina difundía el olor de Cristo, a veces incluso con un perfume físico, como lo atestiguan innumerables personas dignas de fe. Muchos sacerdotes, ignorados por el mundo, son en su ambiente el buen olor de Cristo y del Evangelio. El "cura rural" de Bernanos tiene innumerables compañeros difundidos por el mundo, en la ciudad como en el campo. El padre Lacordaire trazó un perfil del sacerdote católico, que hoy día puede parecer demasiado optimista e idealizado, pero volver a encontrar el ideal y el entusiasmo por el ministerio sacerdotal es precisamente lo que hace falta en este momento y, por este motivo, lo volvemos a escuchar al concluir esta meditación: "Vivir en medio del mundo sin ningún deseo por los propios placeres; ser miembro de toda familia, sin pertenecer a ninguna de ellas; compartir todo sufrimiento; quedar al margen de todo secreto; curar toda herida; ir todos los días desde los hombres hacia Dios para ofrecerles su devoción y sus oraciones, y regresar desde Dios a los hombres para llevarles su perdón y su esperanza; tener un corazón de acero por la castidad y un corazón de carne para la caridad; enseñar y perdonar, consolar y bendecir y ser bendecido para siempre. Oh Dios, ¿qué tipo de vida es éste? ¡Es tu vida, sacerdote de Jesucristo!" (H. Lacordaire, citado por D. Rice, Shattered Vows, The Blackstaff Press, Belfast 1990, p.137). [Traducción del original italiano realizada por Inma Álvarez y Jesús Colina] |
María, madre y modelo del sacerdote.
2009-12-18- Tercera predicación de Adviento a Benedicto XVI y la Curia Romana |
En la carta a todos los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo de 1979, la primera de la serie de su pontificado, Juan Pablo II escribía: "Se da en nuestro sacerdocio ministerial la dimensión espléndida y penetrante de la cercanía a la Madre de Cristo". En esta última meditación de Adviento, queremos reflexionar precisamente sobre esta cercanía entre María y el sacerdote. De María no se habla muy a menudo en el Nuevo Testamento. Con todo, si nos fijamos, observamos que ella no está ausente en ninguno de los tres momentos constitutivos del misterio cristiano que son: la Encarnación, el Misterio Pascual y Pentecostés. María estuvo presente en la Encarnación, porque ésta sucedió en ella; estuvo presente en el Misterio pascual, porque está escrito que "junto a la cruz de Jesús estaba María, su Madre" (cf Juan 19, 25); estuvo presente en Pentecostés, porque está escrito que los apóstoles eran "asiduos y concordes en la oración con María, la madre de Jesús" (cf Hechos 1, 14). Cada una de estas tres presencias nos revela algo de la misteriosa cercanía entre María y el sacerdote, pero encontrándonos en la inminencia de la Navidad, quisiera limitarme a la primera de ellas, a lo que María dice del sacerdote y al sacerdote en el misterio de la Encarnación. 1¿Qué relación hay entre María y el sacerdote? Quisiera ante todo señalar la cuestión del título de sacerdote atribuido a la Virgen en la tradición. Un escritor de finales del siglo V llama a María "Virgen y al mismo tiempo sacerdote y altar que nos ha dado a Cristo, pan del cielo, para la remisión de los pecados" (San Epifanio, Homilía en alabanza a la Virgen, PG 43, 497). Tras él son frecuentes las referencias al tema de María sacerdote que, sin embargo, se convirtió en objeto del desarrollo teológico sólo en el siglo XVII, en la escuela francesa de San Sulpicio. En ella el sacerdocio de María no se puso tanto en relación con el sacerdocio ministerial como con el de Cristo. Al final del siglo XIX se difundió una auténtica devoción a la Virgen-sacerdote y san Pío X acordó también una indulgencia a su práctica relativa. Pero cuando se entrevió el peligro de confundir el sacerdocio de María con el ministerial, el magisterio de la Iglesia se volvió reticente y dos intervenciones del Santo Oficio pusieron prácticamente fin a esta devoción (Cf. sobre toda la cuestión, R. Laurentin, Maria - ecclesia - sacerdotium, Parigini 1952; art. "Sacerdoti" en Nuovo Dizionario di Mariologia, Ed. Paoline 1985, 1231-1242). Tras el concilio se vuelve a hablar del sacerdocio de María, pero no se une al sacerdocio ministerial, y tampoco al supremo de Cristo, sino al sacerdocio universal de los fieles: ella poseería a título personal, como imagen y primicia de la Iglesia, ese "sacerdocio real" (1 Pedro 2,9) que todos los bautizados poseen a título colectivo. ¿Qué podemos retener de esta larga tradición que asocia a María con el sacerdote y qué sentido debemos dar a la "cercanía" que se da entre ellos, de la que hablaba Juan Pablo II? Queda, me parece, la analogía o la correspondencia de niveles, dentro del misterio de la salvación. Lo que María ha sido a nivel de la realidad histórica, de una vez por todas, el sacerdote lo es cada vez a nivel de la realidad sacramental. En este sentido se pueden entender las palabras de Pablo VI: "¿Qué relaciones y qué distinciones hay entre la maternidad de María, hecha universal por la dignidad y por la caridad de la posición que le fue señalada por Dios en el plan de la Redención, y el sacerdocio apostólico, constituido por el Señor para ser instrumento de comunión salvífica entre Dios y los hombres? María da a Cristo a la humanidad; y también el Sacerdocio da a Cristo a la humanidad, pero de modo diverso, claro está; María mediante la Encarnación y mediante la efusión de la gracia, de la que Dios la llenó; el Sacerdocio mediante los poderes del orden sagrado (Pablo VI, Audiencia general, 7 de octubre de 1964). La analogía entre María y el sacerdote se puede expresar así: María, por obra del Espíritu Santo, concibió a Cristo y, tras haberlo nutrido y llevado en su seno, lo dio a luz en Belén; el sacerdote, ungido y consagrado por el Espíritu Santo en la ordenación, está llamado también a llenarse de Cristo para después darlo a luz y hacerle nacer en las almas mediante el anuncio de la palabra, la administración de los sacramentos. En este sentido la relación entre María y el sacerdote tiene una larga tradición a sus espaldas, mucho más autorizada que la de María-sacerdote. Retomando un pensamiento de Agustín (Discursos 72 A, 8), el Concilio Vaticano II escribe: "La Iglesia... se convierte ella también en madre, porque con la predicación y el bautismo genera a una vida nueva e inmortal a sus hijos, concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios" (Lumen gentium, 64). El baptisterio, decían los Padres de la Iglesia, es el seno en el que la Iglesia da a luz a sus hijos y la palabra de Dios es la leche pura con la que les nutre: "¡Oh prodigio místico! Uno es el Padre de todos, uno también el Verbo de todos, uno e idéntico por todas partes es también el Espíritu Santo y una sola es la Virgen Madre: así yo quiero llamar a la Iglesia. Pura como una virgen, amable como una madre, llama a reunirse a sus hijos, los nutre con esa leche sagrada que es la palabra destinada a los niños recién nacidos (cf 1 Pedro 2, 2)" (Clemente de Alejandría, Pedagogo, I, 6). El beato Isaac de Estella, en una página que hemos leído en el oficio de lecturas del pasado sábado, hace una síntesis de esta tradición: "María y la Iglesia --escribe-- son una madre y muchas madres; una virgen y muchas vírgenes. Una y otra madre, una y otra virgen. Una y otra conciben sin concupiscencia del mismo Espíritu; una y otra dan a Dios una prole sin pecado. Una, sin pecado alguno, dio a luz la Cabeza al cuerpo; la otra, en la remisión de todos los pecados, da a luz el cuerpo a la Cabeza" (Beato Isaac de Estella, Discursos 51, PL 194, 1863). Lo que en estos textos se dice de la Iglesia en su conjunto, como sacramento de salvación, debe aplicarse de modo especial a los sacerdotes, porque ministerialmente son ellos los que, en concreto, engendran a Cristo en las almas mediante la palabra y los sacramentos. 2. María creyó Esta es la analogía entre María y el sacerdote a nivel, por así decir, objetivo o de la gracia. Sin embargo, una analogía a nivel subjetivo, es decir, entre la contribución personal que la Virgen ha dado a la gracia de la elección y la contribución que el sacerdote está llamado a dar a la gracia de la ordenación. Ninguno de los dos es un mero canal, que deja pasar la gracia sin aportar nada propio. Tertuliano habla de una versión de docetismo gnóstico, según la cual, Jesús había nacido ciertamente de María, pero no concebido por ella y de ella; el cuerpo de Cristo, venido del cielo, habría pasado a través de la Virgen, pero no habría sido engendrado en ella y por ella; María habría sido para Jesús un camino, no una madre, y Jesús para María un huésped, no un hijo (Tertuliano, De carne Christi, 20-21, CCL 2, 910 ss.). Para no repetir esta forma de docetismo en su vida, el sacerdote no puede limitarse a transmitir a los demás un Cristo aprendido de los libros que antes no se ha convertido en carne de su carne y sangre de su sangre. Como María (la imagen es de san Bernardo) debe ser una cisterna que hace desbordar aquello que se ha llenado, no es un canal que se limita a hacer que pase el agua sin retener nada. La contribución personal, común a María y al sacerdote, se resume en la fe. María, escribe Agustín, "por fe concibió y por fe dio a luz" --fide concepit, fide peperit-- (san Agustín, Discursos 215, 4, PL 38,1074); también el sacerdote por fe lleva a Cristo en su corazón y mediante la fe lo comunica a los demás. Será el centro de la meditación hoy: qué puede aprender el sacerdote de la fe de María. Cuando María fue a visitar a Isabel, ésta la acogió con gran alegría y "llena del Espíritu Santo", exclamó: "¡Bienaventurada la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!" (Lucas l, 45). No hay duda de que este haber creído se refiere a la respuesta de María al ángel: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lucas 1, 38). A primera vista, parece que el acto de fe de María fue fácil, incluso evidente. ¡Convertirse en madre de un rey que hubiera reinado para siempre sobre la casa de Jacob, madre del Mesías! ¿No era lo que soñaba toda muchacha judía? Pero éste es un modo de razonar sumamente humano, carnal. María se encuentra en solidad total. ¿A quién le puede contar lo que ha sucedido en ella? ¿Quién la creerá cuando dirá que el niño que lleva en su seno es "obra del Espíritu Santo"? Esto no le había sucedido a nadie antes y no le sucederá tampoco a nadie después. María conocía ciertamente lo que estaba escrito en el libro de la ley, es decir, que si la muchacha, en el momento de la boda, no era virgen, debía ser expulsada por la puerta de la casa del padre y lapidada por la gente del pueblo (cf. Deuteronomio 22, 20 s). ¡Nosotros hablamos de buena gana a diario del riesgo de la fe, entendiendo por ello en general el riesgo intelectual, pero en el caso de María se trató de un riesgo real! Carlo Carretto, en su librito sobre la Virgen, cuenta cómo llegó a descubrir la fe de María. Cuando vivía en el desierto, había sabido por unos amigos tuaregs que una muchacha del campamento había sido dada como prometida a un joven, pero que no había ido a vivir con él, pues era demasiado joven. Relacionó este hecho con lo que dice Lucas sobre María. Por este motivo, al regresar después de dos años por aquel campamento, preguntó por la muchacha. Constató un cierto malestar entre sus interlocutores y, después, uno de ellos, acercándose con gran secretismo, le hizo una señal: se echó la mano a la garganta con el gesto característico de los árabes cuando quieren decir: "Le cortaron la cabeza". Estaba encinta antes del matrimonio y el honor de la familia exigía acabar con ella. Entonces volvió a pensar en María, en las miradas despiadadas de la gente de Nazaret, en los guiños, comprendió la soledad de María, y esa misma noche la escogió como compañera de viaje y como maestra de su fe (C. Carretto, Beata te che hai creduto, Ed. Paoline 1986, pp. 9 ss.). Dios no arrebata nunca de sus criaturas su consentimiento, escondiéndoles las consecuencias, lo que tendrán que afrontar. Lo vemos en todas las llamadas de Dios. Preanuncia a Jeremías: "Te harán la guerra" (l, 19) y dice a Ananías sobre Saulo: "Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre" (Hechos 9, 16). ¿Podría actuar de otra manera en el caso de María, con una misión como la suya? Con la luz del Espíritu Santo, que acompaña la llamada de Dios, ciertamente vislumbró que su camino tampoco sería diferente al del resto de los llamados. De hecho, Simeón muy pronto expresará este presentimiento, cuando le dirá que una espada atravesaría su alma. Un escritor moderno, Erri De Luca, ha descrito de manera poética este presentimiento de María en el momento del nacimiento de Jesús. Está sola, en la gruta; José vela afuera (según la ley, ningún hombre puede asistir al parto). Acaba de dar a luz a su hijo, cuando curiosos pensamientos se amontonan en su mente: "Por qué, hijo mío, naces precisamente aquí, en Bet-Lehem, Casa del Pan? Y, ¿por qué tenemos que llamarte Ieshu?... Haz que este estremecimiento de la columna vertebral, este escalofrío del futuro quede lejos de él". La madre presagia que ese hijo le será arrebatado, entonces se dice a sí misma: "Hasta la primera luz Ieshu es sólo mío. Quiero cantar una canción con estas tres palabras y basta. Esta noche, aquí, en Bet Lehem es sólo mío". Y con estas palabras le acerca el pecho para amamantarlo (E. De Luca, In nome della madre, Feltrinelli, Milano 2006, pp. 66 ss.). Maria es la única que creyó "de manera contemporánea", es decir, mientras sucedía el hecho, antes de toda confirmación y de toda convalidación por parte de los acontecimientos de la historia (Tertuliano, De carne Christi, 20-21, CCL 2, 910 ss.). Jesús le dice a Tomás: "Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído" (Juan 20, 29): María es la primera de entre quienes creyeron sin haber visto todavía. San Pablo dice que Dios ama a quien da con alegría (2 Corintios 9, 7) y María pronunció su "sí" a Dios con alegría. El verbo con el que María expresa su consentimiento, y que es traducido como "fiat", o con "hágase", en el original, se encuentra en optativo (génoito), un modo verbal que en griego se utiliza para expresar el deseo e incluso la gozosa impaciencia de que algo tenga lugar. Como si la Virgen dijera: "Yo también deseo, con todo mi ser, lo que Dios desea; que se cumpla pronto lo que él quiere". En verdad, como decía san Agustín, antes que en su cuerpo ella concibió a Cristo en su corazón. Pero María no dijo "fiat", pues no hablaba latín, y ni "génoito", que es la palabra griega. ¿Qué dijo entonces? ¿Cuál es es la palabra que, en el idioma hablado por María, corresponde mejor a esta expresión? Cuando quería decir a Dios "sí, así sea", un judío decía "amén". Si es lícito tratar de remontarse, con una reflexión de fe, a la mismísima palabra, a la palabra exacta que salió de los labios de María, o al menos a la palabra que existía en la fuente judía usada por Lucas, ésta debe ser precisamente la palabra "amén". ¿Acaso los salmos en la Vulgata latina no terminaban con la expresión: "fiat, fiat? El texto griego de los Setenta, en ese caso, dice "génoito, génoito", y en el original hebreo conocido por María aparece "amén, amén". Amén es una palabra hebrea, cuya raíz significa solidez, certeza; era utilizada en la liturgia como respuesta de fe a la Palabra de Dios. Con el "amén" se reconoce lo que se nos ha dicho como una palabra firme, estable, válida y vinculante. Su traducción exacta, cuando es una respuesta a la Palabra de Dios, es ésta: "Así es y que así sea". Indica fe y obediencia al mismo tiempo; reconoce que lo que dice Dios es verdad y uno se somete. Es decir "sí" a Dios. En este sentido aparece en los labios mismos de Jesús. "Sí, amén, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito..." (cf Mateo 11, 26). Es más, Él es el Amén personificado: "Así habla el Amén..." (Apocalipsis 3, 14) y, a través de él cualquier otro "amén" de fe pronunciado en la tierra ya se eleva a Dios (cf 2 Corintios l, 20). También María, después del Hijo, es el amén a Dios hecho persona. La fe de María es por tanto un acto de amor y de docilidad, libre, aunque suscitado por Dios, misterioso como misterioso es cada vez el encuentro entre la gracia y la libertad. Esta es la verdadera grandeza personal de María, su bienaventuranza, confirmada por el mismo Cristo: ""¡Bienaventurado el seno que te llevó y los pechos que te criaron!" (Lucas 11, 27), dice una mujer en el Evangelio. La mujer proclama que María es bienaventurada porque llevó a Jesús; Isabel la proclama beata porque creyó; la mujer proclama como una bienaventuranza llevar a Jesús en el seno, Jesús proclama bienaventurado a quien le lleva en el corazón: "Bienaventurados más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan", responde Jesús. De este modo, ayuda a aquella mujer y a todos nosotros a comprender dónde está la grandeza personal de su Madre. ¿Quién "custodiaba" las palabras de Dios mejor que María, de quien la Escritura dice en dos ocasiones que "guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón"? (cf Lucas 2, 19.51). No deberíamos terminar nuestra contemplación de la fe de María con la impresión de que María haya creído una vez y nada más en su vida; que sólo se dio un gran acto de fe en la vida de la Virgen. Cuántas veces, después de la Anunciación, María fue martirizada por el aparente contraste de su situación con todo lo que estaba escrito y se conocía sobre la voluntad de Dios, en el Antiguo Testamento, y sobre la misma figura del Mesías! El Concilio Vaticano II nos ofreció un gran regalo al afirmar que también María caminó en la fe, es más, que "avanzó" en la fe, es decir, creció y se perfeccionó en ella (Lumen gentium, 58). 3. ¡Creamos también nosotros! Pasemos ahora de María al sacerdote. San Agustín escribió: "María creyó y en ella lo que creyó se cumplió. Creamos también nosotros para que lo que se cumplió en ella pueda aprovecharnos también a nosotros" (San Agustín, Discursos, 215,4, PL 38, 1074). ¡Creamos también nosotros! Que la contemplación de la fe de María nos lleve a renovar ante todo nuestro personal acto de fe y de abandono a Dios. Todos deben y pueden imitar a María en su fe, pero de modo muy especial debe hacerlo el sacerdote. "Mi justo --dice Dios-- vivirá por la fe" (cf. Habacuc 2, 4; Romanos 1, 17): esto se aplica, en especial, al sacerdote. Él es el hombre de la fe. La fe es lo que determina, por así decir, su "peso específico" y la eficacia de su ministerio. Lo que los fieles captan inmediatamente en un sacerdote, en un pastor, es si "se lo cree", si cree en lo que dice y en lo que celebra. Quien busca en el sacerdote ante todo a Dios, se da cuenta enseguida; quien no busca en él a Dios, puede ser fácilmente engañado e inducir a engaño al mismo sacerdote, haciendo que se sienta importante, brillante, al ritmo de la moda, cuando en realidad es "bronce que suena y címbalo que retiñe". Incluso quien no cree se acerca al sacerdote con un espíritu de búsqueda, entiende enseguida la diferencia. Lo que le pondrá saludablemente en crisis, no son en general las más cultas discusiones sobre la fe, sino encontrarse ante uno que cree verdaderamente con todo su ser. La fe es contagiosa. Uno no se contagia sólo escuchando hablar de los virus o estudiándolos, sino entrando en contacto con él: así es la fe. A veces se sufre e incluso se lamenta uno en oración con Dios, porque la gente abandona la Iglesia, no sale del pecado, porque hablamos, hablamos..., y no sucede nada. Un día los apóstoles intentaron expulsar el demonio de un pobre muchacho, pero sin conseguirlo. Después de que Jesús en persona expulsara al demonio del chico, se acercaron a Jesús retirándose aparte y le preguntaron: "¿Por qué nosotros no hemos podido echarle?" Y Jesús respondió: "Por vuestra poca fe" (Marcos 17, 19-20). San Buenaventura relata cómo un día, mientras estaba en el monte de la Verna, le vino a la mente lo que dicen los santos Padres, es decir, que el alma devota, por la gracia del Espíritu Santo y la potencia del Altísimo, puede espiritualmente concebir por fe al bendito Verbo del Padre, darlo a luz, darle nombre, buscarlo y adorarlo con los Magos y finalmente presentarlo felizmente a Dios Padre en su templo. Escribió entonces un opúsculo titulado "Las cinco fiestas del Niño Jesús", para mostrar cómo el cristiano puede revivir en sí cada uno de estos cinco momentos de la vida de Jesús. Me limito a lo que san Buenaventura dice de las dos primeras fiestas, la concepción y el nacimiento, aplicándolo en particular al sacerdote. El sacerdote concibe a Jesús cuando, descontento de la vida que lleva, estimulado por santas inspiraciones y encendiéndose de santo ardor, desapegándose resueltamente de sus viejas costumbres y afectos, queda como fecundado espiritualmente por la gracia del Espíritu Santo y concibe el propósito de una vida nueva. Una vez concebido, el bendito Hijo de Dios nace en el corazón del sacerdote, cuando, tras haber hecho un sano discernimiento, pedido un consejo oportuno, invocado la ayuda de Dios, pone inmediatamente por obra su santo propósito, comenzando a realizar lo que desde tiempo estaba madurando, pero que había siempre dejado por miedo de no ser capaz. Este propósito de vida nueva debe, sin embargo, traducirse enseguida, sin dilaciones, en algo concreto, en un cambio, posiblemente también externo y visible, en nuestra vida y en nuestras costumbres. Si el propósito no se realiza, Jesús es concebido, pero no dado a luz. Será uno de tantos abortos espirituales de los que por desgracia está lleno el mundo de las almas. Hay dos brevísimas palabras que María pronunció en el momento de la Anunciación y que el sacerdote pronuncia en el momento de su ordenación: "¡Aquí estoy!" y "Amén", o "Sí". Recuerdo el momento cuando estaba ante el altar para la ordenación con una decena de compañeros míos. En un determinado momento se pronunció mi nombre, y yo respondí emocionadísimo: "¡Aquí estoy!" A lo largo del rito, se nos dirigieron algunas preguntas: "¿Quieres ejercer el ministerio sacerdotal para toda la vida?", "¿Quieres realizar digna y fielmente el ministerio de la palabra en la predicación?", "¿Quieres celebrar con devoción y fidelidad los misterios de Cristo?". A cada pregunta respondíamos: "¡Sí, quiero!" La renovación espiritual del sacerdocio católico, augurada por el Santo Padre, será proporcional al impulso con que cada uno de nosotros, sacerdotes u obispos de la Iglesia, seamos capaces de pronunciar de nuevo un gozoso "¡Aquí estoy!" y "¡Sí, quiero!", haciendo revivir la unción recibida en la ordenación. Jesús entró en el mundo diciendo: "He aquí que vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad" (Hebreos 10, 7). Nosotros lo acogemos, en esta Navidad, con las mismas palabras: "He aquí que vengo, Señor Jesús, para hacer tu voluntad!". [Traducción del original italiano realizada por Inma Ávarez y Jesús Colina] |
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